Cuando nace una estrella.

Capítulo 26. Antes

Via

La única manera de llegar a casa era subiendo la carretera que se encontraba entre las inmensas montañas.

El viaje más largo y pesado de mis últimos días. Tres horas mínimas de silencio que martirizaban cada espacio en el coche.

¿Desde cuándo dejé de disfrutar la tranquilidad que me daban los viajes en familia?

Amaba subir desde Mexicali, pasar por la Rumorosa y, por fin, llegar a Tecate.

Aunque a mi alrededor el paisaje era el mismo: montes llenos de rocas tan gigantes que cubrían todo el terreno. Entre las curvas del lugar podía ver todo tipo de piedras y era algo que me fascinaba.

Pegué mi frente en el vidrio de la ventana, con el frío quemando mi piel. Mi Nani volteó de reojo y bajó la ventana. Dejé que el aire helado quitara el cabello de mi cara mientras ponía roja mi nariz.

—¿Quieres bajarte a ver el paisaje en un mirador? —preguntó Nani desde el asiento del chofer.

Negué moviendo mi dedo de lado a lado. No hablaba del todo porque sentía que en cualquier momento me derrumbaría.

—¿Al menos llegaremos a comer pan? —comentó mi abuela en el asiento de al lado.

Encogí los hombros, sin dar respuesta. Era una costumbre hacer esas actividades y se los agradecía, solo que ahora se sentía raro.

—No tienes que hablar si no quieres, pero ¿qué tal si nos escuchas? —volvió a hablar mi abuelo.

Me daban el espacio que necesitaba.

Aunque ellos esperaban una explicación a todo ese caos que hablaban al respecto de mi persona, yo esperaba su compañía.

—Volví a ir con la psicóloga cuando estaba allá —confesé con calma, sin poder verlos y sin moverme. Cerré los ojos con el aire acariciando mi rostro—. No estoy diciendo que los problemas con la comida hayan desaparecido mágicamente, pero son fantasmas que me atrevo a enfrentar.

Como Damián decía: <<No dejes que una caída defina toda tu lucha. Una lucha a la vez, cosa por cosa y caída por caída>>.

—Y para eso estamos aquí, para hacerlo juntos —agregó la abuela.

—Después de las últimas semanas, cuando todo se derrumbó —hice una pausa tomando aire para darme valor—, solo me tuve a mí.

Si seguía reprimiendo todo, entonces ya no quedaría nada y me odié por eso.

Las lágrimas se acumularon con lentitud, ardiendo y secándose a la misma vez.

—Todo se estaba cayendo y volví a ver las fotos juntos, leí el diario y me di cuenta de que yo también importo. —Me reincorporé en el asiento y los vi por el espejo—. Esto me importa.

Hice referencia a ellos y sentí cómo un peso gigantesco se liberó.

La Dani sonrió con ternura. Nadie me juzgaba por esos errores. Después vi los ojos de mi abuelo llenarse de lágrimas y entendí que, si yo seguía haciéndome daño, me perdería de estar aquí.

Y yo amaba estar aquí.

Si seguía lastimándome, no existiera una Vianey que contara su historia, ni que ayudara a las personas que pasaban por lo mismo.

No podría abrazar a mis abuelitos.

No podría cumplir mis sueños.

No podría disfrutar del viento helado que se colaba por la ventana. Ni de los hermosos paisajes.

—¿Podemos comer pan? —pregunté con voz baja.

—Por favor, que ya hace hambre —contestó Nani.

Comimos pan con café mientras el frío nos hacía permanecer juntos. El atardecer nos regaló un hermoso cielo naranja y la luna llena ya casi nos alcanzaba.

***

Llegamos a Tecate, Baja California.

Devuelta a lo que fue mi realidad.

Extrañaba a mis abuelos, pero me extraña más mí.

Al bajar del auto, no me atreví a pasar por el pasillo que daba a aquel árbol de naranjas. La abuela lo llamaba el árbol de los enamorados; el abuelo, por su parte, lo bautizó como el árbol del olvido.

Yo lo llamaría el árbol del reencuentro.

Fue hasta la noche, cuando las estrellas iluminaron el patio trasero, que me animé a ir. Coloqué sobre mis hombros la cobija azul que tenía desde que nací. Ya era un pedazo de tela que se deshacía, pero era el único apoyo que nunca faltó.

Respiré profundo y llegué al árbol, las veladoras que estaban en la capilla al pie de este resplandecían como nunca me había tocado presenciar. Era temporada de naranjas, así que aproveché para arrancar una.

Me senté, recargando mi espalda en el tronco.

—¿Cuándo dejé de disfrutar esto?

Me concentré en la naranja y en su olor impregnado en mis manos.

Por tanto tiempo lo tuve y lo odié.

Odié mi cuerpo, mis manos, mi cara, mis lunares.

Odié mi estatura, mi cabello, los dedos de mis pies y esos pequeños vellos que salían en todo el cuerpo.

Odié mis dientes, que estaban ligeramente separados; mis ojos, que ni siquiera hacían el esfuerzo de funcionar y, por ello, desde niña usaba lentes.

Odié mis mejillas, esas que, al sonreír ocultaban mis ojos y se sonrojan al recibir un cumplido.

Odié mi nombre y mi personalidad.

Odié ser callada y odié ser escandalosa.

¿Lo odié o simplemente no quise entender que era diferente? No lo sé.

¿Qué era lo normal?

¿Por qué deseaba tanto serlo?

—Odié —repetí, casi como un murmullo tan bajo que ni yo lo percibí—. Odié, en el pasado.

¿Ya no lo odiaba?

Ahora eso me representaba.

Para bien o para mal, eso fui y eso seré.

***

Número desconocido: ¿Te fuiste?

Yo: Tenía que

Número desconocido: Mi mamá estaba preocupada porque no se pudo despedir.

Yo: ¿Tu mama? O sea, ¿Qué tú no?

Número desconocido: No, yo no. Solo mi mamá.

Yo: Entiendo.




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