La vida que dejé para después

CAPÍTULO 5 — Tú me llamas cuando quieras

Héctor no era el único hombre cuya historia había dejado de contar.

Había otra guardada en un cajón diferente.

Uno de esos cajones que una no abre todos los días, pero tampoco vacía nunca del todo.

Jaime.

Jaime reapareció en mi vida porque se murió su padre.

No hay una forma elegante de decirlo. La muerte no entra en las historias llamando al timbre; empuja la puerta y cambia el aire de la habitación.

Nosotros no nos hablábamos.

Habíamos sido algo seis años antes.

Algo importante para mí y mucho menos sencillo de nombrar para él.

Jaime acababa de salir de una relación muy larga, tenía dos hijos pequeños y decía que yo era especial, pero que no estaba preparado.

Los hombres han utilizado conmigo tantas veces la palabra «preparado» que empiezo a sospechar que soy una oposición al cuerpo de notarios.

Yo me enamoré.

Él se dejó querer durante un tiempo y después hizo lo que hacen algunas personas cuando reciben algo que no saben sostener: alejarse antes de tener que ponerle nombre.

Cuando supe lo de su padre, le mandé el pésame por WhatsApp.

Escribí varias versiones.

Una demasiado fría.

Otra demasiado cariñosa.

Una tercera que parecía redactada por el departamento de comunicación de una funeraria.

Al final envié algo sencillo.

Le dije que lo sentía mucho y que, si quería hablar, podía llamarlo.

Contestó:

«Tú me llamas cuando tú quieras ».

Aquella frase me pareció cálida.

También peligrosa.

Esperé varios días para no parecer ansiosa, una costumbre femenina muy absurda que consiste en sufrir exactamente igual, pero con elegancia administrativa.

Lo llamé el domingo.

Hablamos durante horas.

De su padre.

De sus hijos.

Del trabajo.

De la vida que había pasado mientras nosotros fingíamos no formar parte de la del otro.

Hubo momentos en los que parecía que no habían transcurrido seis años.

Después alguno de los dos mencionaba una mudanza, un cumpleaños o una relación que el otro desconocía y el tiempo volvía a colocarse entre nosotros.

Aun así, la conversación fue fácil.

Demasiado fácil.

Con algunas personas no hace falta reconstruir el puente.

Basta con pisarlo para descubrir que nunca llegó a caerse del todo.

—Ten cuidado —dijo Campanilla.

—Solo estamos hablando.

—Las guerras también empiezan hablando.

—Qué dramática eres.

—Y tú muy confiada.

Después llegó un susto de salud.

Unas pruebas.

Una pequeña sombra que los médicos querían revisar.

Jaime intentó restarle importancia, como hacen algunos hombres con todo aquello que les da miedo.

—No será nada —dijo.

Pero la frase «no será nada» tiene una capacidad extraordinaria para conseguir que una piense precisamente en todo lo que podría ser.

Durante unas semanas estuvimos más pendientes el uno del otro.

Bueno.

Yo estuve pendiente de él.

Jaime se dejaba cuidar con bastante naturalidad, una habilidad masculina que debería aparecer en los currículums.

Al comienzo de la primavera me contó que venía a Sevilla porque uno de sus hijos participaba en una competición de natación.

No quería ver a nadie.

Solo a mí.

Campanilla tocó una campana de alarma.

Yo la confundí con música romántica.

Quedamos con nuestros respectivos hijos y fuimos a cenar a un restaurante de Triana.

Éramos seis: sus dos hijos, los míos, Jaime y yo.

Parecíamos una familia moderna.

Muy moderna.

Tan moderna que ninguno sabía exactamente qué relación tenía con los demás.

La cena costó más de doscientos euros.

No recuerdo la cifra exacta porque hay cantidades que el cerebro borra para proteger los órganos vitales.

Después nos fuimos a tomar una copa a la terraza de un hotel cerca del río.

Desde allí Sevilla estaba preciosa.

Sevilla iluminada tiene la mala costumbre de hacerte creer que todo puede acabar bien.

Los niños hablaban entre ellos.

Jaime estaba relajado.

Yo lo miraba intentando no interpretar la escena.

Fracasé.

Una mujer puede decirse muchas veces que no va a hacerse ilusiones, pero luego ve a un hombre riéndose con sus hijos bajo las luces de Sevilla y ya está buscando significado hasta en la forma en que sostiene la copa.

Al día siguiente pensé que no llamaría.

Llamó.

—Diana, estoy aquí con los niños cenando. Si te quieres venir para acá...

Cogí un taxi antes de que Campanilla terminara de carraspear.

Cenamos y hablamos.

En algún momento, con esa valentía repentina que da estar cansada de fingir, le dije:

—Yo me enamoré de ti. Y tú de mí, ¿no?

Hay preguntas que una pronuncia para recibir una respuesta y otras para comprobar si el otro se atreve a decir la verdad.

No recuerdo sus palabras exactas.

Recuerdo la sensación.

Jaime siempre conseguía acercarse lo suficiente para que yo sintiera el calor y dejar la puerta abierta por si luego necesitaba salir corriendo.

No dijo que no.

Tampoco dijo que sí de una forma que pudiera utilizarse como prueba.

Contestó con frases blanditas.

Con recuerdos.

Con miradas.

Con esa clase de ternura que parece una respuesta hasta que llegas a casa y te das cuenta de que sigues teniendo la misma pregunta.

Aquella noche se encontró mal.

Al día siguiente habíamos quedado para comer con una amiga mía y dar una vuelta por un mercado artesanal que montaban en el centro.

Sevilla estrenaba primavera y yo estrenaba otra vez expectativas.

Pero Jaime se fue.

Dijo que no se encontraba bien y que prefería volver a casa.

Puede que fuera verdad.

Puede que no.

Cuando una ha dudado mucho de alguien, hasta la verdad llega con documentación insuficiente.

—Está enfermo —dije.

—Puede ser —respondió Campanilla.




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