La vida que dejé para después

Capítulo 3 - ¿Estás trabajando?

Mi primer día de vacaciones empezó con un mensaje de Héctor.

«Buenos días. ¿Estás trabajando?»

Hay hombres capaces de alterar el sistema nervioso de una mujer utilizando cuatro palabras y un signo de interrogación.

Héctor era uno de ellos.

Nos conocimos siete años antes en una página de esas que sirven para encontrar pareja, conocer gente o confirmar que la humanidad debería venir con filtros más específicos.

No recuerdo cómo se llamaba. La página, digo. A él lo recordaba perfectamente.

Me dijo que estaba separado, que tenía una hija y que trabajaba en la Armada. Era serio de aspecto, divertido cuando hablaba, con el pelo muy corto y una barba gris que le daba un aire interesante. Un aire que después resultó tener levante, poniente y periodos prolongados de absoluta calma chicha.

Al principio fue intensísimo.

Me llamaba durante sus guardias. Hablábamos durante horas. Me escribía constantemente. Nos reíamos muchísimo. Yo iba por la vida con el teléfono en la mano y una sonrisa de adolescente tardía.

En tres o cuatro meses me enamoré como una idiota.

No como una idiota cualquiera.

Como una idiota con datos ilimitados.

Luego empezó a contestar menos.

Después, tarde.

Después, nada.

Los vistos fueron entrando en nuestra relación como una humedad: primero una manchita en la esquina y al final había que tirar el tabique.

Yo le escribí un mensaje enorme. Un tocho con introducción, nudo, desenlace y daños personales. Le dije de todo menos bonito y lo borré de mis redes.

Seis meses después le pedí perdón.

Porque una puede tener razón y aun así echar de menos al acusado.

Volvimos a lo mismo. Nos alejamos. Pasaron dos años.

Y un día apareció:

«Ey, Diana, cuánto tiempo. ¿Cómo estás, tía?»

Así.

Como si se hubiera levantado a por hielo y hubiera tardado veinticuatro meses porque el supermercado estaba un poco lejos.

Desde entonces vivíamos en un tira y afloja que ya merecía categoría olímpica. Nunca volvimos a borrarnos del todo. Él se quitó de mi Instagram, pero me tenía en WhatsApp y TikTok. Me mandaba fotos. Yo tenía millones. Su cara trabajando, conduciendo, serio, sonriendo, con uniforme, sin uniforme.

Con las fotos de Héctor podría haber realizado una exposición retrospectiva titulada «El hombre que estaba en todas partes menos aquí».

Solo nos habíamos visto una vez en siete años.

Me llevó a cenar a un chino y me dio un beso.

Fin de la historia presencial.

Yo aquí suspirando y nuestra gran epopeya romántica cabía en un rollito de primavera.

Miré su mensaje.

—Dile que no —aconsejó Campanilla.

—Pero si me está preguntando si trabajo.

—Por eso. Empieza por el horario y termina ocupándote la cabeza.

Le contesté que estaba de vacaciones.

Me preguntó qué planes tenía aquellos días.

El corazón, que no aprende aunque una le ponga documentales educativos, dio un saltito.

Le expliqué por encima.

Esperé.

Él respondió:

«Ah, qué bien. Disfruta.»

Y ya.

Hay conversaciones de Héctor que parecen el tráiler de una película que nunca se estrena.

Dejé el móvil boca abajo.

Duró treinta segundos.

Lo puse boca arriba otra vez, por si había ocurrido un giro argumental.

No había ocurrido.

—Te lo dije —dijo Campanilla.

—Tú dices tantas cosas que estadísticamente alguna tienes que acertar.

Me levanté a preparar café.

Estaba de vacaciones.

Libre.

Sin agenda.

Y con el día entero por delante para intentar no interpretar dos mensajes y medio como una propuesta de futuro.

Confesad… ¿también habéis puesto alguna vez el móvil boca arriba “por si acaso”? 😂




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.