Doce años para encontrarte otra vez

Capítulo 2 — La chica que no sabía quién era

Durante las siguientes semanas, Alejandro encontró una nueva rutina.

Por las mañanas asistía a la universidad y soportaba las clases que su familia había elegido prácticamente por él. Por las tardes inventaba cualquier excusa para no regresar inmediatamente a casa.

Y por las noches buscaba la plaza.

Buscaba a Valentina.

Al principio quiso convencerse de que solamente quería conversar con alguien que no perteneciera a su mundo.

Después dejó de engañarse.

La esperaba.

Aquella tarde llegó veinte minutos antes de lo habitual.

Se sentó en la misma banca y miró constantemente hacia la entrada de la plaza.

—Llegaste temprano.

Alejandro levantó la cabeza.

Valentina estaba frente a él con una pequeña bolsa en la mano.

—Llegas tarde.

—¿Me estabas esperando?

—No.

—Entonces, ¿por qué llegaste veinte minutos antes?

—Porque… tenía cosas que hacer.

Valentina sonrió.

—Claro.

Alejandro se levantó.

—¿Qué traes?

—Comida.

—¿Para mí?

—No.

—Qué decepción.

Ella abrió la bolsa.

—Pero si tienes hambre, puedo compartir.

—Ahora sí me caes bien.

—¿Ahora?

—Antes me caías regular.

Valentina comenzó a reír.

—Eres insoportable.

—Y aquí estás.

—Porque me das lástima.

—Gracias.

Se sentaron.

Valentina sacó dos emparedados y le entregó uno.

Alejandro lo tomó.

Miró el sencillo emparedado.

Después la miró a ella.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás mirando mi comida.

—No.

—Sí.

—Es que…

Alejandro sonrió.

—Nunca habías comido algo así, ¿verdad?

Él negó con la cabeza.

—No exactamente.

Valentina frunció el ceño.

—¿Entonces qué comes?

—Comida.

—Eso no responde.

Alejandro soltó una carcajada.

—Comida normal.

—¿Qué significa normal?

—No sé.

—Eres raro.

—Eso ya me lo dijiste.

Valentina comenzó a comer.

—Mi mamá prepara esto casi todos los días.

Alejandro mordió el emparedado.

Se quedó sorprendido.

—Está bueno.

—¿De verdad?

—Sí.

—Entonces mañana te traigo otro.

Alejandro sonrió.

—Trato hecho.

A partir de ese día, comenzaron a verse casi diariamente.

Alejandro descubrió cosas que nadie de su círculo conocía.

Valentina adoraba la música.

Le gustaban las películas antiguas.

Tenía una enorme facilidad para hacer reír a los demás.

Y, aunque su situación económica era complicada, jamás se avergonzaba de ella.

Un día caminaron por una calle llena de puestos.

Valentina se detuvo frente a un escaparate.

Había un vestido sencillo.

No era particularmente elegante.

Pero ella lo observó con admiración.

Alejandro notó la mirada.

—¿Te gusta?

—Mucho.

—Podrías comprarlo.

Valentina soltó una pequeña risa.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque cuesta demasiado.

Alejandro sacó su cartera.

—Yo puedo—

Valentina inmediatamente levantó la mano.

—No.

—Pero…

—No quiero que me compres nada.

—Solo quería ayudarte.

—Lo sé.

Ella lo miró con ternura.

—Pero no necesito que me compres cosas.

Alejandro guardó lentamente su cartera.

Aquellas palabras se quedaron en su cabeza.

No estaba acostumbrado a ellas.

En su mundo, el dinero solucionaba casi todo.

Si alguien quería algo, simplemente lo compraba.

Valentina le estaba demostrando que existían cosas que no podían comprarse.

Días después, Alejandro decidió que realmente quería trabajar.

No quería que su primer empleo fuera un puesto conseguido por su padre, ni que alguien supiera que era un Montenegro.

Quería comenzar desde abajo.

Recordó el pequeño taller que Valentina le había mostrado.

Al día siguiente fue hasta allí.

El negocio pertenecía a don Ernesto, un hombre de unos cincuenta años que llevaba casi tres décadas reparando automóviles.

Alejandro esperó a que el hombre terminara de atender a un cliente.

—Disculpe.

—¿Sí?

—Estoy buscando trabajo.

Don Ernesto lo observó de arriba abajo.

—¿Sabes de mecánica?

—No.

—Entonces, ¿qué sabes hacer?

Alejandro pensó unos segundos.

—Aprendo rápido.

El hombre soltó una carcajada.

—Eso dicen todos.

—Puedo barrer, limpiar herramientas, acomodar piezas, lavar automóviles… lo que sea.

Don Ernesto volvió a mirarlo.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho.

—¿Tus padres saben que estás buscando trabajo?

Alejandro dudó.

—No.

—Entonces tendrás problemas.

—Probablemente.

—¿Y por qué quieres trabajar aquí?

Alejandro miró alrededor.

—Porque quiero aprender un oficio y ganar mi propio dinero.

Don Ernesto se quedó pensativo.

—No pareces necesitar dinero.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

—Necesito aprender a ganármelo.

El hombre lo observó durante unos segundos.

Finalmente señaló una escoba.

—Empieza por ahí.

Alejandro parpadeó.

—¿Eso significa que tengo el trabajo?

—Significa que tienes una oportunidad. Si al final del día sigues queriendo regresar mañana, hablamos de un sueldo.

Alejandro tomó la escoba.

—Trato hecho.

Don Ernesto sonrió.

—Y una cosa más.

—¿Sí?

—Aquí todos trabajan. No me importa quién sea tu familia, cuánto dinero tengas o dónde hayas estudiado. Si vienes a trabajar, trabajas.

Alejandro sonrió.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Aquel fue su primer día en el taller.

No fue fácil.

Se equivocó al guardar unas herramientas.

Derramó aceite.

Se quemó ligeramente la mano al tocar una pieza que todavía estaba caliente.

Y recibió más de una reprimenda.




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