Via
Me sujeté de la silla del comedor mientras todo a mi alrededor daba vueltas.
—Hoy no tengo ganas. Puede ser en otro momento —le supliqué a Anny.
Subsistí con muy poco estos días y mi energía no era suficiente como para hacerlo con ella.
—No, arréglate, que saldremos y me vas a contar todo. Todo. Todo.
—No estoy de humor, no voy a salir.
—No te estoy preguntando
—No te estoy contestando.
—Via, dejé que te consumieras en tu miseria por tres días.
Un escalofrío me envolvió, haciéndome temblar. Pretendí que todo estaba bien cuando fue la mentira más grande que había sostenido por años.
—No sé de qué hablas —me senté, tratando de aminorar la sensación de mareo.
—¿Crees soy tan tonta como para creer que estás bien, que solo estás cansada?.
Asentí y Anny se cruzó de brazos.
—Mírate, estás pálida, ojerosa y débil.
—Gracias, yo también te amo —intenté bromear.
Al sentir su mirada fulminante, supe que era un caso perdido.
Logró su cometido. Después de tres días de no pararme de la cama, por primera vez estaba tomando un baño con la intención de salir y no con la intención de borrar cada parte de mi ser.
Mordí mis uñas todo el trayecto, descargando los nervios que me generaba el simple hecho de estar aquí.
—Ahora sí, te vas a sentar y me vas a explicar absolutamente todo —me exigió al llegar al lugar.
Anny me había obligado a salir de mis cuatro paredes y, muy en el fondo, se lo agradecí. Aunque el haberme traído hasta aquí jugaba más en mi contra que en mi beneficio.
La banca, enfrente de la arena.
Agaché la cabeza, mirando mis botines negros. Damián no se había equivocado; yo misma culpé al mundo, solo porque era más fácil hacerlo que tomar responsabilidad de mi propia vida.
—¿Por qué no me dijiste? Te pude haber ayudado.
Tomamos asiento mientras el interrogatorio comenzaba. La voz dulce de Anny y el sonido de las ráfagas del viento me devolvieron al lugar. Las luces del letrero se iluminaron y pude respirar.
Cierto, ya había llorado lo que iba a llorar.
—¿Qué querías que te dijera? —hablé con calma sintiendo el aire frío quemar mis mejillas—. ¿Qué me daba miedo comer? No podía ver la comida sin pensar en las calorías. No podía disfrutar de ello porque pensaba en cuánto iba a engordar —lo acepté, y decirlo en voz alta hizo que lo reconociera en verdad—. Le tenía envidia a cada una de las personas delgadas que veía. Yo deseaba siempre ser más y más delgada. No podía comer porque me aferraba al deseo de ser “bonita”.
Mi vista estaba fija en los colores naranjas del cielo, en los rayos amarillos que se escapaban y en las nubes que transitaban.
—Pude haber hecho algo.
—No, Anny.
—¿Cómo no lo noté? Si me hubiera dado cuenta.
—No porque no estuviera híper delgada quería decir que no lo sufría. No porque mi complexión era “normal”, todo estaba bien —me moví un poco para verla y sujetar sus manos—. No es tu culpa, fue la mía.
—No fue tu culpa tampoco.
Sonreí un segundo antes de fruncir mis labios para evitar llorar.
—Cuando comía muy poco por días, había veces que ya no soportaba el hambre y lo único que hacía era atragantarme de comida. —Tragué saliva, quitando el nudo en mi garganta que se expandía hacia mi pecho al recordar todo lo que me atreví a hacer—. Al día siguiente, como ya había comido mucho, me privaba de ello.
—No tenias que pasarlo sola.
—Nunca lo estuve, pero, de alguna manera, tenía que ahogar mis emociones.
—Matarte de hambre no era la manera.
—No, pero fue lo único que pude controlar —la solté y erguí mi espalda—. Porque al día siguiente veía mi abdomen plano y era lo único que importaba.
—¿Esto está vinculado con tu deseo de no seguir viva? —preguntó con temor a mi respuesta.
—No —me corregí de inmediato. Era hora de seguir con la verdad—. Sí. Los pensamientos eran porque nada salía bien en mi vida. Todo era rechazó. Todo era problema. Las burlas y las opiniones ajenas me hicieron creer que el verdadero problema del por qué era una fracasada era mi gordura.
—¿Qué más hiciste?
—No salía a comer a la calle. Te inventaba excusas para no ir cuando me invitabas, para no sentir culpa después.
—¿Vomitaste?
—No. No podía porque sabía que, si vomitaba lo poco que comía, entonces tendría que volver a comer.
—Por eso Andrés iba a cocinarte cada tarde
—Sí.
—Me hubiera gustado que me lo dijeras
—Me daba vergüenza aceptarlo.
—¿Y qué hacemos para resolverlo?
—Después de conocerlo, comencé a ir con la psicóloga —me quedé en silencio.
Recolectando mentalmente las razones por las que quería salir de esto. No fue por él, pero sí gracias a él.
Anny tomó mi mano para ponerme en la palma los boletos de esa función. Suspiré repetidas veces. Ella ya estaba de pie, esperándome para entrar a la arena.
Acomodé mis botones, perdiendo el tiempo en vano. No hablaba porque sabía que no escucharía mis excusas. Pasamos los segundos con la expectativa de que me arrepintiera, solo que no lo hice.
Entramos a la Arena.
Nos acomodamos en la última fila, la más alejada del ring, a oscuras porque la luz no llegaba.
Y fue cuando lo vi salir, entre humo, luces de colores y gritos.
Él estaba allí.
Por mi parte, yo estaba consumida en mi propia mente, en el pedestal de ilusiones que yo misma me creé. Porque fielmente pensé que esto iba a funcionar, creí que íbamos por buen camino, creí que lo estábamos haciendo bien.
Me recordé una y otra vez que todo era momentáneo, nada permanecía en la vida ni era para siempre.
Sonreí al verlo saltar de cuerda a cuerda; él amaba hacer esos giros. Con esta versión de él me quedaba para toda la vida: el raro, desesperado y conocedor de estrellas.
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Editado: 16.09.2026