La vida que dejé para después

CAPÍTULO 6 — Una habitación no es una promesa

Jaime me recogió en casa el sábado cerca del mediodía.

Yo llevaba una maleta pequeña para una noche y expectativas suficientes para una convivencia de quince años.

Cuando bajé, estaba esperándome junto al coche. Me miró de arriba abajo y sonrió.

—Qué guapa estás.

—Tú tampoco vienes mal preparado.

Campanilla carraspeó.

—No llevamos ni un minuto y ya estás interpretando una sonrisa.

—Cállate y déjame subir al coche.

Todavía era pronto para entrar en el hotel, así que dejamos las maletas y nos fuimos a comer a una taberna pequeña cerca de la Alameda. Tenía mesas de madera, camareros con memoria fotográfica y una carta escrita en una pizarra que parecía llevar allí desde la Expo.

Sevilla estaba preciosa, calurosa y metida en nuestros asuntos como siempre.

Comimos sin prisas. Hablamos de sus hijos, de los míos, de todo lo que había cambiado durante aquellos años y de algunas cosas que, por mucho tiempo que pasara, seguían exactamente en el mismo sitio.

Entre nosotros también había cambiado mucho.

Y nada.

Jaime tenía la capacidad de mirarme como si fuéramos a empezar una historia y hablarme como si debiéramos evitarla.

Después de comer paseamos un rato por el centro y regresamos al hotel.

Esta vez sí nos dieron la habitación.

Era un hotel pequeño, de esos que conservan el patio antiguo y colocan velas por todas partes para justificar lo que cuesta dormir allí. La habitación era amplia, luminosa y tenía una cama demasiado grande para seguir fingiendo que aquel era un plan inocente.

Dejamos las cosas y subimos a la piscina de la azotea.

Jaime pidió una botella de vino. Nos sentamos al sol y, después de la segunda copa, colocó mis pies sobre sus piernas y empezó a masajearlos.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Ahora mismo, estupendamente.

Un hombre masajeándome los pies junto a una piscina, con una botella de vino y una habitación reservada, no me estaba ofreciendo precisamente una amistad con derecho a conversación.

Sus manos fueron subiendo despacio por mis piernas.

Me miró.

Yo no aparté la mirada.

Después se inclinó y me besó.

No fue un beso prudente. Tampoco uno de esos besos rápidos que permiten fingir después que no ha ocurrido nada. Fue lento, cálido y lleno de todo aquello que nunca habíamos terminado de hablar.

Cuando se separó, mantuvo la frente apoyada en la mía.

—Me quiero ir a la habitación.

—Todavía no.

—¿No?

—Quiero disfrutar un poco más de esto.

Del sol.

Del vino.

De su mano sobre mi pierna.

Del rato anterior al momento en que la realidad suele entrar sin llamar y pedir la hoja de reclamaciones.

Bajamos al final de la tarde. Teníamos una reserva para cenar en un restaurante del centro y tiempo de sobra para arreglarnos.

Entré en el baño. Cuando salí, Jaime estaba sentado al borde de la cama.

Me observó en silencio.

—Ven aquí.

Me acerqué.

Volvió a besarme.

La ropa fue desapareciendo con más seguridad que nuestras dudas.

Nos conocíamos. Habíamos estado juntos otras veces y sabíamos que entre nosotros el deseo podía ser maravilloso o convertirse en una reunión en la que cada cuerpo aparecía con un orden del día diferente.

Aquella tarde las ganas estaban allí. La coordinación, no tanto.

Jaime me besó el cuello, recorrió mi espalda con las manos y volvió a atraerme hacia él. Durante un rato dejamos de pensar. Hubo caricias, risas pequeñas y esa confianza que no se improvisa con cualquiera, aunque lleves años intentando convencerte de que ya has olvidado a esa persona.

Yo quería disfrutar, pero también quería que disfrutara él. Y, casi sin darme cuenta, volví a concentrarme tanto en cuidarlo que terminé saliéndome de mi propia escena.

Jaime encontró la forma de llegar.

Yo me quedé esperando en mitad del camino.

No fue desagradable. Había deseo, confianza y ternura. Pero el encuentro volvió a cerrarse alrededor de su placer mientras el mío quedaba pendiente para una próxima convocatoria.

—No pongas esa cara —dijo Campanilla.

—¿Qué cara?

—La de estar buscando el fallo en ti.

—No estoy buscando ningún fallo.

—Claro. Solo estás haciendo una auditoría interna completa.

Nos duchamos, nos vestimos y salimos a cenar.

El restaurante ocupaba el patio de una casa antigua. Había plantas enormes, luces pequeñas sobre las mesas y una música suave que conseguía que hasta pedir la cuenta pareciera romántico.

Pedimos comida, vino y, después, dos copas.

—¿Estás contenta? —me preguntó.

—Sí.

Era verdad.

También era una respuesta incompleta.

Yo estaba contenta porque Jaime estaba allí. Porque había organizado el fin de semana. Porque me había incluido en sus planes con una naturalidad que se parecía peligrosamente a la intención.

No le pregunté qué significaba todo aquello.

Aquella noche no quería respuestas.

Quería disfrutar de la pregunta.

Aunque la pregunta ya empezaba a pesarme más que la copa que tenía entre las manos. Una parte de mí quería creer que aquel fin de semana era una señal, que sus gestos no eran solo deseo ni nostalgia, que quizá Jaime estaba acercándose a mí con una intención que todavía no se atrevía a nombrar. Esa parte se aferraba a cada detalle: la habitación, el paseo, su mano enlazada con la mía, la forma en que me había mirado.

Pero había otra parte, más silenciosa y mucho menos romá




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