las cuatro y diecisiete de la tarde, Deidara descubrió que el miedo no siempre llegaba gritando. A veces llegaba como un silencio. Uno equivocado. Uno que hacía que un lugar conocido pareciera pertenecer repentinamente a otra persona.
La jornada había terminado hacía casi media hora. La mayoría de los estudiantes continuaba dentro de Konoha Élite porque, después de lo ocurrido con Izan y Boruto, Itachi había prohibido que cualquiera de los treinta y tres saliera sin compañía.
Deidara acababa de acompañar a dos profesores hasta una de las puertas laterales y regresaba tranquilamente hacia el edificio.
Estaba pensando en Itachi.
Concretamente, estaba pensando que esa noche conseguiría obligarlo a dejar de trabajar antes de las once aunque tuviera que darle vida al escritorio y ordenarle que huyera del despacho. Sonrió.
-Sería divertido.
Entonces se detuvo. La sonrisa murió. Algo había cambiado. No sabía qué. El estacionamiento lateral estaba vacío. Las luces exteriores acababan de encenderse con el comienzo del atardecer. El viento movía suavemente las ramas de los árboles. Nada extraño. Nada visible.
Y, sin embargo, Deidara sintió que no estaba solo. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Una corriente helada descendió por su espalda.
-Ah.
Giró lentamente. Nada. Miró hacia la reja. Nada. Hacia el edificio auxiliar.
Nada. Y entonces recordó a Izan.
Papá, había alguien aquí.
Deidara dejó de respirar durante un segundo.
-No puede ser.
Intentó extender su telequinesis.
Nada. Frunció el ceño. Lo intentó otra vez. Nada. Una pequeña piedra permaneció inmóvil junto a su zapatilla. Deidara bajó la mirada.
-Interesante.
Apoyó la mano contra el suelo. Tierra. Nada. Su expresión cambió.
La diversión desapareció.
-Ah.
Esta vez la palabra fue diferente.
Oscura. Entendió exactamente lo que estaba ocurriendo.
-Así que eres tú.
El viento se detuvo. Deidara retrocedió hacia la puerta. Cerrada.
Él mismo acababa de verla cerrarse automáticamente. Buscó el teléfono. Sin señal.
-Qué conveniente.
Intentó telequinesis otra vez. Nada.
Tierra. Nada. Deidara levantó la mirada.
-Apagas dones.
Silencio.
-Algunos.
Nadie respondió. Deidara tragó saliva. Estaba asustado. Mucho más de lo que quería admitir. Porque si aquel era el mismo ser que había conseguido aterrorizar a Izan y Boruto, significaba que estaba suficientemente cerca como para atacar. Y Deidara estaba solo.
Completamente solo. Entonces sintió algo. Una presión. No sobre su cuerpo. Dentro de su mente.
Algo rozando los límites de aquella parte de sí mismo que casi nunca utilizaba. Su sonrisa regresó. Lenta.
Peligrosa.
-Oh.
Cerró los ojos. No intentó telequinesis. No intentó tierra. Fue más abajo. A aquel poder mental que el enemigo anterior había descubierto demasiado tarde. A la oscuridad que Deidara mantenía enterrada porque no necesitaba utilizarla. La dejó expandirse. Y el mundo cambió. No podía ver al intruso. Pero podía sentirlo. Una mente. Un punto de consciencia.
A cuarenta metros. Treinta y ocho.
Treinta y seis. Detrás de una estructura lateral. Deidara abrió los ojos. Miró directamente hacia allí.
-Te encontré.
La presencia se detuvo. Deidara sonrió.
-Eso no te gustó.
La figura se movió. Deidara la siguió mentalmente.
-Treinta metros.
Otro movimiento.
-Veintisiete.
Más rápido.
-Veintidós.
La sonrisa del rubio se ensanchó.
-Puedes esconder el cuerpo.
Sus ojos se volvieron helados.
-Pero no puedes esconderme una mente.
Por primera vez sintió vacilación del otro lado. Deidara soltó una risa baja.
-Ahora me estoy divirtiendo.
Mentía. Seguía aterrorizado. Pero una cosa no anulaba la otra. La presencia atacó. Deidara no vio qué fue. Sintió peligro. Intentó telequinesis instintivamente. Nada.
-Maldición.
Una mesa metálica exterior estaba a pocos metros. Deidara la miró.
-¡ARRIBA!
La mesa cobró vida. Se levantó sobre dos patas exactamente cuando una fuerza invisible impactó.
¡BOOOOM!
La mesa salió despedida. Deidara cayó hacia atrás.
-¡AU!
La mesa aterrizó varios metros más allá. Una de sus patas quedó torcida.
Deidara la miró.
-¿Estás bien?
La mesa se levantó furiosamente.
Deidara abrió los ojos.
-Eso interpretaré como un sí.
La mesa cargó hacia el punto donde Deidara detectaba la presencia.
-¡NO, ESPERA!
Demasiado tarde.
CLANG.
Golpeó algo. La presencia retrocedió. Deidara quedó inmóvil.
-¿Acabas de...?
La mesa volvió a atacar.
CLANG.
Deidara sonrió.
-¡ESA ES MI CHICA!
Un contenedor de basura cercano comenzó a moverse. Después un banco. Una señal. Dos macetas. Una bicicleta. Deidara miró alrededor.
Su poder seguía funcionando.
-Puedes quitarme la tierra.
El banco se levantó.
-Puedes quitarme la telequinesis.
La bicicleta giró sola.
-Pero no puedes quitarme esto.
Los objetos comenzaron a rodearlo.
-Qué mala suerte.
La presencia volvió a moverse. Esta vez directamente hacia él. La mente de Deidara la detectó.
-Dieciocho metros.
Los objetos se prepararon.
-Quince.
La mesa avanzó.
-Doce.
Deidara dejó de sonreír.
-Diez.
Demasiado cerca.
-Nueve.
Algo dentro de él gritó. Corre. Pero Deidara permaneció.
-Ocho.
Entonces sintió otra presencia.
Conocida. Amada. Furiosa.
-Deidara.
El rubio giró. Itachi estaba en la puerta. Nunca una sola palabra había conseguido provocarle tanto alivio.
-Itachi.
El Uchiha vio su rostro. Después los objetos vivos. Después el estacionamiento aparentemente vacío. Comprendió.
-¿Está aquí?
Deidara asintió.