Via.
—Supuse que no querías hablar.
—¿Lo supusiste, Andrés?
—Lo entendí después de que no contestaras ni mis mensajes ni mis llamadas
—¿A los cuántos días lo entendiste? —contesté, dejando que la arrogancia se apoderara de mí.
No ocultaba mi molestia ni justificaba nada.
—Necesitamos hablar —sujetó mi mano para frenar mi caminata—. Te defendí.
—Si esa es tu forma de defenderme, mejor deja que me ataquen.
Quité su agarre, haciendo una mueca de desagrado.
—Me abrumaron los periodistas y creí que así te dejarían de atacar.
—¿Te abrumaron a ti?¿Enserio? —alcé mis cejas, incrédula de su supuesto sufrimiento—. Quien estaba siendo atacada era yo.
—Pero te defendí —me tomó nuevamente del brazo.
Entrecerré los ojos al sentir sus uñas traspasar mi camisa llegando a mi piel.
—Suéltame —demandé con impaciencia.
Se me hacía tarde para irme y Esteban ya estaba esperándome en la entrada. El agarre se tensó con intensidad. Fruncí mis labios y lo alejé de mi rostro cuando se acercaba con los suyos.
—¿Cuál es tu problema, Andrés?
Levanté mi mano para evitar que siguiera aproximándose y lo aparté por completo.
—Su problema es creer que todo el mundo está a sus pies —escuché la voz de Pao atrás de mí.
Volteé para ubicarla. Ella ya estaba a mi lado, quitando bruscamente la mano de Andrés.
—Venía a reclamarte —Pao se dirigió a mí—, creí que éramos amigas.
—Somos más conocidas que nada —respondí con cierto sarcasmo.
Ella levantó su ceja y preferí quedarme callada.
—Como decía, venía a golpearte —me señaló primero y luego se concentró en Andrés—, pero después de saber que fuiste tú quien divulgó los problemas alimenticios de Via, quien lo merece eres tú.
Pao tomó impulso, dejando su palma marcada en la mejilla de Andrés. Todo sucedió tan rápido que ni chance le dio de meter las manos. El sonido de esa cachetada sonó tan satisfactoriamente que, al inicio, una sonrisa se quiso dibujar en mi rostro, hasta que se borró por completo al caer en cuenta lo que había dicho Paola.
¿Andrés divulgó mis problemas?
El mismo que hace unas semanas me había dado su apoyo para intentar salir de ellos.
El que me acompañó en los días que no podía con mi vida.
Andrés, Andresito, como se había autodenominado él.
Todo tenía lógica. Por eso Anny lo supo, por eso su plática.
Curiosamente, para ser una persona que no confiaba fácilmente en otros, siempre terminaba abriendo innecesariamente mi corazón. Al hacerlo, terminaba así: traicionada, una vez más.
—Via, te puedo explicar.
—No quiero ni que estés cerca de mí.
—Déjame explicarte, tú me entenderás. Estaba triste. No me sentía suficiente y me rechazaste, por eso lo dije —interpuse mi mano para evitar que se acercara más—. Somos iguales, somos dos almas rotas.
La decepción de inmediato se convirtió en ira.
Sus justificaciones vacías, que ni él creía, terminaron de cavar su propio pozo.
—No, te equivocas —Lo interrumpí, retrocediendo un paso—, No somos iguales. Puede que ambos estuviéramos rotos y destrozados, pero yo no lo utilicé de pretexto para demostrar la mierda de persona que soy internamente. No como tú lo hiciste.
—Estaba destrozado, roto. Tú misma lo dijiste
—El estar roto no te da permiso y, mucho menos, derecho de quebrar a los demás. No todos tenemos que sufrir contigo.
—Es cierto —volvió Pao a la conversación—. Cállate, Andrés. No quieras excusarte de tu culpa.
—Porque, a diferencia de ti, yo si tuve los huevos de ir a decirle a Pao lo del beso, los tuve para enfrentar a Damián y confesarle que lo engañé, y los tengo para sostenerlo en este momento.
Se quedó callado unos segundos antes de tomar mi mano para jalarme y pegarme a su cuerpo. Sin pensarlo dos veces, lo empujé con fuerza hasta despegarlo de mí.
No lo dejé reaccionar, y fui está vez yo la que dejó plasmada la palma de mi mano en su otra mejilla.
—A partir de ahora tú y yo solo hablaremos para cosas del trabajo —ordené con autoridad—. No me hables, no me busques y no te atrevas a tocarme. Porque la próxima vez no seré yo quien te dé esa cachetada.
Andrés intentó detenerme, pero me zafé bruscamente de su agarre.
Quise mucho a Andrés, más nunca lo amé, no como para ser mi compañero de vida. Al contrario, me gustó la idealización que creé en mi cabeza acerca de nosotros. La calidez de su compañía y su paciencia ante mis pensamientos oscuros. Mas no lo amaba con el corazón; lo amaba con la esperanza de sentir algo en mi interior. De ser vista. De ser deseada.
Él no me hacía falta.
Ya tenía con quien resguardarme, Damián ya tenía mi corazón y mi alma colgando en sus manos. No lo quise ver, porque creí ilusamente que, si le daba el lugar que le correspondía, que si le daba nombre y apellido al dueño de mi corazón, se lo terminaría robando y me despojaría de mis últimas ilusiones.
***
—¿Estás segura de esto?
—Sí, Esteban.
Abrí la puerta del auto y me esperé unos segundos, dudando de todo.
Esteban bajó mis maletas y nos dirigimos a la puerta del aeropuerto.
—En algo se tenían que parecer —murmuró, y estaba segura que lo hacía con todas las intenciones para que yo lo escuchara.
—¿En que?
—Ambos prefieren huir cuando las palabras duelen.
Suspiré profundamente, sintiendo el nudo en mi pecho cargado de culpa e indignación. La amargura me carcomía en todos los sentidos y no podía quejarme; lo merecía.
—Prefiero no seguir arruinando más las cosas
Me frené, apretando mi mano en el agarre de la maleta. Esteban avanzó lo suficiente para ponerse delante de mí.
Me envolvió en sus brazos, dejándome sentir su presencia. No hacía falta palabras, no eran necesarias. Me abrazaba porque sabía que lo necesitaba. Contuve mis ganas de llorar, dejando que su calidez me terminara de calmar.
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Editado: 16.09.2026