Cuando nace una estrella.

Capítulo 22. Las quitapenas.

Via.

No me quedé a dar más explicaciones, en primera, porque nadie de ese lugar las merecía. En segunda, porque la culpa me traicionó.

—Sé que lo dejaste muy claro en tus mensajes y sé que te fallé. No te pido que me abras —escuché su voz ronca desde el otro lado de la puerta—. Estoy aquí para ti. Esteban me dijo algo de una entrevista y solo quería ver que estuvieras bien.

Apreté la cerradura, implorándome internamente tener la fuerza de enfrentar lo que sabía perfectamente que sucedería.

—Via, necesito ver con mis propios ojos que estás bien.

El silencio acaparó la habitación, intensificando el sonido agudo en mis oídos. Sin expresar ni una palabra, las lágrimas fueron cómplices de la situación y se adueñaron de mis ojos desde el primer momento en que él habló.

Su “estoy aquí para ti” me torturó, como una daga que se incrustaba en cada parte de mi piel. Lo había traicionado de una peor manera.

Arruiné todo porque me aferré a pretender que nada pasaría. Por creer que fue un simple beso con Andrés. Pasé la mano por mi boca, limpiando las sensaciones de aquel contacto con sus labios agrietados.

Volví a tallarme los labios varias veces con el dorso.

Quería dejar de sentirme sucia.

Ahora toda mi piel estaba contaminada por su saliva. Arrastré mis manos por mis pantalones, mi blusa y las sacudí, intentando quitar el hormigueo que me recordaba a la traición.

No era el beso, sino lo que significó y lo que sentencié a nunca más poder recuperar.

La vibración en la bolsa trasera de mi pantalón me aterrizó de nuevo. Planté los pies, aferrándome a la puerta para no caer. Esa sacudida retumbaba en mi piel, resignándome por completo.

Era él, pero no quería leerlo porque me avergonzaba tan solo el pensar que el beso era el recuerdo de lo fácil que podía llegar a ser cuando no controlaba lo que sentía.

O el hecho de que lo de nosotros no fue suficiente como para frenarme a las tentaciones.

Llevé mi teléfono al pecho, sentándome en el piso sin abrir la puerta.

—No puedo hablar contigo —titubeé, con un amargo sentimiento acumulándose en mi cuerpo.

Recargué la cabeza en la pared y me maldije internamente una y otra vez.

—No lo hagas. No hables conmigo, solo quiero estar aquí para ti.

Ahogué un sollozo, tensando cada uno de mis músculos.

Sus palabras y su presencia terminaron de romperme.

A los segundos, vi un pedazo de tela pasando por el orificio que estaba debajo de la puerta.

—Habla con ella —susurró con calma.

Parpadeé con fuerza, confundida. Tomé a la pequeña muñequita entre mis dedos, con miedo a romperla, y la acaricié con delicadeza.

—¿Por qué hablaría con una muñeca? —cuestioné con ironía.

Pasé mi dedo por los lazos que tenía en su cabellito y un escalofrío recorrió toda mi espalda, permitiéndome sentir lo helado de las paredes.

—No es una muñeca —explicó con su característica tranquilidad, que me parecía irreal—. Es una quitapenas. Se la regalas a tu persona especial y ella la debe poner debajo de su almohada; entonces le cuentas eso que duele.

Quité la lágrima que se acumuló en mi mejilla, frunciendo los labios para controlarme.

—No estoy en mi cama para contárselo. —Miré al techo para que las gotas ya no cayeran sobre mi cuerpo y agregué—: No estoy en condiciones de hablar con nadie, Damián.

Ni contigo.

Ni siquiera conmigo misma.

—Yo también tengo una, pero no la puedes ver porque no abres la puerta.

Dejé el teléfono en el piso y, esta vez, fue la muñequita a la que coloqué en mi pecho. Abracé mis piernas, pegando mis rodillas a mi cuerpo.

No merecía tenerlo aquí.

No merecía reclamarle.

No merecía sentir el alivio de estar a su lado.

—Perdón por no ir al cumple de Anny. Te fallé por segunda vez. No fui porque era mi debut en la arena —confesó, y le creí—. Fue un error. Mi error.

Al escucharlo, todo se detuvo y todas las palabras dejaron de funcionar. Fue la tercera vez que admitía ser un error.

Y empezaba a creer que era la última.

—¿Cuál fue exactamente el error?

—Oh, estoy platicando con mi quitapenas, ya que tú no quieres hablar.

Puse los ojos en blanco y sonreí ligeramente.

Era un tonto. Ojalá fuera mi tonto.

—Muñeca quitapenas —anuncié, siguiendo el juego e ignorando mis reclamos internos—. Me dolió que me hayan mentido. Ya no sabía qué era real.

<<Dile la verdad, dile lo del beso>>. Me recriminé muy en el fondo.

—Quitapenas, dile que nosotros somos reales. Dile que me equivoqué de cuenta ese día y creí que, de alguna manera, el no ser yo le gustaba más. Que no fui a verla en el bar porque tenía miedo de seguir arruinándolo y que, cuando la busqué, fue muy tarde.

—Quitapenas, respóndele que me gustaba él, no la máscara, ni el nombre. —Estiré mi mano, quitándole el seguro a la puerta—. Recuérdale que solo lo necesitaba a él, con todo y sus errores.

¿Y qué pasaba con mis errores?

¿Él también me perdonaría por los míos?

—Perdóname por mentirte.

Abrió la puerta y fijó su mirada en mí. Me paré en un salto y retrocedí. Él no dio ni paso; solo sujetó con más fuerza la muñeca que estaba en su mano

—No estuvo bien de mi parte ocultarte las cosas y menos haberte dejado sola. Una relación se construye desde la confianza..

Agaché mi cabeza, mirando mis zapatos.

Fue una bofetada con guante blanco.

—Vete, por favor.

—No. No, Via —suplicó con desesperación—. No. No hasta que arreglemos todo, No hasta que volvamos a ser lo fuimos. No hasta que..

—Nunca fuimos nada. Vete —escupí palabras, ahogando el llanto.

Entró a la casa y me acorraló entre sus brazos. Mis manos se quedaron en su pecho, sintiendo su corazón casi salirse. Apoyé la frente en su barbilla y, por más que quise quedarme así, no pude.




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