—Diana, pero tú ¿qué quieres?
—¿Qué quiero de qué?
—De nosotros. ¿Tú quieres una relación?
Lo miré.
Después miré el coche, la maleta y la calle, como si la respuesta pudiera aparecer escrita en algún sitio menos dentro de mí.
—¿Y tú?
Jaime bajó la mirada.
Ese gesto ya debería haberme servido de respuesta.
—Yo una relación no quiero.
Sentí que algo se me caía por dentro.
No hizo ruido.
No se rompió ningún cristal.
No pasó un coche tocando el claxon ni sonó una música triste de fondo.
Simplemente, todo lo ocurrido durante aquellas veinticuatro horas cambió de significado de golpe.
El hotel.
La piscina.
Sus manos.
La cena.
La noche abrazados.
El desayuno con resaca.
La comida con mis hijos.
Todo seguía exactamente igual y, al mismo tiempo, ya no era lo mismo.
—Entonces, ¿para qué vienes? —pregunté—. ¿Para qué organizas todo esto? ¿Para qué me tratas así?
—Porque te quiero mucho.
Lo miré incrédula.
—No se hace todo esto con alguien a quien simplemente quieres mucho.
—Diana, yo ahora mismo no estoy preparado.
Preparado.
Otra vez la palabra.
Yo debía de ser una oposición especialmente complicada.
—Podemos hablarlo —añadió.
—¿Hablar qué? Si acabas de dejarlo bastante claro.
Me dijo que no quería hacerme daño.
Una frase preciosa que suele llegar justo después de hacerlo.
También dijo que no quería perderme, que yo era importante para él y que nadie sabía qué podía pasar más adelante.
El repertorio completo de quien desea mantener una puerta abierta sin tener que entrar por ella.
Yo asentí porque no sabía qué otra cosa hacer.
Nos despedimos.
Lo vi marcharse y me quedé unos segundos en la acera con la sensación absurda de que, si permanecía allí el tiempo suficiente, quizá volvería.
No volvió.
—No llores —dijo Campanilla.
—No voy a llorar.
—Tienes los ojos llenos.
—Será alergia.
—En agosto.
—Al compromiso ajeno.
Entré en casa con mi maleta de una noche y unas expectativas que ya no necesitaba deshacer.
Jaime había dicho que podíamos hablarlo.
Pues a ti te habrá hablado, porque a mí no.
El primer día pensé que escribiría al llegar a casa.
El segundo me convencí de que estaría cansado.
Al tercero decidí que yo tampoco tenía ninguna necesidad de hablar con él.
Mentira.
Tenía necesidad, curiosidad y hasta un pequeño discurso preparado. Lo llevaba todo con muchísima dignidad siempre que nadie revisara las veces que desbloqueaba el teléfono.
Pasó una semana.
Jaime estaba otra vez en su ciudad, ocupado con el trabajo, con sus hijos, con su vida y con todas esas cosas que sirven perfectamente para no mandar un WhatsApp.
Yo tampoco lo busqué.
Bueno.
Escribí varios mensajes y no envié ninguno, que no es exactamente lo mismo, pero desde fuera conserva bastante bien la dignidad.
Cada vez que se iluminaba la pantalla del móvil, miraba de reojo intentando parecer una mujer completamente despreocupada.
Lo difícil era que casi siempre estaba sola y no había absolutamente nadie delante de quien aparentar.
—Puedes escribirle —dijo Campanilla.
—No quiero escribirle.
—Entonces deja de mirar el teléfono.
—No lo estoy mirando.
—Diana, acabas de desbloquearlo para comprobar la hora y tienes un reloj delante.
Miré el reloj de la pared.
Después miré el móvil otra vez.
—Era para confirmar que los dos funcionaban bien.
Me reí sola.
Una puede estar emocionalmente desorientada y seguir teniendo ocurrencias.
Hay gente que ha estado en la guerra y ha mandado una carta a su mujer.
Jaime, por lo visto, no encontraba un minuto para un WhatsApp.
Volví a Aura decidida a concentrarme en el trabajo y dejar de pensar en hombres que no sabían qué querían.
La decisión me duró exactamente hasta que dejé el móvil boca arriba junto al aparato de radiofrecuencia.
Mi primera clienta de la mañana llegó diez minutos tarde, cargada con dos bolsas y una historia que necesitaba contar antes incluso de quitarse los pendientes.
—Perdona, Diana, pero no he dormido nada.
—Túmbate y relájate, que para eso estás aquí.
—¿Relajarme? Eso quisiera yo.
Se llamaba Elena y llevaba años viniendo al centro.
Aquella mañana tenía la piel apagada, los ojos hinchados y esa expresión que conozco bien. La de quien dice que no ha dormido cuando, en realidad, quiere decir que ha pasado la noche pensando en la misma persona.
Le coloqué una cinta alrededor del pelo y empecé a limpiarle el rostro.
—Venga, dispara. ¿Qué ha pasado?
—Álvaro.
No sabía quién era Álvaro, pero por la forma en que pronunció su nombre entendí que no venía a arreglarle la semana.
—¿Qué ha hecho?
—Nada. Ese es el problema.
Campanilla se sentó metafóricamente a mi lado.
Como si yo no tuviera suficiente con una historia de hombres ambiguos, ahora llegaba otra en horario laboral.
Elena llevaba tres meses hablando con uno que aparecía cuando le apetecía, desaparecía en cuanto la conversación se ponía seria y regresaba con un «hola, perdida» cada vez que intuía que ella empezaba a olvidarlo.
Un clásico.
Deberían entregarlos con manual de instrucciones y cargador universal.
—Ayer le escribí —continuó—. Le pregunté si íbamos a vernos este fin de semana.
—¿Y qué te dijo?
—Que está agobiado y que no quiere compromisos.
Extendí el producto sobre su rostro con movimientos lentos, intentando mantener mi expresión profesional mientras Campanilla daba palmas dentro de mi cabeza.
—¿Y tú qué quieres?
—Yo quiero verlo. Estar con él. Saber qué somos.
—Entonces no queréis lo mismo.
Elena abrió los ojos.
—Ya, pero después, cuando estamos juntos, no se comporta como alguien que no quiera nada.