Cuando nace una estrella.

Capítulo 29. Confesión de amor.

Via

La tarde tan esperada nos alcanzó.

Todo el mundo estaba esperando allá afuera, en especial, mis personas favoritas. Mis amigos habían venido solo a apoyarme; estaba segura que no me había equivocado al elegirlos como mis mejores amigos.

Desde que supe que Anny estaba aquí, la obligué a estar conmigo.

—Anny, anny —entré a los camerinos, llamándola.

Acababa de terminar las firmas de autógrafos con personas que en mi vida había visto y que se volvieron las más importantes.

La busqué con la mirada por el lugar hasta que mi vista cayó sobre el ramo de camelias rojas en la mesa del centro. Sin moverme ni un centímetro, me quedé mirándolo por unos segundos.

Yo conocía esas flores, y no porque nuestra florería fuera una de las pocas en este pueblo mágico, sino porque en la mañana me había desahogado con esas mismas camelias. A esas chismosas les platiqué de mi mal de amores y ahora estaban frente a mí.

Yo había hecho eso.

Era el mismo ramo que yo había atado tan solo unas horas antes y, entre medio, estaba el sobre que prometió poner la tía Dafne.

¿La abuela había enviado flores?

¿Se habría equivocado de destino?

Por ahí decían que la curiosidad mató al gato y yo no era un gato, así que llegué a zancadas hasta el arreglo para descubrir de quién era.

Con cuidado sujeté el sobre, temiendo a arruinarlo. Acaricié la camelia que destacaba antes de intentar abrirlo y recordé que estas eran mis flores favoritas.

Respiré profundo, pues el nudo en la garganta se intensificaba al tocar cada pétalo. Nunca me gustó que me regalaran rosas; estaba acostumbrada a vivir rodeada de ellas. Aunque, de ser sincera, nadie me había regalado nunca unas, por eso mentía para encubrir que era algo que deseaba.

—¿Abrirás el sobre? —enunció Anny, saliendo del baño.

Di un pequeño brinco del susto. Creí que estaba sola. Había olvidado que la estaba buscando. Me quedé en silencio y ella volvió a hablar

—Todos sabemos quien las envió, solo queremos confirmarlo.

—¿Y quién las envió, según tú?

Me miró, alzando ambas cejas y juzgando mi pregunta.

—De verdad, ¿fingiremos que no sabemos?. —Negué con la cabeza múltiples veces y ella me sujetó de los hombros—. Via, hay camelias rojas en la mesa del camerino de la chica que ama las camelias rojas, la misma que tiene una florería que se llama camelias y que, si no mal recuerdo, hacen ramos de camelias.

—Eso no significa nada. La florería es de mi abuela y las camelias son comunes en el gusto de las chicas.

—Bien, abre el sobre y descubriremos que estoy diciendo la verdad.

Rodé los ojos, ignorándola por un segundo, y me dispuse a abrirlo. Pareciendo que estaba desarmando una bomba, la presión pesaba sobre mis hombros, mis manos no dejaban de temblar y las ganas de llorar se acumulaban en mi pecho.

—No sé sí estoy lista.

Quité mis manos del sobre, dejándolo caer sobre el ramo, y alcé los brazos.

—Via, solo ábrelo, por favor. No puedo seguir con esta duda.

Suspiré con fuerza.

Limpié el sudor de mis manos y lo abrí.

La nota escrita en papel rojo dejó de importar cuando me concentré en los brazaletes de Damián, los mismos que unas semanas atrás le había regresado. No ocupé leer al destinatario; fue suficiente verlos aquí.

Habían vuelto a mí, pero él no estaba aquí para dármelos.

Continúe sin prestarle atención a Anny. Si lo hacía, terminaría llorando y mi maquillaje se correría. Apreté los brazaletes en mi mano como si los quisiera proteger para que nadie me los quitara, ni yo misma.

Y saqué la nota, con la vista borrosa que me regalaban las lágrimas.

“Prometí ser sincero y, después de todo el caos, supuse que el no vernos era lo mejor. Sin embargo, no quise dejar pasar el hecho de decirte que te amo y que siempre seré tu mayor fan.

Atte. Damián, sólo Damián.

Tu Damián.

Posdata: te pertenecen, así como mi corazón.

Quiero que sepas que en mis brazaletes tus iniciales siempre irán marcadas.

Cuando sea el tiempo correcto, vuelve a mí.”

Alcé la vista y, en efecto, Anny ya era un mar de lágrimas.

Cerré los ojos con fuerza, evitando que el agua saliera de ellos. Di un paso atrás, contemplando nuevamente el arreglo de flores.

Por primera vez, si fui lo suficientemente importante para alguien como para recibirlas.

Levanté las mangas del saco que vestía y me coloqué los brazaletes.

—Te lo dije —murmuró Anny.

—Me lo dijiste

***

He tenido este sueño desde que era niña.

Solo que hoy se hacía realidad

Escuché decir mi nombre por el altavoz, caminé hasta el centro del escenario y miré a la multitud de personas.

El teatro estaba repleto.

Me sentía chiquita, como una pequeña Catarina alrededor de miles de mariposas. Era mi momento, el que tanto esperé. El que tanto temía y el que me merecía.

Pero ¿y el miedo?¿Qué pasaba si la gente no me recibía bien? ¿Qué tal si no les gustaba lo que hacía?¿Qué tal si no me querían?

El segundo más largo de mi vida. Las luces me iluminaron, causando un estruendo en mi interior. Mi cuerpo no reaccionaba a los nervios de la ocasión, sino a lo que un trauma había generado en mí. A lo que mi mente creía que pasaría, porque lo relacionaba con lo ocurrido en el pasado y no a lo que estaba pasando en el presente.

Anclé mis pies al suelo, agarrando mis muñecas a la altura de los brazaletes, y respiré entre tiempos.

Cerré los ojos. Por un momento, no era sólo yo en el escenario escuchando los gritos de las personas. Era el reflejo de mi yo de niña, que creaba historias en su cabeza donde ella era la protagonista. Era mi yo adolescente, siendo la burla de la escuela por su cuerpo y por su gusto hacía las artes. Era aquella versión de mí que dejó todo para cumplir su sueño de ser actriz.




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