Durante años mi cumpleaños había durado aproximadamente lo mismo que una boda gitana.
Había celebración con mis amigas de siempre.
Celebración con Lola.
Celebración con Carmen.
Celebración con mis hijos y mi familia.
Y si en aquel momento había algún hombre pululando por mi vida sentimental, también había que buscarle hueco en el calendario.
Septiembre no era mi mes de cumpleaños.
Era mi temporada de festejos.
Una especie de festival itinerante con una única artista invitada:
yo.
—Qué agotamiento —dijo Campanilla.
—Pues me encantaba.
Y era verdad.
Me gustaba celebrarlo.
Muchísimo.
Siempre me había gustado cumplir años.
Nunca había entendido a esa gente que, cuando les preguntabas la edad, contestaban como si estuvieran protegiendo información clasificada.
Yo cumplía.
Y punto.
La alternativa me parecía bastante peor.
Pero aquel año era distinto.
No porque me molestaran los cincuenta y tres.
Bueno.
Pronunciado despacio tenía cierta contundencia.
Cin-cuen-ta-y-tres.
Parecía la edad de una señora que debería tener una vajilla buena, un plan de pensiones y capacidad para encontrar las llaves a la primera.
Yo no tenía ninguna de las tres cosas.
Tenía un centro de estética.
Dos hijos.
Una madre que limpiaba incluso lo que ya estaba limpio.
Una hermana que opinaba gratis.
Un perro convencido de que mi cama era suya.
Un ex emperador.
Un Jaime que había prometido futuros que luego no llegaron.
Y un Héctor que llevaba años entrando y saliendo emocionalmente por una puerta que nadie conseguía cerrar del todo.
Los cincuenta y tres me encontraban estupendamente organizada.
—Como un cajón de cables —dijo Campanilla.
—Pero funcionando.
—De milagro.
Aquel lunes empezó la semana de mi cumpleaños.
Y con ella, las preguntas.
—¿Qué vas a hacer el domingo?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
Era curioso.
Cuando una mujer decía que no iba a hacer nada especial por su cumpleaños, la gente reaccionaba como si hubiera anunciado que pensaba ingresar voluntariamente en un convento.
—Nada significa nada.
—Pero habrá que celebrarlo.
Habrá que.
Dos palabras peligrosísimas.
Durante muchos años yo había vivido rodeada de «habrá que».
Habrá que quedar.
Habrá que llamar.
Habrá que invitar.
Habrá que ir.
Habrá que pasar.
Habrá que hacer algo.
Y últimamente me estaba volviendo alérgica.
Este año no me apetecían compromisos.
Ni repartir mi cumpleaños en seis celebraciones para que nadie se sintiera desplazado.
Ni quedar con gente porque «siempre lo habíamos hecho».
Ni sentarme a una mesa pensando más en si todo el mundo estaba contento que en si lo estaba yo.
Por primera vez me apetecía hacer algo bastante más revolucionario.
Agradarme a mí.
Campanilla sonrió.
—Cincuenta y tres años para descubrirlo.
—Cada una lleva su ritmo.
El martes Aura empezó a recordarme también que el calendario avanzaba.
—¡Que el domingo es tu cumple!
—Sí.
—¿Cuántos?
—Cincuenta y tres.
—¡No los aparentas!
Nunca sé muy bien qué se responde a eso.
Gracias.
Supongo.
Aunque siempre me dan ganas de preguntar:
¿Y qué aspecto exacto tienen cincuenta y tres?
¿Hay uniforme?
¿Una postura?
¿Tengo que empezar a llevar una rebeca sobre los hombros y caramelos de menta en el bolso?
Una clienta me dijo:
—Yo a partir de los cincuenta dejé de contar.
—Pues Hacienda sigue contando, no te preocupes.
Se rio.
Yo también.
Y seguí trabajando.
El cumpleaños estaba acercándose sin hacer demasiado ruido.
Pero yo sí pensaba en él.
Especialmente por una persona.
Héctor.
Porque el veintisiete de julio había sido su cumpleaños.
Y yo lo había felicitado a las doce y un minuto de la noche.
00:01.
No a las nueve de la mañana.
No cuando me acordé.
No después de verlo en una historia.
A las doce y un minuto.
Como una adolescente con wifi.
—Muy digna —dijo Campanilla.
—Me apetecía.
—Ya.
Y a él le había gustado.
Me dijo que aquella felicitación lo había hecho feliz.
Esa frase se me quedó dentro.
No porque fuera una declaración.
Ni una promesa.
Simplemente porque durante un segundo sentí que estar ahí, justo al empezar su día, había significado algo para él.
Después volvió Héctor a ser Héctor.
Más distante.
Más intermitente.
Más difícil de colocar en una categoría comprensible.
No se había ido.
Eso habría sido demasiado sencillo.
Héctor no desaparecía.
Héctor se administraba.
Una dosis pequeña.
Un mensaje.
Una reacción.
Un estado visto varias horas después.
Una aparición cuando empezabas a acostumbrarte a que no apareciera.
—Tocando los cojones —dijo Campanilla.
—Exactamente.
Y entonces llegó el miércoles.
El móvil sonó mientras estaba trabajando.
Héctor.
Mi cuerpo reaccionó antes de que yo pudiera hacerme la moderna.
Abrí.
Me preguntaba por Adrián.
Por cómo estaba después de la caída.
Sonreí.
Eso sí me gustó.
Que se acordara.
Que preguntara.
No todo tenía que analizarse.
A veces un gesto podía ser simplemente un gesto bonito.
Le contesté.
Le conté que estaba mejor.
Hablamos un poco.
Y en algún momento salió el tema de sus vacaciones.
Tres meses.
Tres.
Yo llevaba semanas viéndolo aparecer, desaparecer, mirar estados y administrar palabras como si cada mensaje cotizara en bolsa.
Y no sé qué me pasó.
Bueno.
Sí lo sé.
Que se me ocurrió decir la verdad.