La vida que dejé para después

Capítulo 4 — Lo que no se cuenta.

A media mañana quedé con Carmen en una cafetería cerca de su trabajo.

Necesitaba verla.

Bueno, necesitaba verla y desayunar sin que mi madre me preguntara si el café solo me iba a hacer daño en el estómago. Las necesidades emocionales, a cierta edad, vienen con tostada...

Carmen y yo nos conocimos ocho años antes en un curso de inglés para adultos organizado por el centro cívico del barrio.

No aprendimos suficiente inglés como para mantener una conversación digna, pero nos hicimos amigas, que resultó bastante más útil.

Era bajita, pelirroja, divertida y tenía un cuerpo trabajado en el gimnasio con la disciplina que yo reservaba para mirar el móvil.

Trabajaba como administrativa en una pequeña correduría de seguros. Se pasaba el día explicándole a la gente qué cubría su póliza y, en su tiempo libre, intentando averiguar quién cubría los daños emocionales de sus amigas.

Cuando llegué, ya estaba sentada en nuestra mesa habitual.

Me miró antes incluso de que dejara el bolso.

—Amiga, tienes mala cara.

—Buenos días a ti también.

—¿Café?

—Doble.

—Entonces no tienes mala cara. Tienes información.

Carmen tenía un radar especial. Podía detectar una desgracia antes de que el camarero dejara la tostada encima de la mesa.

Me senté frente a ella.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

El «nada» de una mujer no siempre significa que espere que insistas.

A veces significa: no quiero escucharme explicándolo porque, si lo cuento en voz alta, voy a parecer más tonta de lo que me siento.

Con Héctor ya habíamos recorrido demasiadas veces el circuito de ahora sí, ahora no, ahora qué y ahora para qué.

Al principio se lo contaba a mis amigas.

Luego había que actualizar.

Después rectificar.

Más tarde explicar por qué había vuelto a responderle a un hombre al que tres semanas antes había declarado asunto cerrado, clausurado y pendiente únicamente de demolición.

Una acaba agotada de emitir comunicados oficiales sobre una relación que ni siquiera tiene departamento de relaciones.

Así que dejé de contar.

No porque mis amigas me juzgaran.

Probablemente me juzgaba yo utilizando sus caras como pantalla de proyección.

Me sentía idiota.

Como si no estuviera haciendo las cosas bien.

Como si una mujer adulta, trabajadora y con dos hijos tuviera la obligación de dominar las emociones con la misma solvencia con la que sabe pedir una cita médica por internet.

Prefería escuchar.

Escuchar te mantiene ocupada y, además, evita que alguien te pregunte por qué sigues esperando un mensaje de un señor al que has visto una vez desde que Rosalía todavía llevaba chándal.

Carmen dio un sorbo al café y evitó mirarme durante unos segundos.

—¿Y Lola? ¿Sabes algo de ella? —preguntó.

El ambiente cambió lo justo.

Lola era mi separada al nacer. Cumplíamos años el mismo día, aunque yo era cinco años mayor porque hasta en los partos simbólicos me había tocado llegar antes... afortunada yo!

Era un pelín más alta que yo, sociable, cariñosa y muy suya. Tenía un hijo, Álvaro, de la edad de Adrián y también Libra.

Los Libra eran nuestra mayor pesadilla.

Criar a un Libra es intentar obtener una respuesta concreta de alguien que puede comprender todos los puntos de vista menos la urgencia del tuyo.

Lola trabajaba en una empresa de distribución farmacéutica y acababan de hacerla fija.

Llegar hasta allí no había sido cuestión de suerte.

Durante años había encadenado dos y hasta tres trabajos a la vez. Había limpiado oficinas por la mañana, atendido una tienda por la tarde y trabajado algunos fines de semana mientras sacaba adelante a su hijo.

Todo sin red.

En muy poco tiempo perdió a su madre y vio cómo el resto de su familia se deshacía por motivos que todavía le dolían demasiado.

Hubo personas que desaparecieron sin morirse y afectos que le arrancaron sin darle derecho a despedirse.

Su padre comenzó una vida nueva lejos de ella cuando la anterior todavía estaba demasiado reciente.

Y Lola se quedó allí.

Con su hijo.

Con sus facturas.

Con su dolor.

Y con una vida que no pensaba detenerse para dejarla respirar.

Pero siguió.

Algunas veces llorando.

Otras enfadada.

Muchas agotada.

Siempre hacia delante.

Por eso, cuando la hicieron fija, yo no sentí que le hubieran regalado un puesto de trabajo.

Sentí que, por fin, la vida le devolvía una parte minúscula de todo lo que le debía...

Lola era, probablemente, la mujer más valiente que conocía.

Y yo estaba profundamente orgullosa de ella.

También estaba enamoradísima de Sergio.

Sergio era el ex de Carmen.

Y ahí terminó la etapa en que las tres podíamos sentarnos juntas sin necesidad de un mediador de Naciones Unidas.

Carmen y Lola no se hablaban. Yo sí hablaba con las dos y repartía mi tiempo con una precisión diplomática.

Suiza, pero con acento sevillano.

—No, no sé nada de ella —respondí.

Carmen removió el café.

—Ah.

—¿Por qué?

—Por nada. Preguntaba.

Mentira cochina...

Lola me había escrito aquella mañana:

«Amore, ¿qué haces hoy?»

Pero había informaciones que no necesitaban circular. Bastante tenía yo con administrar mis propias guerras frías.

Carmen me contó problemas del trabajo, de su hijo, de su familia y de un hombre que había aparecido recientemente con la puntualidad habitual de los problemas.

Yo la escuché.

Asentí.

Le dije lo que pensaba.

Me reí.

Durante una hora fui esa versión de mí que sabía perfectamente lo que los demás debían hacer.

Al salir de la cafetería, miré el teléfono.

Héctor no había escrito.

—¿Ves? —dijo Campanilla—. Ni siquiera ha pasado nada y ya estás escondiéndolo.

—No lo escondo.

—¿Ah, no?




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