Dormir en tu propia cama después de varios días compartiendo apartamento con ocho personas debería considerarse una experiencia religiosa.
Incluso con Bruno atravesado en diagonal.
Abrí los ojos y durante unos segundos disfruté del silencio.
Después escuché a mi madre en la cocina.
Una puerta.
Una cafetera.
Pili hablando por teléfono.
Carlos arrastrando unas zapatillas por el pasillo.
Bruno roncando.
El silencio había durado exactamente siete segundos.
Hogar, dulce hogar.
Miré el móvil.
Las ocho y cuarenta y tres.
Tenía mensajes.
Dos clientas.
Carmen.
Un grupo familiar.
Una notificación de Instagram.
Y nada de Héctor.
No sentí nada.
Bueno.
Eso es mentira.
Sentí lo suficiente como para comprobarlo.
Pero no como para que me cambiara el humor.
Progreso.
Campanilla apareció estirándose.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Qué buscas?
—Nada.
—Pues para no buscar nada tienes una técnica de rastreo bastante profesional.
Dejé el móvil boca abajo.
Héctor había contestado la noche anterior.
Después de mi:
«Sí 😊 Acabamos de llegar.»
había puesto:
«Qué bien. A descansar.»
Fin.
Cuatro palabras y un punto.
El hombre tenía la capacidad de cerrar conversaciones con la precisión de una puerta automática.
Yo no había contestado.
No había nada que contestar.
Bueno, sí.
Podía haber puesto:
«Sí, falta me hace.»
O:
«Estoy muerta.»
O:
«¿Y tú qué haces?»
Especialmente esa.
La pregunta universal utilizada por millones de mujeres para resucitar conversaciones que ya habían muerto dignamente.
No lo hice.
Y seguía viva.
Sorprendente.
Me levanté.
En la cocina mi madre ya estaba organizando la vuelta a la normalidad.
Había puesto una lavadora.
Tenía otra preparada.
Había comida descongelándose.
Y estaba limpiando una superficie que, desde mi punto de vista, ya estaba limpia.
—Mamá, acabamos de llegar.
—¿Y?
—Nada.
Nunca discutas con una mujer que lleva más de sesenta años considerando el descanso un síntoma preocupante.
Me preparé café.
—Hoy hay eclipse —dije.
Mi madre me miró.
—¿Y eso qué significa?
—Pues…
No tenía ni idea de cómo explicar aquello sin parecer que había fundado una secta durante las vacaciones.
—Que la Luna está en Piscis.
—La Luna estará donde tenga que estar.
Y siguió limpiando.
Mi madre resuelve la astrología con una eficacia impresionante.
Pili entró en la cocina.
—¿Qué dices de Piscis?
—Que hay eclipse.
—Ah.
—Y mi Luna natal está en Piscis.
—Pues enhorabuena.
—Qué familia más espiritual tengo.
—Yo soy espiritual —dijo Pili—. Pero después de desayunar.
Campanilla apareció sentada encima del frutero.
—Tú tampoco sabes muy bien qué significa.
—Sé cosas.
—Has visto tres vídeos.
—Información es información.
La verdad era que desde hacía unos días me aparecían publicaciones sobre el eclipse por todas partes.
Que si cerrar ciclos.
Que si soltar.
Que si emociones.
Que si cosas que salen a la superficie.
Instagram había decidido que yo necesitaba una revolución espiritual antes de volver al trabajo.
Y yo, que soy bastante receptiva a cualquier mensaje del universo siempre que venga acompañado de música bonita y letras blancas sobre un cielo estrellado, había prestado atención.
Mi Luna estaba en Piscis.
Eso sí lo sabía.
También sabía que Piscis tiene fama de sentir demasiado.
Ahí, desde luego, no habían fallado.
—¿Qué se supone que tienes que soltar? —preguntó Campanilla.
—Nada.
—Héctor.
—No.
—Jaime.
—Tampoco.
—La necesidad de que te quieran hombres emocionalmente indisponibles.
—¿Puedes dejarme tomarme el café?
—Tú has sacado el tema del eclipse.
Tenía razón.
Otra vez.
Qué pesada.
Ese día no tenía clientas todavía.
Seguía oficialmente de vacaciones, aunque la palabra «vacaciones» para una autónoma significa básicamente que no hay citas, pero sí mensajes, proveedores, agenda, compras y una preocupación constante por cuánto habrás facturado durante los días que no has trabajado.
Abrí el calendario de Aura.
El lunes empezaba de nuevo.
Higienes.
Tratamientos.
Depilaciones.
Bonos.
Una clienta nueva.
Dos huecos por rellenar.
Vida normal.
Sentí una mezcla extraña.
Ganas de volver.
Y ninguna gana.
Me pasaba siempre.
Durante las vacaciones echaba de menos Aura.
Cuando volvía a Aura quería vacaciones.
El ser humano es una especie diseñada para desear exactamente lo que no tiene delante.
Cogí una bolsa con ropa y empecé a colocar cosas.
El pareo nuevo.
Los vestidos.
Las gafas.
El bolso.
Saqué del fondo de la maleta un ticket arrugado del mercadillo.
Lo miré.
Y sonreí.
Habían sido unas vacaciones buenas.
No espectaculares.
No de revista.
No había habido cenas con velas frente al mar ni hoteles de cinco estrellas.
Habíamos sido ocho personas con un baño.
Habíamos discutido por duchas.
Habíamos comido bocadillos.
Mi madre había fregado hasta superficies que no le pertenecían.
Los niños habían protestado.
Yo había comprado cosas que no necesitaba.
Mario había preguntado mil veces qué íbamos a hacer.
Carla había sobrevivido a todos nosotros con bastante más dignidad que algunos adultos.
Y había sido feliz.
No feliz de película.
Feliz de verdad.
Que suele ser menos fotogénico.
El móvil sonó.
WhatsApp.
Mi cuerpo hizo lo de siempre.