Recoger un apartamento de vacaciones con ocho personas dentro debería estar considerado deporte de riesgo.
La teoría es sencilla.
Haces las maletas.
Recoges.
Compruebas que no te dejas nada.
Cierras.
Te vas.
La práctica consiste en encontrar veinte minutos antes de salir una chancla debajo del sofá, tres cargadores sin dueño, una bolsa con comida que nadie quiere tirar y una toalla que todo el mundo asegura que no es suya.
—¿De quién es esto? —preguntó mi madre levantando una camiseta.
Silencio.
—¿Y esto?
Otro silencio.
—Pues se queda aquí.
En menos de dos segundos aparecieron tres propietarios.
—Ah.
Mi madre sonrió.
—Ahora sí os acordáis.
Hay madres que educan con pedagogía.
La mía utiliza la amenaza de abandono textil.
Carla apareció desde el baño con una bolsa en una mano y el neceser en la otra.
—Abuela, esta camiseta es de Mario.
—¡No es mía! —gritó él desde el salón.
Carla la levantó.
—Tiene tu nombre.
—Eso no demuestra nada.
Lo miré.
—Mario, hijo, en un juicio te iría regular.
—Pues yo no la he dejado ahí.
—Claro —dijo Carla—. Ha venido andando sola.
Me entró la risa.
Por fin alguien había heredado mi teoría sobre los objetos que se desplazan sin intervención humana.
Yo cerré mi maleta sentándome encima.
No porque hubiera comprado demasiado.
Porque las cosas se expanden durante las vacaciones.
Es un fenómeno físico.
Una sale de casa con dos vestidos, un neceser y unas sandalias y vuelve con cuatro bolsas, un pareo, unas gafas, un bolso, recuerdos, medio supermercado y una sensación inexplicable de haber llevado menos de lo que necesitaba.
Campanilla se apoyó en la maleta.
—Se llama consumismo.
—Se llama optimizar el equipaje.
—Claro.
Pili apareció en la puerta.
—¿Tú vas a cerrar eso así?
—Sí.
—Como reviente en mitad del camino, yo no pienso ayudarte.
—Qué bonito es volver a casa rodeada de amor.
—Yo solo aviso.
Otra frase hereditaria.
Mi madre «solo lo dice».
Pili «solo avisa».
En mi familia nadie critica.
Informamos.
Carlos preguntó si podía dejar una sudadera fuera porque tenía calor.
—Guárdala.
—Pero hace calor.
—Guárdala.
—¿Para qué?
—Porque luego tienes frío.
—No voy a tener frío.
La guardé yo.
Ser madre consiste muchas veces en hacer cosas que el otro descubrirá cuarenta minutos después que necesitaba.
Adrián seguía con el móvil.
Susana.
Por supuesto.
No hacía falta verle la pantalla.
El gesto de la cara era suficiente.
—¿Has recogido tus cosas?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, mamá.
—Mira bien.
—He mirado.
Volví a mirar yo.
Encontré unos auriculares.
Una camiseta.
Y un cargador.
—Muy bien mirado.
—Es que eso no estaba ahí.
Claro.
Los objetos se desplazan solos cuando los hijos tienen diecinueve años.
—¿Esto es tuyo? —preguntó Carla levantando otro cargador.
Adrián lo miró.
—No.
Carlos asomó la cabeza.
—Mío tampoco.
Mario negó desde el sofá.
—Pues llevamos una semana cargando móviles con electricidad divina —dije.
Pepe soltó una carcajada.
Mi madre cogió el cargador y lo metió en una bolsa.
—Me lo llevo.
—¿Para qué, mamá?
—Ya saldrá el dueño.
Esa era otra ley familiar.
En casa de mi madre nunca se tira un cargador.
Puede pertenecer a un Nokia del año 2007.
Da igual.
Algún día puede hacer falta.
A media mañana conseguimos cerrar la puerta.
Milagrosamente.
El apartamento quedó vacío.
Bueno.
Vacío según nuestros estándares.
Seguro que una empresa especializada podría encontrar ADN familiar durante los próximos seis meses.
Bajamos cargados con las maletas.
Mi madre llevaba una bolsa de comida.
Pepe otra.
Pili una mochila.
Carla llevaba su bolso y una bolsa pequeña.
Mario consiguió bajar únicamente con una botella de agua.
Los niños poseen una habilidad genética para desaparecer justo cuando aparecen bultos que necesitan brazos.
—Carlos, coge esto.
—Pero llevo el móvil.
—Qué peso.
Campanilla se rio.
Nos despedimos allí.
Mi madre, Pili, Pepe y los mellizos se organizaban por su lado.
Adrián, Carlos y yo volveríamos a Sevilla en BlaBlaCar.
Volver en tren habría sido lo lógico.
Por eso acabamos esperando el coche de un desconocido.
La vida tiene un sentido del humor bastante desarrollado.
Mi madre me abrazó como si fuera a cruzar el Atlántico y no a pasar unas horas sentada en un coche.
—Avísame cuando llegues.
—Mamá, vivimos juntas.
—Ya lo sé. Pero avisa.
—Vale.
—Y no te duermas.
—No conduzco yo.
—Me da igual.
No pregunté qué peligro concreto implicaba dormirme de copiloto.
A veces querer a una madre consiste también en no pedir aclaraciones.
Carla me abrazó.
—Tita, mándame las fotos.
—¿Qué fotos?
—Las del mercadillo y la playa.
—Ah, sí.
—No te olvides.
—No me olvidaré.
Campanilla carraspeó.
—Te vas a olvidar.
—Cállate.
—¿Qué? —preguntó Carla.
—Nada, cariño.
Definitivamente mi familia empezaba a escuchar demasiado mis conversaciones internas.
Pepe nos llevó hasta el punto donde habíamos quedado con el BlaBlaCar.
—¿Seguro que viene? —preguntó Carlos.
—Sí.
—¿Y si no viene?
—Vendrá.
—¿Y si es raro?
—Carlos, vivimos con tu abuela, tu tía, tu hermano, Bruno y yo. El listón está alto.
Adrián se rio sin levantar la vista del móvil.
El coche llegó pocos minutos después.
Lo conducía un hombre de unos cincuenta y tantos, pelo canoso, gafas de sol y una energía de persona que saluda como si ya te conociera de antes.