La vida que dejé para después

CAPÍTULO 8 — Ocho personas y un baño

CAPÍTULO 8 — Ocho personas y un baño

Elena estrenó la Experiencia Aura al día siguiente.

Salió de la cabina con la cara iluminada, los hombros relajados y una expresión que no tenía cuando entró.

—Diana, esto tienes que hacerlo.

—¿El tratamiento?

—Todo. La música, el olor, la meditación... Hasta la carta. Hacía mucho tiempo que no conseguía apagar la cabeza.

Me quedé mirándola con una sonrisa.

A mí me había costado meses entender algo que ella había visto en una hora.

Cuando se marchó, apunté algunas ideas en el cuaderno, recogí la cabina y cerré Aura por vacaciones.

Había llegado el momento de descansar, desconectar y no pensar en el trabajo durante unos días.

Lo pensé mientras respondía tres mensajes de clientas, comprobaba las citas de la vuelta y guardaba el cuaderno de la Experiencia Aura en el bolso para llevármelo conmigo.

—Desconexión absoluta —dijo Campanilla.

—El cuaderno no ocupa nada.

—Claro... y tú te lo llevas para que conozca Almería.

Me reí sola y terminé de bajar la persiana.

La idea quedaría aparcada hasta mi regreso.

Bueno... aparcada dentro del bolso, que era la manera que yo tenía de dejar descansar las cosas.

Antes de marcharnos tocaba organizar a Bruno.

Lo dejamos en una guardería junto a Duque, el perro de Pepe.

Dos machos juntos, sin responsabilidades y con la comida servida.

Probablemente fueron los únicos miembros de la familia que empezaron las vacaciones descansando de verdad.

La primera avanzadilla salió hacia Mojácar el jueves: mi madre, mi hermano Pepe, su hijo Mario, su hija Carla y mi hijo pequeño, Carlos.

Pili ya estaba allí esperándonos.

Adrián y yo salimos el viernes en tren.

Bueno... «en tren» es una forma bastante optimista de contarlo.

El viaje empezó con normalidad. Nos sentamos, colocamos las maletas y yo hasta pensé que podría leer un rato, mirar por la ventana y llegar a Almería como una persona civilizada.

No sé por qué sigo teniendo esa clase de pensamientos.

El tren se estropeó y terminamos montados en un autobús de dos plantas para completar el trayecto.

Renfe consiguió convertir nuestras vacaciones en una excursión escolar sin bocadillo de mortadela.

—Esto no puede estar pasando —dije mientras subíamos con las maletas.

—Por lo menos llegamos —respondió Adrián.

La juventud tiene una facilidad extraordinaria para aceptar los imprevistos cuando no ha sido ella quien ha pagado los billetes.

Nos sentamos juntos y yo miré alrededor. Había pasajeros intentando colocar las maletas, niños preguntando cuánto faltaba y varias personas hablando por teléfono para explicar que llegarían más tarde.

—Bueno... podría ser peor —dije.

Campanilla apareció inmediatamente.

—No termines esa frase.

—¿Por qué?

—Porque la vida escucha.

Me entró la risa.

Adrián me miró.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Ya estás hablando contigo misma.

—Es la única conversación en la que siempre tengo razón.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Cuando tengas cincuenta años lo entenderás.

Llegamos a Almería bastante más tarde de lo previsto y Pepe fue a recogernos.

Nos esperaba en el coche con esa expresión de quien ha hecho varios viajes, organizado a media familia y ya no sabe si está de vacaciones o trabajando para una empresa de transporte.

—¿Qué tal el viaje? —preguntó.

—Estupendo. Hemos venido en tren, autobús y porque no había burros disponibles.

Metimos las maletas y emprendimos el camino hacia Mojácar.

Cuando llegamos al apartamento, Pili salió a recibirnos. Mi madre apareció detrás preguntando si teníamos hambre, Carlos y los mellizos hablaban todos a la vez y yo tardé aproximadamente treinta segundos en comprender que la palabra «capacidad» se utiliza con una alegría excesiva en los anuncios vacacionales.

Éramos ocho.

Había un dormitorio.

Y un salón que, al caer la noche, se transformaba en un campamento de refugiados con aire acondicionado.

—¿Y aquí dormimos todos? —pregunté.

—Cabemos perfectamente —dijo Pili.

Miré el salón.

Después la miré a ella.

—¿Perfectamente según qué normativa?

Mi madre y yo dormiríamos en el dormitorio.

En el salón se repartiría el resto de la humanidad.

Pepe y Carla en un colchón inflable grande.

Pili y Adrián en el sofá cama.

Carlos en otro colchón grande.

Mario en uno pequeño.

Sobre el plano parecía posible.

También parecía posible el Titanic.

Pero el verdadero problema no eran los colchones.

Era el baño.

Uno.

Un solo baño para ocho personas.

Me asomé a la puerta y contemplé aquel pequeño espacio con la sensación de estar viendo el escenario de nuestra futura caída como familia.

—Aquí mañana va a haber problemas —dije.

—Si nos organizamos, no —respondió Pili.

Me entró la risa.

En mi familia, «si nos organizamos» era la frase que se pronunciaba justo antes de que cada persona hiciera exactamente lo que le daba la gana.

La mañana en aquella casa no empezaba.

Se gestionaba.

Había turnos imaginarios, golpes en la puerta y preguntas que nadie debería formular con tanta urgencia antes de un café.

—¿Te queda mucho?

—¡Estoy entrando!

—Pues avisa cuando salgas.

—¿Quién ha dejado esta toalla aquí?

—¡Que el niño tiene pipí!

Mi madre vigilaba la limpieza.

Pili, el orden.

Pepe, a los mellizos.

Yo intentaba recordar por qué habíamos considerado aquello unas vacaciones.

El sábado abrí un ojo y escuché movimiento fuera del dormitorio.

Los mellizos seguían dormidos y el salón conservaba todavía aspecto de campamento improvisado.

Mi madre cruzó por delante de la puerta con la fregona en la mano.

Todavía no había desayunado.

María no necesita café para activarse.




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