Via
—¿Quieres ir a la plaza por un helado? —me preguntó Nani al verme entrar a su habitación.
—Solo si es con una galleta gigante.
—Irás a pagar tú, porque me dejaste en bancarrota —bromeó mi abuelo.
Me subí a la cama en medio de mis dos viejitos favoritos: mis abuelos.
Mi Dani y Mi nani.
Incliné la cabeza hasta detenerme en el hombro de mi abuela, mientras mi abuelo acariciaba mi cabello.
—Todo saldrá espectacular, Nani —expresó mi abuelo, tranquilizándome, y colocó su cabeza en mi hombro—. Fui al teatro y está bellísimo. Verás que te encantará. Después podemos ir a la fiesta en la plaza.
Suspiré, evadiendo los nervios del día.
—¿Crees que venga el innombrable? —cuestionó mi abuela con cierta cizaña.
—No sé. Deseo que esté aquí, pero algo dentro de mí sabe que no estará.
La decepción fue notoria porque no intenté ocultarla.
—Lograste desayunar sin poner ni una restricción —celebró mi abuela, cambiando de tema.
—Se los prometí y yo siempre cumplo mis promesas.
—No todas —renegó mi abuela.
Había hecho el esfuerzo de no reclamarme durante mi estancia aquí, aunque tarde o temprano lo haría. Me causó cierta gracia; esperaba la charla motivacional desde el primer día en que pisé la casa.
—Daniela, no es momento.
Mi abuelo intercedió, cuando ambos sabíamos que era en vano. Si la abuela comenzaba a sacar nuestros trapos al sol, se hacía escuchar porque se hacía escuchar.
—Sí, lo es. Siempre es buen momento para hablar de lo que nos hirió.
—¿De qué quieres hablar? —pregunté y, al no obtener respuesta, insistí—. ¿Nanis? ¿Qué pasó?
—Tú sabes que cuando naciste fuiste una nueva ilusión en nuestra vida —relató la abuela—. Cuando Altair murió, le reclamé tanto al universo por quitármela que lloré y lloré. Porque yo sabía que pasaría y, aún así, no lo pude evitar.
Su voz se quebró con cada palabra. El duelo había pasado por más de veintitrés años, pero nunca terminaría. Porque decir que una muerte dejaba de doler era como mentir acerca de tu comida favorita: solo intentabas que las demás personas no te juzgaran por lo que realmente eres.
—¿Cómo sabías que pasaría?
—De la misma manera en la que sabía cómo conocería a tu abuelo.
La historia de la señora del tarot en la vida de mi familia parecía ser hasta un mal chiste que se quedó grabado en nuestro árbol genealógico. La misma mujer que predijo dónde se encontrarían y cómo se enamorarían le señaló con detalles el nacimiento de mi madre, su muerte y mi futuro.
—Cuando nació tu mamá, tu abuela estaba segura de que tenía que ir con la tarotista. Quiso controlar cada detalle.
—Supe su destino y lo traté de evitar a toda costa —susurró y, poco después, me confesó lo que ya presentía—. Sabía que sería en la Arena y que tú..
—Que yo era la culpable —me adelanté a terminar la oración.
—No —me interrumpió mi abuelo antes de que pudiera decir algo más y explicó—. Tu madre se aferró a seguir yendo al lugar, quería ver cómo Mauro ganaba el campeonato internacional.
—Lo sé, me sé la historia de memoria.
Mi abuela tocó el tatuaje en mi muñeca y yo puse mi mano encima de la de ella.
—Cuando te fuiste a la capital, volví a ir con la tarotista —comentó mi abuela, mi Dani—. Sabía que también lo conocerías a él. Al inicio me dio miedo perderte otra vez. Después Nani me hizo entender que no podía seguir ocultándote del mundo.
—Mereces ser vista por el mundo —mi Nani unió su mano a las nuestras.
—Te lo prohibí una sola vez. —Suspiró la abuela, dejando que el silencio nos acompañará por un segundo—. Pero recé porque fuera la única promesa que no cumplieras. Él te ama y tú a él.
Tragué grueso, aminorando el nudo en mi garganta al escuchar su última oración.
<<¿Él me amaba y yo a él?>>
La abuela quitó su mano de nuestro agarre para acariciar mi mejilla, limpiando la lágrima que se pudo haber escapado.
—No te dejes que un error te defina, Nani
—No dejes que esto los separe —finalmente dijo mi abuelo antes de cubrirnos con sus brazos para abrazarnos por completo a ambas.
***
La abuela Dani estaba concentrada regando su árbol de naranjas.
Yo seguía admirando desde las sillas mecedoras la tranquilidad que Dani irradiaba. Una que era difícil de obtener y muy envidiada por todo el mundo. Su cabello blanco brillaba bajo los rayos del sol, quedándose en mi mente como el mismo recuerdo que tengo desde que nací.
Todo el mundo relacionaba esa característica con la vejez, pero en ella nunca pareció serlo. Para la edad que tenía, su piel seguía luciendo joven, su silueta no había cambiado con el paso de los años y esa luz que expedía tenía la misma templanza.
Entrelacé en mis dedos el mechón blanco con el que yo había nacido, dejando que el aire puro inundara mis pulmones.
Todo estaba bien.
Yo estaba bien.
—Te podrán idolatrar miles de personas allá fuera, pero aquí sigues siendo mi nieta. —comentó, girándose para que las gotas que salían de la manguera me mojaran.
—Ya lo sé, Dani. —Me levanté y caminé hasta estar a su lado—.Ya lo sé.
Sonreír ampliamente, estirándome para cortar la naranja que caía de una rama cercana.
—Que bueno que lo sabes. —Me quitó la naranja y procedió a pelar su cáscara como solía pedírselo—. Ve a la florería y termina el ramo de camelias que deje iniciado. Pasaré por él en un rato y lo llevaré a su destino.
Me dedicó un guiño sospechosos y puso en mis manos los gajos de naranja.
Los arreglos de camelias eran su especialidad y jamás en la vida dejaba que ni yo ni siquiera Dafne, su mejor amiga, los hiciera.
No tuvo caso indagar en algo que no me correspondía. Le di un beso fugaz en la mejilla y salí de la casa, gustosa, comiendo la fruta.
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Editado: 16.09.2026