La vida que dejé para después

CAPÍTULO 14 — Amore, me he hecho una lipo

—Siéntate.

—Eso intento.

Lola avanzó hacia la silla de recepción con la elegancia de una señora de ochenta años que acaba de salir de una operación de cadera.

—¿Cuándo te la has hecho?

—Hace unos días.

—¿Y tú por qué no me has dicho nada?

—Porque ibas a empezar.

—¿A empezar qué?

Me miró.

Yo la miré.

Campanilla cruzó los brazos.

—A empezar exactamente lo que estás haciendo.

—No estoy haciendo nada.

—Tienes cara de inspección sanitaria.

Lola consiguió sentarse.

Digo consiguió porque aquello requirió estrategia.

Primero giró el cuerpo.

Después sujetó la silla.

Luego bajó muy despacio.

Y finalmente soltó un sonido extraño.

—Ay.

—¿Te duele?

—No.

—Lola.

—Bueno, un poco.

—¿Un poco cuánto?

—Diana, no me interrogues.

—Te has presentado en mi centro andando como Robocop y quieres que no pregunte.

Se echó a reír y se arrepintió inmediatamente.

—No me hagas reír, coño.

—Pues haber venido a ver a otra amiga.

Lola y yo nos llamábamos amore desde hacía tantos años que ya nadie recordaba muy bien cómo empezó.

Cumplíamos años el mismo día.

Ella cinco años después que yo.

Separadas al nacer con retraso administrativo.

Era bajita, sociable, cariñosa y tenía esa capacidad que tienen algunas personas para entrar en cualquier sitio y cinco minutos después conocer al camarero, a la señora de la mesa de al lado y al primo del dueño.

Yo tardaba bastante más.

A mí primero tenían que caerme bien.

Lola partía de la base de que todo el mundo podía caerle bien hasta que demostrara lo contrario.

—A ver —dije—. Cuéntamelo todo.

—Me he hecho abdomen y flancos.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

—¿Y estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí, pesada.

—¿Quién te está haciendo los drenajes?

Silencio.

—Lola.

—Por eso he venido.

Me llevé una mano a la frente.

—No.

—Amore…

—No me pongas esa voz.

—Tú tienes unas manos maravillosas.

—Eso ya lo sé.

Campanilla se volvió hacia mí.

—Humildad, ante todo.

—Y además confío en ti —continuó Lola.

Aquello era trampa emocional.

Cuando alguien te dice «confío en ti» justo antes de pedirte algo, ya puedes ir buscando hueco en la agenda.

—Primero te tengo que ver.

—Pues mírame.

—Aquí no.

—¿Por qué?

—Porque estamos en recepción.

—Diana, me has visto hasta parir emocionalmente.

—No es lo mismo.

—Casi.

La llevé a la cabina.

Cerré la puerta.

—Venga.

Lola empezó a quitarse la ropa con dificultad.

Cuando vi la faja me entró calor a mí.

—¿Tú respiras ahí dentro?

—Lo justo.

—Eso no es una faja. Eso es una hipoteca corporal.

—Pues espera a que me la quite.

Nos costó.

Mucho.

A ella porque estaba recién operada.

A mí porque aquella cosa parecía diseñada por un ingeniero especializado en impedir la circulación humana.

Cuando finalmente conseguimos bajarla, observé el abdomen.

Tenía hematomas.

Inflamación.

Las marcas normales de un cuerpo que acababa de pasar por algo bastante menos glamuroso que las fotos de antes y después de Instagram.

Y sentí envidia.

De la buena.

O eso me dije.

No de verla amoratada, evidentemente.

Ni de caminar como si tuviera una escoba metida en la espalda.

Envidia de que se hubiera decidido.

De que hubiera cogido algo de su cuerpo que llevaba tiempo queriendo cambiar y hubiera dicho:

Pues lo hago.

Yo llevaba años pensando en mis pechos.

Después de dos embarazos, cambios de peso, gravedad y vida en general, yo ya no los veía como antes.

Caídos.

Esa era la palabra.

No enfermos.

No horribles.

No dignos de esconderlos debajo de siete capas de ropa.

Caídos.

Y a mí me apetecía operármelos.

Sin discurso de empoderamiento.

Sin necesidad de justificarlo.

Quería mirarme al espejo y verlos de otra manera.

Punto.

—Te tengo envidia —le dije.

Lola abrió los ojos.

—¿De esto?

Se señaló los moratones.

—No, hija. De parecer un mapa de carreteras, no.

—Menos mal.

—De haberte atrevido.

—Pues hazte tú lo que quieres.

—Ya.

—El pecho.

La miré.

—Te acuerdas de todo.

—Para algo soy tu amiga.

Sí.

El pecho.

Se lo había contado hacía tiempo.

También a Jaime.

Y aquel recuerdo apareció sin avisar.

Una conversación cualquiera.

Yo diciéndole que algún día me gustaría operarme.

Que me veía el pecho caído.

Que no me gustaba.

Y Jaime, con esa facilidad que tenía para decir cosas que parecían pertenecer a un futuro compartido, me había contestado que él me ayudaría con el coste de la operación.

Así.

Como si fuera lo más normal del mundo.

Como si fuera a estar.

Como si hubiera un después en el que yo pediría presupuesto, elegiría cirujano y él seguiría formando parte de mi vida lo suficiente como para decir:

Yo te ayudo.

Campanilla ladeó la cabeza.

—Otro plan bonito.

—Ya.

—Sin fecha de ejecución.

—Gracias.

Lola me miró.

—¿Qué?

—Nada. Me he acordado de Jaime.

—¿Por qué?

—Porque cuando le conté que quería operarme el pecho me dijo que me ayudaba a pagarlo.

Lola guardó silencio un segundo.

—Pues mira.

—¿Qué?

—Cuando te lo hagas, te lo pagas tú.

Me dio la risa.

—Gracias, asesora financiera.

—No lo digo por el dinero.

Y ahí dejó de hacerme gracia.

—Ya lo sé.

—Hazlo cuando puedas. Si sigues queriendo. Pero porque tú puedas hacerlo.

Asentí.

Otra cosa que añadir a la lista.

Casa.

Aura.

Pecho nuevo.




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