Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 1 — El muchacho que quería ser libre

La mansión de los Montenegro estaba llena de personas aquella noche.

Música elegante, copas de cristal, vestidos costosos y conversaciones sobre negocios llenaban cada rincón del enorme salón. Para cualquiera, aquella celebración habría parecido perfecta.

Para Alejandro Montenegro era una jaula.

—Sonríe —murmuró su madre mientras acomodaba discretamente el cuello de su camisa—. Los invitados están observándote.

Alejandro esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Estoy sonriendo.

—Eso no es una sonrisa.

—Entonces imagina que lo es.

Su madre lo miró con desaprobación.

A sus dieciocho años, Alejandro ya sabía exactamente lo que su familia esperaba de él.

Debía estudiar en una de las mejores universidades, aprender a dirigir las empresas familiares, relacionarse con las personas adecuadas y, algún día, casarse con una mujer que perteneciera al mismo círculo social.

Todo estaba decidido.

Incluso su futuro.

Lo único que nadie había conseguido decidir por él era qué quería sentir.

Alejandro observó a su padre conversando con varios empresarios.

—Recuerda que el lunes comenzarás a acompañarme a las oficinas —le dijo su padre cuando se acercó—. Ya es momento de que conozcas el funcionamiento de la empresa.

—Tengo universidad.

—Puedes faltar.

—No quiero.

Su padre frunció el ceño.

—No te estoy preguntando.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Lo sé.

Aquella respuesta bastó para que su padre se marchara molesto.

Alejandro tomó una copa de la bandeja de un camarero, aunque ni siquiera tenía deseos de beber.

Miró alrededor.

Todos hablaban de dinero.

De inversiones.

De propiedades.

De automóviles.

De apellidos.

Y, de repente, sintió que no podía respirar.

Dejó la copa sobre una mesa y salió por una puerta lateral.

Nadie se dio cuenta.

O eso creyó.

A varias calles de allí, la vida era completamente diferente.

Valentina caminaba rápidamente por una calle iluminada por pequeños negocios.

Llevaba una bolsa de pan bajo el brazo y una mochila vieja sobre los hombros.

—¡Llegaste tarde otra vez! —gritó su hermano menor desde la puerta de su casa.

—Y tú otra vez estás despierto cuando deberías estar dormido.

—Tengo hambre.

Valentina levantó la bolsa.

—Precisamente por eso traje esto.

El pequeño sonrió.

—¡Pan!

—Pan.

—Te amo.

Valentina soltó una carcajada.

—Qué conveniente. Solo me amas cuando traigo comida.

—También te amo cuando no traes.

—Eso espero.

Entró en la pequeña vivienda.

Su madre estaba sentada en una silla, cosiendo una prenda bajo la luz amarillenta de una lámpara.

—Llegaste, hija.

—Sí, mamá.

Valentina dejó la bolsa sobre la mesa.

—¿Cómo te fue?

—Bien. La señora de la tienda me pagó unas horas extra.

Su madre sonrió con orgullo.

—No tienes que trabajar tanto.

—Sí tengo.

—Eres demasiado joven.

Valentina se encogió de hombros.

—Quiero ayudar.

Su madre dejó la aguja.

—Ya ayudas demasiado.

Valentina se acercó y la abrazó.

—Somos una familia. Eso hacemos.

Su madre acarició su cabello.

—Algún día tendrás que pensar en ti.

Valentina sonrió.

—Algún día.

Pero no sabía que ese día estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.

Esa misma noche, Alejandro caminaba sin rumbo.

Había dejado atrás la mansión, los automóviles y los guardaespaldas.

Por primera vez en mucho tiempo nadie sabía dónde estaba.

Aquella sensación le resultaba extrañamente liberadora.

Caminó varias calles hasta llegar a una pequeña plaza.

Se sentó en una banca.

—Qué estupidez —murmuró.

No sabía qué esperaba encontrar.

Quizá solamente quería sentirse una persona normal.

—¿Estás perdido?

Alejandro levantó la mirada.

Una joven estaba frente a él.

Llevaba unos jeans sencillos, una sudadera y el cabello recogido de cualquier manera.

Era Valentina.

Alejandro tardó un segundo en responder.

—No.

Ella levantó una ceja.

—Tienes cara de estar perdido.

—¿Así se ve?

—Muchísimo.

Alejandro sonrió por primera vez de verdad aquella noche.

—Entonces sí estoy perdido.

Valentina se sentó en el extremo de la banca.

—¿Te escapaste de tu casa?

Alejandro la miró sorprendido.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque tienes cara de niño rico castigado.

Él soltó una carcajada.

—¿Niño rico?

—Sí.

—¿Y cómo sabes que soy rico?

Valentina señaló sus zapatos.

—Porque esos zapatos cuestan más que todo lo que tengo puesto.

Alejandro bajó la mirada.

Por primera vez comprendió que su ropa hablaba por él.

—No son tan caros.

—Claro.

—En serio.

—Claro.

Valentina sonrió.

—No te preocupes. No voy a pedirte dinero.

—No pensé eso.

—Pero lo pensaste.

—Un poco.

Ella comenzó a reír.

Alejandro no pudo evitar acompañarla.

Aquella desconocida acababa de burlarse de él durante varios minutos y, curiosamente, no le molestaba.

—Soy Alejandro —dijo finalmente.

Valentina dudó.

—Valentina.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Y qué haces aquí? —preguntó ella.

Alejandro miró las luces de la plaza.

—Quería escapar.

—¿De qué?

—De todo.

Valentina lo observó con más atención.

—Eso suena grave.

—Mi familia quiere decidir mi vida.

—Ah.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé.

—Entonces te diré algo.

Valentina se acomodó en la banca.

—Si realmente quieres decidir tu vida, tendrás que empezar por tomar tus propias decisiones.

Alejandro la miró.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.




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