Cerré Aura a las nueve y veinte.
Yo digo que cierro a las nueve, pero eso depende de la última clienta, de la conversación y de las ganas que tenga de llegar a casa. Hay días en que recojo como si me persiguiera la policía. Otros limpio hasta los pomos con la esperanza de que, mientras tanto, alguien haya resuelto mi vida doméstica.
Aquella noche no ocurrió el milagro.
Abrí la puerta de casa y escuché la televisión.
—Hola.
—Hola —contestó mi madre desde el salón.
En mi casa los saludos son breves porque sabemos que luego viene el interrogatorio completo.
Fui a mi habitación, dejé el bolso y comprobé el estado de la nación.
Carlos estaba delante del ordenador, con los auriculares puestos y una concentración que jamás había mostrado ante un libro de matemáticas.
—¿Has cenado?
—No.
—¿Vas a cenar?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Ahora.
En idioma adolescente, «ahora» puede significar dentro de cinco minutos, dos horas o cuando la madre pierda definitivamente la esperanza.
Adrián, si estaba en casa, estaría en el cuarto de Pili. Mi hermana pasaba el verano en Mojácar coordinando la animación de uno de los hoteles de la cadena y mi hijo había aprovechado su ausencia para apropiarse de la habitación.
Decía que necesitaba intimidad.
Con diecinueve años la intimidad es una necesidad básica. Con cincuenta y dos, por lo visto, es un artículo de lujo.
Adrián trabajaba en un bar durante las vacaciones y muchas noches ni cenaba en casa. Antes recogía a su novia de Isla Mágica y volvía a la una de la mañana con esa energía que da la juventud y la certeza de que siempre habrá una madre despierta aunque diga que no.
Mi madre se preparaba su cena por su lado.
No porque estuviéramos enfadadas. En casa cada una tiene su horario, su dieta y su manera de usar una sartén. Compartimos techo, cariño y recibos, pero la cena es federal.
Entré en la cocina y abrí el frigorífico.
Mirar dentro del frigorífico sin saber qué quieres es una forma doméstica de consultar el oráculo.
Había medio tomate, un táper con algo que mi madre habría cocinado, queso, yogures y un limón que llevaba tanto tiempo allí que ya cotizaba para la jubilación.
Preparé la cena de Carlos y la mía.
—¡Carlos!
—¡Voy!
—¡Que está la cena!
—¡Ahora voy!
—Campanilla, dame paciencia.
—Tú no necesitas paciencia. Necesitas cortar el wifi.
Me senté con el móvil al lado del plato.
Error.
Una mira el teléfono para ver la hora y termina observando quién ha visto una historia, quién está en línea, quién no escribe y qué mujer desconocida ha reformado una casa de campo por doce euros utilizando únicamente bicarbonato y fe.
No había ningún mensaje de Héctor.
Tampoco tenía por qué haberlo.
Eso me lo repetí dos veces, que es el número mínimo de repeticiones necesarias para que una mentira doméstica empiece a parecer sensata.
Mi madre apareció en la puerta.
—¿Has comido hoy?
—Sí, mamá.
—¿Pero bien?
Ahí estaba la pregunta trampa.
Para mi madre comer no es una actividad. Es un sistema de evaluación continua.
—He comido bien.
—Yo solo lo digo.
Claro.
María solo lo dice. Como los notarios, pero sin cobrarte la firma.
Carlos llegó por fin y se sentó enfrente.
Comimos mirando cada uno su pantalla, como una familia moderna y perfectamente comunicada con personas que no estaban en la mesa.
Después recogí la cocina, comprobé por cuarta vez que Adrián seguía vivo mediante la ubicación de WhatsApp y me fui a la cama.
Bruno ocupaba mi sitio.
—Quítate.
Me miró sin moverse.
Bruno es un hijo de puta muy grande, pero con pelo brillante.
Conseguí meterme en un lateral, puse el móvil a cargar y miré por última vez la pantalla.
Nada.
—Mañana no lo miramos —dijo Campanilla.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo.
Las dos sabíamos que mentíamos.
Caí en coma antes de poder seguir discutiendo conmigo misma.