Cuando nace una estrella.

Capítulo 24. Al final de cada lucha siempre estabas tú

Un abrazo para toda la vida, con todo para llevar, por favor

Damián

La misma llave que he practicado toda la vida la terminé ejecutando mal.

Aumenté la velocidad al correr, salté en el primer poste del cuadrilátero y, al dar media vuelta para realizar el salto, apliqué demasiada fuerza, cayendo con todo mi peso sobre mi compañero.

Él soltó un quejido de dolor y, en un movimiento, yo ya estaba parado a su lado.

Cuando no estabas concentrado, eso pasaba.

Cuando no estabas tranquilo, la mente fallaba con lo que tenias perfeccionado y te lastimabas.

Cuando estirabas de más la liga, se terminaba rompiendo.

Cuando dabas tu confianza, te terminaban hiriendo, y cuando creías que amabas de verdad, entendías que en la vida el amor no existe para hacerte sentir cosas lindas, sino para demostrarte que las personas no estaban preparadas para saber lo que era amar.

La función salió peor que mi debut. Cabizbajo, arrastré los pies y me desplacé hasta los camerinos.

Ignoré a todos a mi alrededor hasta que Máscara Negra me detuvo en la entrada.

—Suéltame —mascullé al sentir su mano en mi bíceps.

—Casi lastimas a tu rival.

—¿Y crees que no lo sé?. —Me deshice de su agarre, dándole un manotazo.

Lo empujé con fuerza, sin importar si caía, e intenté entrar.

—¿Qué chingados te pasa, Damián?. —Me tomó del hombro, haciéndome girar.

El calor bajó a mis nudillos al escucharlo llamarme por mi nombre. Chingado, cuando usábamos la máscara teníamos prohibido llamarnos por nuestro nombre real.

Me devolvió el empujón, haciéndome retroceder. No perdí el equilibrio; era demasiado bueno como para hacerlo. Empuñé mis manos y me acerqué nuevamente a él.

—Lo que me pase o no, no es asunto tuyo, wey. —Di un paso más cerca, firme y sin titubeos.

El sonido de sus reclamos se colaba por los orificios de mi máscara, causando que la ira me sacudiera por dentro. Finalmente, la temperatura alta del lugar me hizo estallar.

—Siempre estás de malas —me enfrentó, bajando un poco el tono.

—No me hables entonces —lo sentencié al verlo inflar el pecho, tratando de intimidarme—. No me veas.

—Soy tu amigo y me preocupo.

—Nadie te lo pidió, así que deja de hacerlo. No ocupo que me cuiden.

—No tenemos la culpa de tus problemas.

—¿Y quién fregados los está culpando? —mi voz salió más fuerte de lo que esperé-

Pasé la lengua por mis dientes, dejando salir todo el aire de golpe.

—No estabas concentrado.

—Lo sé.

Retrocedí, suspirando para bajar la sensación de mi corazón apunto de salirse.

—Te pudiste lastimar.

—Lo sé —repetí

Porque ya lo sabía.

—Ya no disfrutas luchar —fue lo último que escuché.

Entré al camerino y arranqué los brazaletes de mis muñecas, azotándolos contra el suelo.

—Lo sé. Lo sé —mencioné, dejándome caer en la banca del vestidor—. Lo sé.

Me cubrí la cara con las manos, mientras mis labios temblaban sin poder controlarlos. El respirar dentro de la máscara se dificultaba por culpa del aire caliente que se quedaba atrapado.

Intenté deshacer el nudo, pero no pude.

Di un puñetazo a la banca, desesperado, y me quejé del dolor.

Con un suspiro atropellado y las lágrimas combinadas con el sudor humedeciendo mi cara, el cordón cedió, deslizándose por cada orificio y, como por arte de magia, mi rostro quedó libre.

Mis manos buscaron en la maleta enfrente de mí y, al encontrar mi teléfono, limpié el sudor de mis dedos.

Cuando la adrenalina me consumía al bajar del ring, la llamaba.

Solía huir a su casa y Vía me hacía abrazarla sin decir ni una palabra por noventa segundos. Antes me parecía absurdo, pues la aceleración que siempre sentía me hacía querer correr.

Pero cuando estaba en sus brazos, los primeros treinta segundos se sentían largos, no por incomodidad, sino porque quería describirle todo mi día.

En los siguientes treinta, la taquicardia cesaba, permitiendo darme cuenta del olor de su perfume, de su característico olor a menta y de la suavidad de su piel.

Para cuando llegaban los últimos segundos, la tranquilidad ya estaba en mi sistema. Bajaba cada una de las barreras que inconscientemente nos interponíamos y una sensación de calor recorría mi cuerpo. Esa que me envolvía en sus brazos y despejaba mis pensamientos.

Nunca le confesé que odiaba que esos noventa segundos no durarán para toda la vida.

—La viste, ¿verdad? —comentó, sacándome de mi mente.

La cara me ardía y la sofocación se apoderaba de mi pecho.

El teléfono seguía en mis manos. Había escrito un mensaje.

—Desde que estaba en la banca —le respondí a mi hermano.

Volví mi vista a la pantalla, dudoso de enviarlo.

Dejé el celular a mi lado y me concentré en quitarme las botas, agachando mi cabeza para evitar que mis ojos rojos quedarán al descubierto. Irónicamente los brazaletes que habían estado en mis muñecas desde hace días; ahora estaban rotos en el piso.

¿Qué caso tenía seguir con esta tontería?

—Te aviso que está afuera. La gente se aglomeró y los están esperando

—¿Ella me está esperando? —le pregunté con ilusión a Fer.

—No, ella solo se está tomando fotos.

—Entonces, ¿no es por mí?

Fer negó con la cabeza, mientras yo mordía el interior de mi mejilla.

—Es mejor, así no seguimos generando más problemas —me excusé, aparentando que no me afectaba.

—Ya sé —me dio la razón, lo cual me molestó—. Ya sé, su contrato.

—Un contrato al que no le haremos caso, ¿verdad? —cuestionó Esteban, colocando su mano en mi hombro.

—Sí le haremos caso —sentenció Fer, poniendo su mano en el lado contrario.

—Fer, por favor. No ves que este animal la necesita

—Dije que no.




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