El primer día después de vacaciones siempre entro en Aura con una energía completamente falsa.
Abro la persiana.
Enciendo las luces.
Pongo música.
Coloco las toallas.
Miro la agenda.
Y durante aproximadamente nueve minutos me convenzo de que este año sí.
Este año voy a organizarme.
Voy a salir a mi hora.
Voy a comer sentada.
Voy a contestar los mensajes solo en horario laboral.
Voy a llevar la contabilidad al día.
Voy a ahorrar.
Voy a hacer deporte.
Y probablemente aprenderé inglés.
A las diez y cuarto ya había contestado un WhatsApp mientras preparaba una cabina, desayunado medio café frío de pie y movido a una clienta porque otra necesitaba «solo un huequecito».
La normalidad había vuelto.
Campanilla apareció sentada encima del ordenador.
—Duró poco lo de la nueva Diana.
—Son las diez y cuarto.
—Exactamente.
Mi primera clienta llegó cinco minutos antes.
Cinco.
No veinte.
Eso ya me pareció una bendición.
—¡Diana! —dijo nada más entrar—. ¿Qué tal las vacaciones?
—Muy bien.
—¿Has descansado?
Me quedé pensando.
Había compartido un baño con siete personas, vuelto en BlaBlaCar con un señor que me hizo terapia sentimental por la A-92 y pasado media mañana comprobando si Héctor había visto una foto.
—Muchísimo.
Las mujeres mentimos muy bien cuando nos preguntan si hemos descansado.
La tumbé en la camilla.
Era una higiene profunda.
Yo adoro las higienes.
Hay algo muy satisfactorio en ver salir a una persona con la piel mucho mejor de como entró.
El problema es que rara vez solo limpio poros.
A los siete minutos ya sabía que su marido llevaba dos semanas raro.
—No sé, Diana… está distante.
Ahí estaba.
El «pero».
Siempre acaba apareciendo.
—¿Distante cómo?
—Pues no sé. Está, pero no está.
Mis manos se detuvieron una milésima de segundo.
Está, pero no está.
Campanilla levantó la cabeza.
—No.
—¿No qué? —pensé.
—No conviertas la higiene de Paqui en una sesión sobre Héctor.
Seguí trabajando.
—¿Habéis hablado?
—Sí. Bueno… hablar…
Claro.
Hablar.
Una palabra que abarca desde una conversación adulta hasta dos personas enviándose indirectas mientras una pone lavadoras.
—Yo le digo que lo noto raro y él dice que no le pasa nada.
—Entonces algo le pasa.
—¿Tú crees?
—Paqui, llevo seis años trabajando con mujeres. Cuando una mujer dice «no me pasa nada», todavía existe una posibilidad remota de que no le pase nada. Cuando un hombre lo dice mirando el móvil, hay expediente abierto.
Se rio.
Yo también.
—Es que no quiero estar encima.
—Y haces bien.
—Pero luego pienso: si no pregunto, parece que me da igual.
Ahí estaba otra vez.
La fina línea entre interesarte y perseguir.
Entre estar disponible y quedarte esperando.
Entre querer a alguien y convertirte en el departamento de seguimiento de su vida emocional.
—Preguntar una vez está bien —le dije—. Preguntar veinte veces ya no cambia la respuesta.
Campanilla me miró.
—Qué bien aconsejas.
—Estoy trabajando.
—Aplícatelo luego.
Ignoré su existencia.
Terminé la limpieza.
Puse la mascarilla.
Bajé un poco la luz.
Paqui cerró los ojos.
—Qué gusto —dijo.
—Aprovecha. Aquí nadie puede pedirte nada durante diez minutos.
—Mis hijos sí podrían.
—Aquí no entran.
—Mi marido también llama.
—Lo bloqueo yo.
Se rio.
Aquello era Aura.
Llegaban por la piel.
Pero durante una hora dejaban fuera otra cosa.
Una preocupación.
Un hijo.
Una separación.
Una madre enferma.
Un trabajo insoportable.
Un hombre.
Siempre había un hombre.
No en todas las historias.
Pero en demasiadas.
Mientras esperaba a que actuara la mascarilla miré la cabina.
El cuaderno estaba en recepción.
El mismo que había viajado conmigo a Mojácar.
La noche anterior había vuelto a escribir en él.
EXPERIENCIA AURA.
Debajo había puesto:
Que una mujer entre por la piel y salga respirando mejor.
Me había dado hasta vergüenza escribirlo.
Sonaba a anuncio de perfume.
Pero era exactamente lo que quería.
No quería convertirme en terapeuta.
Bastante tenía yo con mis propias terapias pendientes.
Quería hacer lo que ya hacía, pero con intención.
Crear un espacio.
Música.
Aroma.
Tratamiento.
Silencio.
Una pequeña meditación.
Y al final una carta.
No para decirle a nadie que en tres meses aparecería un hombre alto, moreno y económicamente solvente.
Porque si yo supiera hacer eso, empezaba por mí.
Una carta como herramienta.
Una pregunta.
Una palabra.
Algo que obligara a parar un momento.
—Te estás viniendo arriba —dijo Campanilla.
—Déjame.
Terminé con Paqui.
Se miró al espejo.
—¡Qué cara!
—La tuya.
—Ya, pero mejor.
—Para eso cobro.
Pagó.
Nos despedimos.
Y justo cuando cerré la puerta entró la siguiente.
Así funciona Aura.
No hay transición emocional.
Puedes estar hablando del sentido de la vida y treinta segundos después preguntando:
—¿Cera o pinza?
A media mañana llevaba tres clientas.
Dos cafés empezados.
Ninguno terminado.
Y nueve mensajes sin contestar.
Héctor no estaba entre ellos.
Sí.
Lo miré.
No me juzguéis.
Habíamos hablado la tarde anterior después de su «¿Qué haces?».
Nada espectacular.
Yo:
«Organizando mi vida 😅 ¿Y tú?»
Él me había contado un poco de su día.
Yo del mío.
Dos bromas.
Algún emoji.
Y después la conversación se había apagado.