Cuando nace una estrella.

Capítulo 27. Los brazaletes estaban igual que mi vida amorosa

Damián.

Yo: Recuerda que tu lucha es TUYA. Únicamente tú sabías por lo que pasabas.

Intenté enviarlo, pero no resultó como pensé.

Volví a escribir.

Yo: Te veo en la presentación. Lo harás increíble, cree en ti así como nosotros lo hacemos.

Bloqueado.

Tallé mis ojos para asegurarme de lo que estaba viendo.

Este contacto no puede recibir tus mensajes.

—Esteban, apúrate o no alcanzaremos el avión.

—Damián, no tenemos ni un vuelo.

—Lo compraremos allá —me apresuré a recolectar mis cosas para hacer una maleta improvisada.

—Hace diez minutos me dijiste que no iríamos a Tecate.

¿Cómo supo que iríamos para allá?

Lo ignoré para correr por todo el cuarto, desesperado por llegar tarde y enojado por hacer más larga nuestra distancia.

—Dijiste que querías ir a la presentación —me detuve un segundo, aventándole su mochila para que se apresurara.

—Pero la presentación es hasta mañana, Damián.

—Bien, quiero ir a ver si está bien. Por lo menos de lejos, solo asegurarme que esté bien y ya.

Tenía que ir a recuperarla.

Tenía que ir a abrazarla y besarla por todo este tiempo que estuvimos separados, por cada instante en el que desee un beso suyo y un abrazo. Por cada segundo que no pude estar con ella y me necesitaba.

—Damián —me frenó con sus manos en mi pecho.

—Fui un estúpido por no ir a detenerla en el aeropuerto. Por favor, no me hagas suplicarte. Vamos por Via.

Esteban brincó de felicidad.

—Eso era lo que quería escuchar. Vamos por nuestra Via.

—¿Nuestra? —repetí con un poco de celos

—Es mi mejor amiga

El sorprendido resulté ser yo. Esteban nunca había considerado a nadie como un amigo, menos ahora como un mejor amigo.

Lo apuré chasqueando los dedos para por fin subir las maletas al auto.

Llegamos al aeropuerto en espera de salir. Mi pierna no dejó de moverse, mientras que mis manos se sentían sudadas y, a la vez, frías. Ni se diga, mi corazón tenía un baile dentro de mi cuerpo.

—¿Qué hacen aquí? —cuestioné al ver a Fer, junto con Anny, Máscara negra y la mayoría de nuestros amigos luchadores caminar hacia nosotros.

—Tú perdiste a una novia y nosotros a una gran amiga —respondió Fer.

—Además, vamos a ir a apoyarla en esa presentación —mencionó Anny, dándome una palmada en el hombro.

—Y somos fans de Via —añadió Máscara negra

Sin poner ni un impedimento, iniciamos el viaje para recuperarla.

No estaba seguro si por los nervios o por la tensión que se sentía en el ambiente. Todo el trayecto en el auto estuve mareado con ganas de vomitar. Recé a todos los santos que conocía por no hacerlo, pero mi estómago me traicionó justo al llegar al hotel.

El auto se paró en el estacionamiento y yo vomité hasta lo que había comido hace tres días. Cosa que a nadie le importó; todos subieron a sus habitaciones y yo me quedé con el menso de Esteban.

Cuando ya estaba mejor, me ayudó a llegar hasta la habitación. Tomé un baño y me dispuse a salir.

—Tan noche y tú ya te quieres ir. ¿No estás cansado? Hace unos segundos estabas vomitando —siseó, recostado en la cama.

—Saldré a caminar unos minutos —mentí.

—Ya, suelta la sopa

—Iré a la florería de su abuela a ver si ella está allí —confesé de repente—. Sin presiones, solo quiero verla.

—¿Te acompaño?

—No. Quiero ir solo.

—Que la suerte te acompañe.

—¿No es que la fuerza te acompañe?

—No sé, Damián, nunca he visto esa película.

Me burlé de él y de su falta de cultura cinematográfica.

Gracias a que Fer era como una detective obtuve la dirección.

"Camelias" se leía en el letrero de la florería. Los cristales de las ventanas eran grandes, permitiendo ver a quien estuviera dentro del lugar. Husmeé un rato hasta que una mujer considerablemente mayor, de cabello blanco, me miró.

Intenté ocultarme. Ella, con su mano, me hizo señas de que entrara. A su lado estaba otra señora que parecía de la misma edad.

—No está aquí, tranquilo —habló la señora de cabello blanco, quien me parecía familiar—. ¿Damián?

Asentí y ellas se miraron con complicidad.

—Te estuvimos esperando desde ayer —exclamó la otra mujer—. Somos Daniela y Dafne.

Las saludé de mano a cada una.

Daniela, la de cabello blanco, me barrió con los ojos de pies a cabeza para después hacer un movimiento con su cabeza, acompañado de una mueca, dándome el visto bueno.

Sonreí de los nervios. El olor a rosas me recordó a la señora Altair, quien era idéntica a Daniela. Curiosamente, Via era una combinación perfecta de ambas. Ahora sabia de quién había heredado ese mechón blanco.

—Tenemos dos opciones —ordenó con seriedad Daniela—. O tú vas y le dices que estás aquí o nosotras lo hacemos

Abrí los ojos más de lo normal.

No planeé qué hacer; sin embargo, ir en ese momento no era la opción que elegiría.

—Tengo una mejor idea —comenté dando soluciones y recargándome en el mostrador para no caer al sentir mis piernas tambalearse—. No quiero que se ponga nerviosa por lo de mañana —me excusé, buscando ganar más tiempo para resolver—. ¿Qué tal si les encargo un ramo de camelias para ella?

—Mejor un ramo de rosas —sugirió Daniela

—No, esas son tus flores favoritas —la detuvo Dafne.

—Cierto, sí lo son —contestó con una sonrisa coqueta.

Les devolví la sonrisa, sintiendo mis mejillas ruborizarse. Luego me puse firme, acomodando mi postura.

—Las camelias rojas son las favoritas de Via. Esas quiero —saqué de las bolsas de mi chamarra un sobre—. ¿Le pueden poner esto?

Lo extendí y Daniela lo tomó.




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