Cuando nace una estrella.

Capítulo 30. El BALCÓN DE LA VERDAD.

Via

En los balcones del teatro, la ciudad se comenzaba a iluminar de a poco conforme el atardecer desaparecía.

—Después de esto ya no estaremos juntos —expresó Andrés con tristeza.

<<Gracias a dios, ya no te veré>>, pensé con satisfacción.

—Seguiremos siendo conocidos —traté de subir sus ánimos.

Se recargó en el barandal con sus antebrazos y yo di un paso al lado para aumentar la distancia.

—¿Conocidos?¿Ya no somos mejores amigos?

—No, Andrés. Nunca fuimos mejores amigos, solo colegas —lo corregí con frialdad.

—¿Nov?

—Ni lo pienses, no termines esa palabra. que no te corresponde —Lo interrumpí, señalándolo con mi dedo.

—¿Por qué?

La manera en que lo expresó, siendo una duda genuina, me molestó. Empuñé mis manos e imploré por paciencia.

¿Por qué?.

Lo decía como si hubiera olvidado todo lo que hizo.

—Porque no puedo confiar más en ti.

Tuve que cortar el hilo rojo. Yo fui las tijeras que cortaron cualquier esperanza que él se creó de una posibilidad entre nosotros

Yo dividí nuestros caminos.

Ya había tenido suficiente en la vida como para seguir arriesgándome.

—Creí que éramos almas gemelas.

La carcajada se escapó de mi boca.

—Te explicaré, Andrés —mencioné entre risas antes de ponerle seriedad absoluta a la situación—. Un alma gemela viene acompañada de ciertas vivencias que te enseñan lo suficiente como para no volver a lo que te hace daño. Por más que huyas de ellas, son lecciones que te ayudan a tener una mejor versión de ti. Duele, pero no siempre se corresponden. No te correspondo, Andrés.

—¿O sea que, de ser el amor de tu vida, ni hablamos?

—Espero y estés bromeando. —Rodé los ojos y me acerqué a darle una palmada en el hombro—. Es mejor que te vayas a tu hotel.

—¿Quieres estar sola?

—No, solo quiero que dejes de estar aquí tan cerca de mí. Quiero estar sin ti.

—¿Por qué?

—Porque ya entendí la lección que debes de dejar en mi vida.

—¿Solo no quieres que esté aquí o no me quieres en tu vida?

—Aquí, en el mismo lugar.

Asintió y se fue.

A los pocos minutos lo observé salir de la puerta del lado que daba a otro balcón.

—No te rindes, ¿verdad? —lo confronté.

—Dijiste que no me querías ahí —señaló a mi lugar—. Nunca dijiste que no querías seguir platicando.

—Para la próxima seré más específica.

—Entonces, ¿habrá un próximo encuentro?

Encogí mis hombros y, a los segundos, volvió a hablar.

—¿Lo amas? —me quedé en silencio al escucharlo y él insistió—. Solo dime si lo amas. No es tan difícil

—Sí. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Lo amo como nunca creí que pudiera amar a alguien y como nunca creí que pudiera ser amada.

—¿Amas a Damián o simplemente amas la idea de ser venerada por un hombre?

—¿Es enserio, Andrés?

—Andresito —me corrigió—. Siempre seré tu Andresito.

—¿Me amas o simplemente amas la idea de estar con una ex fan?

—No eres mi fan, eres mi compañera y mi amiga.

—No se supone que los buenos actores son aquellos que pueden diferenciar entre el personaje y el actor. Que no debemos mezclar sentimientos reales.

—Tienes razón. Pero yo nunca amé al personaje, amé a Via, la humana, la mujer sonriente que llegaba con una broma o cantando a todo pulmón cada mañana al set. Amé a la Via, la guerrera que no dejaba que sus problemas la consumieran. Que sabía que era lo que estaba mal y se aferraba a intentarlo. Amé a la mujer que en cada tristeza era ese hombro que necesitábamos para llorar. Aquella que siempre nos ayudó e hizo sentir en casa. Que incluía a las personas y las defendía ante cualquier situación. Amé a Via. Simplemente tú, con tus nervios, tus risas, tus combinaciones extrañas de comida, tus chistes malos, tus bailes y tu personalidad.

—Y todo eso fue gracias a que me salvaron de mi mayor enemigo, de mí misma.

—Eres suficiente Via. Eres genial y extraordinaria. A veces, las partículas más pequeñas son las que más relucen en la oscuridad y nos brindan ese apoyo. Tú eres esa estrella a la que siempre buscaré en el cielo para iluminar mi vida.

—Gracias, Andresito —por primera y última vez lo llamé así—. Te quise, pero no estamos destinados a estar juntos.

—Te amo, Estrellita.

Levanté las comisuras de los labios, ocultando la sonrisa incómoda.

—Vete —ordenó con arrepentimiento.

—¿A dónde Andrés?

—Ambos sabemos que era él en la última fila. Vete, Via, tienes que encontrarlo.

—No, no voy a correr detrás de él. No va a pasar.

—Lo perdiste por mi culpa, por nuestra culpa. Y eso es lo que no va a volver a pasar. No puedo dejar que pierdas al amor de tu vida.

La vibración de mi celular me hizo no contestarle a Andrés. Abrí la notificación con el latido de mi corazón retumbando tras mi oreja.

Estrella fugaz: ¿Sabías que las estrellas viven en pares?. Es decir, no pueden vivir la una sin la otra.

Mis manos se entumecieron al instante, sintiendo un hormigueo que recorría cada centímetro de mi cuerpo.

Yo: ¿Esteban?

Estrella fugaz: Esta vez haré las cosas bien desde el inicio. Soy Damián o Meteoro y me equivoqué de cuenta.

Sonreí, sintiendo las lágrimas humedecer mis mejillas.

Abrí un centímetro la puerta y, contra mi propia razón, entré al teatro. La oscuridad de los pasillos jugó en mi contra. Apresuré el paso como si el tiempo se estuviera agotando, porque lo hacía.

Mi mente me traicionó por completo.

El calambre subió por mis piernas hasta que frené de golpe al ver la sombra blanca que parecía ser una mujer de cabello largo.

La intenté ignorar, pero el silencio en el lugar perturbaba lo suficiente para no moverme. Me acerqué con cuidado, persiguiendo a la mujer que se alejaba al sentir mi presencia.




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