La vida que dejé para después

CAPÍTULO 9 — Día de mercadillo

Ir a un mercadillo con mi familia requería una preparación similar a una evacuación.

Había que decidir quién se duchaba primero, quién llevaba agua, quién tenía dinero suelto, quién había cogido crema solar y, sobre todo, quién estaba dispuesto a esperar a quién.

Pepe estaba preparado desde hacía veinte minutos.

Mario daba vueltas por el salón.

Carlos preguntaba cada cinco minutos si nos íbamos ya.

Adrián estaba con el móvil.

Y yo buscaba unas gafas que llevaba puestas.

Vacaciones.

—¿Nos vamos? —preguntó Pepe.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—Porque llevas diez minutos diciendo que sí.

—Estoy terminando.

—¿Terminando qué?

Buena pregunta.

Las mujeres tenemos una palabra maravillosa para esos momentos:

Cositas.

—Estoy terminando unas cositas.

Campanilla apareció sentada encima de mi bolso.

—Traducción: no tiene ni idea de lo que está haciendo, pero todavía no está preparada para salir.

—Cállate.

—¿Qué? —preguntó Adrián levantando la cabeza.

—Nada.

—Ya estás hablando sola.

—Y sigo teniendo conversaciones más interesantes que muchas de las que mantengo acompañada.

Pepe soltó una carcajada.

Finalmente salimos.

El mercadillo estaba lleno.

Puestos de ropa.

Vestidos.

Sandalias.

Bolsos.

Bisutería.

Gafas.

Fruta.

Flores.

Gente pasando por delante de ti exactamente en el momento en que querías acercarte a mirar algo.

El paraíso.

—Yo no voy a comprar nada —dije.

Pepe me miró.

—Claro.

—Solo quiero mirar.

—Claro.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Odio cuando mi familia utiliza conmigo el mismo tono que Campanilla.

Empezamos a andar.

A los diez minutos ya llevaba unas gafas de sol en la mano.

—Las necesitaba.

—Tienes seis pares —dijo Carlos.

—No como estas.

—Son negras.

—Carlos, por favor. No reduzcas la moda a colores primarios.

Seguimos andando.

Vi un vestido.

Lo cogí.

Otro.

También.

Una pulsera.

Un bolso.

Pequeño.

Bueno.

Pequeño según mis estándares.

En él solo cabía el móvil, la cartera, las llaves, unas gafas, un cargador, un abanico, dos pintalabios y probablemente una botella de agua pequeña.

Prácticamente un monedero.

—Mamá —dijo Adrián.

—¿Qué?

—Mira esta funda.

Se había parado delante de un puesto de accesorios para móviles.

Tenía una funda en la mano.

—Está chula.

—Me la voy a llevar.

—Pues llévatela.

Pagó.

Pensé que habíamos terminado.

Error.

Empezó a mirar otra vez.

—¿Y qué buscas ahora?

—Una para Susana.

Ah.

Por supuesto.

Susana no estaba con nosotros.

Susana estaba en su casa.

Pero emocionalmente llevaba toda la mañana de mercadillo.

—¿Otra igual?

—Sí, pero para su móvil no hay.

—Pues ya está.

Adrián me miró como si yo acabara de sugerir que abandonáramos a Susana en una gasolinera.

—Mamá...

—¿Qué?

—Es para hacer matching.

Me quedé callada.

Hay palabras inglesas que han entrado en la vida de nuestros hijos para nombrar cosas que nosotros llevábamos décadas haciendo sin necesidad de pasaporte.

—¿Matching?

—Sí.

—¿Ir conjuntados?

—Más o menos.

—Pues dilo.

—No es lo mismo.

Claro.

Nada es lo mismo cuando se dice en inglés.

Finalmente encontró otra del mismo modelo, pero de distinto color.

La compró.

—Pero entonces no vais iguales.

—Sí vamos iguales.

—No son del mismo color.

—Pero es el mismo modelo.

Lo miré.

Él me miró.

—Ah.

No tenía energía suficiente para continuar el debate.

Adrián sacó el móvil y le escribió a Susana.

A los pocos segundos sonrió.

—¿Qué dice?

Me enseñó la pantalla.

Susana había contestado:

«Bueno, papi, no haremos matching, pero no pasa nada.»

Levanté los ojos.

—¿Papi?

—Mamá...

—No he dicho nada.

Campanilla apareció a mi lado.

—Pero tu cara acaba de escribir una novela.

Seguí andando.

No iba a opinar.

Yo había tomado una decisión respecto a la relación de Adrián y Susana.

No eran tóxicos.

Eran intensos.

Muchísimo.

Tan intensos que cada uno llevaba un collar con una fecha grabada:

25/9.

Porque, aparentemente, quererse veinticuatro horas al día, siete días a la semana, se les quedaba corto.

Ellos habían inventado el veinticinco nueve.

Campanilla miró el collar de Adrián.

—Esto no es una relación, Diana. Esto es una suscripción premium.

Me tuve que girar para que no me viera reír.

—¿Qué te pasa? —preguntó Adrián.

—Nada, papi.

—Mamá.

—Ya está, ya está.

Continuamos.

A partir de ahí perdí el control de mis compras.

No sabría decir exactamente en qué momento ocurrió.

Las cosas fueron apareciendo.

Un vestido.

Otro que estaba tirado de precio.

Una pulsera.

Unas gafas.

El bolso pequeño.

—¿No dijiste que no ibas a comprar nada? —preguntó Pepe.

—Esto no es nada.

Me miró las bolsas.

—¿Y qué sería algo?

—No sé. Un sofá.

Campanilla asentía.

—Defensa impecable.

Los hombres tienen una resistencia muy limitada a los mercadillos.

Pueden pasarse tres horas jugando a la PlayStation, viendo fútbol o hablando de motores.

Pero veinte minutos entre vestidos de lino y sandalias artesanales y empiezan a mostrar signos de insuficiencia orgánica.

—¿Queda mucho? —preguntó Carlos.

—Nada.

La palabra «nada», utilizada por una mujer dentro de un mercadillo, es una unidad de tiempo que puede abarcar desde diez minutos hasta Navidad.

—Eso has dicho antes.

—Porque antes también quedaba nada.




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