El problema de despertarse de vacaciones es que durante aproximadamente doce segundos una no sabe qué día es.
Después abre los ojos, ve un colchón hinchable atravesado en medio del salón, una toalla colgada de una silla, tres cargadores ocupando un ladrón que probablemente no cumple ninguna normativa europea y recuerda perfectamente dónde está.
Mojácar.
Ocho personas.
Un baño.
Y ninguna posibilidad real de silencio.
Abrí los ojos y busqué el móvil.
No porque esperara nada.
Eso quiero dejarlo claro.
Yo no esperaba nada.
Solo quería mirar la hora.
Campanilla apareció incluso antes de que desbloqueara la pantalla.
—Las ocho y doce.
—¿Y tú cómo sabes la hora?
—Porque llevas dos minutos mirando el teléfono sin abrir ninguna aplicación.
—Estoy despertándome.
—Estás esperando.
—No estoy esperando nada.
Abrí WhatsApp.
Nada.
Instagram.
Notificaciones.
Nada importante.
Volví a WhatsApp.
—Muy natural todo —dijo Campanilla.
—Cállate.
Héctor no había escrito.
Tampoco tenía por qué hacerlo.
Ese era precisamente el problema.
Héctor nunca tenía por qué hacer nada.
No éramos pareja.
No habíamos hecho promesas.
No existía ninguna conversación en la que uno de los dos hubiera dicho: «A partir de ahora esto significa algo».
Y, sin embargo, llevaba años consiguiendo que su presencia y su ausencia tuvieran exactamente el mismo efecto sobre mí.
Antes podía aparecer a cualquier hora, mandar cualquier tontería o dejar una reacción que me alteraba el sistema nervioso más de lo que me gustaba reconocer.
Ahora podía pasar horas sin saber nada de él.
Días, incluso.
Y yo estaba bien.
Perfectamente bien.
Tan bien que acababa de comprobar dos veces en menos de un minuto si había algún mensaje suyo.
—Eso en psicología debe de tener un nombre —dijo Campanilla.
—Sí. Costumbre.
—Claro.
Me levanté antes de que pudiera seguir dando por saco.
Héctor era así.
Nunca terminaba de entrar.
Nunca terminaba de irse.
Y quizá yo había colaborado bastante en aquello.
Esa parte me gustaba menos reconocerla.
Porque era muy fácil contar la historia diciendo que él aparecía y desaparecía.
Más difícil era admitir que cada vez que volvía yo le abría la puerta.
No de par en par.
Tampoco soy tan tonta.
Pero sí lo suficiente.
Un poquito.
Lo justo para que cupiera otra vez.
Yo ya no estaba enganchada como antes.
Eso también era verdad.
Podía pasar días sin hablar con él y seguir con mi vida.
Trabajaba.
Salía.
Me reía.
Hacía planes.
Conocía gente.
Había aprendido incluso a dejar el teléfono boca abajo durante una cena, cosa que años atrás habría requerido intervención médica.
Pero había sentimientos que no habían desaparecido.
Se habían recolocado.
Como esas cajas que una no quiere tirar y termina metiendo en lo alto de un armario.
No las ves todos los días.
Pero sabes perfectamente que siguen allí.
Desde la cocina llegó la voz de mi madre.
—¿Quién quiere café?
—Yo.
—Ya está hecho.
Entré en la cocina arrastrando los pies.
Mi madre estaba de pie junto a la encimera, ya vestida, peinada y con esa energía que siempre me hacía sospechar que habíamos nacido de especies distintas.
—¿Has dormido bien? —preguntó.
—Sí.
Me miró durante dos segundos.
—Pues tienes mala cara.
Las madres poseen un talento especial para destruir tu autoestima antes del primer sorbo de café.
—Buenos días para ti también, mamá.
Pepe apareció detrás de mí buscando una taza.
—No le hagas caso. A mí me ha dicho que estoy más gordo.
—Porque lo estás —respondió mi madre.
—Gracias, mamá.
Pili entró cargada con una bolsa.
—¿De quién son estas chanclas?
—Mías —dijo Carlos desde el salón, todavía medio dormido.
—Pues no pueden estar en medio.
—No están en medio.
—Están en un sitio donde yo las veo.
—Eso no significa que estén en medio.
Me quedé mirando a mi hermana.
—Carlos tiene un punto.
Pili me señaló con un dedo.
—Tú no te metas.
—Me estoy tomando un café. Técnicamente ni siquiera he empezado a ser persona.
Adrián apareció con el pelo revuelto y el móvil en la mano.
—¿Hay leche?
—En la nevera —respondimos cuatro a la vez.
—Vale, vale.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó Pepe.
Aquella pregunta, en vacaciones familiares, podía provocar una guerra civil.
Mi madre quería ir a comprar.
Carlos quería playa.
Mario quería piscina.
Carla decía que le daba igual, pero tenía cara de querer exactamente lo mismo que Mario.
Pili quería una cosa que, según ella, daba igual siempre que estuviera bien organizada.
Adrián seguía mirando el móvil.
—Playa —dije.
Todos me miraron.
—¿Tú desde cuándo decides tan rápido? —preguntó Pili.
—Desde que somos ocho y como abramos debate no llegamos hasta mañana.
—Yo quería piscina —dijo Mario.
—Pues después piscina.
—¿Y luego playa?
—No. Primero playa.
—Entonces no entiendo nada.
—Bienvenido a unas vacaciones en familia.
Pepe se rio.
Ganó la playa.
No porque se votara.
Simplemente porque nadie tuvo energía suficiente para presentar otra propuesta.
Me puse el bikini, unas gafas grandes y el pareo nuevo del mercadillo.
Cuando salí del baño, Pili me miró de arriba abajo.
—Muy mona.
—Gracias.
—Pero ese pareo no lo necesitabas.
—Nadie te ha preguntado.
—Solo digo.
—Pues deja de decir.
—Qué carácter.
—Estoy de vacaciones.
—Se nota muchísimo.
Carlos apareció detrás de mí.
—Mamá, ¿has visto mi crema?