Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 21

El vals de la venganza y las sombras del pasado
Mara

El salón de baile principal de la universidad se había transformado en una pesadilla de opulencia dorada, luces de cristal y murmullos sofisticados. Las copas de champaña tintineaban al compás de una música clásica de fondo que apenas lograba amortiguar la tensión palpable en el ambiente.

Yo estaba de pie junto a una de las columnas de mármol, sosteniendo una copa de cristal con elegancia, enfundada en un vestido largo de alta costura en tono azul noche, con un escote asimétrico y una abertura lateral que dejaba ver mis tacones de aguja. Mi cabello corto en corte bob brillaba bajo las lámparas de araña, y mi rostro permanecía esculpido en una mueca de perfecta y distante indiferencia.
A lo lejos, vi llegar a Nolan.

Venía acompañado de sus padres -quienes ignoraban por completo la catástrofe moral y emocional en la que su hijo se había metido-, vistiendo un smoking negro impecable que le quedaba a la perfección. Pero el traje caro no podía disimular la tensión en sus hombros, ni la forma en que sus ojos recorrieron el salón entero en el segundo exacto en que cruzaron las puertas, buscándome con una desesperación evidente.
Sentí que el estómago se me encogía. Ahí estaba de nuevo esa maldita dualidad: el odio visceral por lo que me hizo, mezclado con un dolor sordo que se negaba a extinguirse al ver lo destruido que lucía por mi culpa. Odiaba que tuviera ese poder sobre mí. Odiaba que, a pesar de ser la dueña de este imperio y de haber regresado convertida en una mujer implacable, una simple mirada suya fuera capaz de desestabilizar el centro de mi gravedad.

-¿Te diviertes, hija? -la voz de mi padre resonó a mi lado mientras me ponía una mano protectora y orgullosa sobre el hombro-. Mira a tu alrededor. Todos estos mediocres que antes te ignoraban o te miraban por encima del hombro ahora se mueren por cruzar una sola palabra con la verdadera propietaria de este lugar.

Miré a mi padre, luego barrí con la mirada Florencia del salón. Vi a Brad y a Matt en una esquina, bebiendo champaña con una expresión de pánico disimulado, sabiendo perfectamente que un solo gesto mío ante la directiva bastaría para expulsarlos de la universidad con descrédito absoluto. Vi a Jessica intentando mantener la compostura junto a un grupo de porristas, con una mueca de frustración tan evidente que resultaba patética.

Y más allá, destacando entre la multitud, vi a Nolan. Se había liberado de sus padres y caminaba directamente hacia donde yo estaba, abriéndose paso entre los invitados con la determinación de un hombre que ya no tiene nada que perder.

Un cosquilleo de adrenalina pura recorrió mi columna vertebral.
No lo va a lograr.

Me repetí la consigna como un mantra de protección. Terminé de dar un trago largo a mi copa de champaña y se la entregué sin mirar a un mesero que pasaba por ahí en ese momento, preparándome mentalmente para el asalto.

-Mara... -la voz de Nolan llegó hasta mí, suave, ronca, temblorosa, deteniéndose a apenas un metro de distancia, respetando por fin el espacio personal que jamás supo valorar antes.
Me giré con lentitud calculada. Dejé que mis ojos se deslizaran por su rostro con una lentitud despectiva, midiendo su desesperación como quien observa a un insecto molesto bajo el microscopio.

-Vaya, capitán Vance. Veo que el código de etiqueta de la gala incluye disfraces de arrepentimiento -dije, y mi voz salió tan fría, afilada y cortante que hizo que Nolan retrocediera imperceptiblemente-. ¿Qué ocurre? ¿Tus amigos del equipo te mandaron a vigilar a la dueña del circo para asegurarse de que no los despida a todos antes de medianoche?
El rostro de Nolan se descompuso aún más, si es que eso era posible. Una punzada de dolor auténtico cruzó por sus ojos avellana, y vi cómo sus manos se cerraban en puños rígidos a los costados del smoking.

-No vine por mis amigos, Mara. Y sabes perfectamente que a ellos ya no les importo, igual que a mí no me importa el equipo ni la apuesta ni ninguna de las estupideces que hice en el pasado -respondió Nolan con un hilo de voz, dando un paso al frente a pesar de mi barrera helada-. Vine porque necesito hablar contigo. Porque no he podido dormir, ni respirar, ni un solo segundo desde el día en que te fuiste.

-Qué lástima por tu salud mental, Nolan -repliqué con una sonrisa cínica, arqueando una ceja con absoluta elegancia-. Pero tu insomnio no es mi problema. Deberías habérselo consultado a tus amigos en el vestidor antes de ponerle precio a mis sentimientos. ¿O acaso los quinientos dólares no te bastaron para comprar un poco de paz?

Las palabras fueron un golpe directo a la línea de flotación. Vi cómo Nolan cerraba los ojos con fuerza, tragando saliva con una dificultad extrema, mientras un par de invitados cercanos disimulaban el cuchicheo al vernos interactuar.

-Mírame, por favor... solo un segundo -rogó él, con un temblor desgarrador en la voz que hizo que el eco de mi propio corazón latiera desbocado contra las costillas-. Sé que merezco tu desprecio. Sé que destruí lo único real que tuve en la vida por pura cobardía y por el maldito miedo a no encajar. No te pido que me perdones hoy, ni mañana. Solo te pido... que me dejes demostrarte que el idiota que te lastimó ya no existe.

Me quedé en silencio. El aire enrarecido del salón de baile parecía quemarme la garganta. Parte de mí quería gritarle, exigirle que se fuera, abofetearlo con la misma fuerza con la que él había pisoteado mi dignidad en aquel pasillo. Pero la otra parte, esa mezcla viscosa de amor residual y rabia contenida, me susurraba que lo estaba disfrutando demasiado. Verlo suplicar, ver al chico intocable reducido a cenizas por mi culpa, era un banquete servido para mi ego herido.

-Guarda tus discursos teatrales para alguien que esté dispuesto a creérselos, Nolan -le solté con una dureza implacable, dándole la espalda con total elegancia y ajustando el dobladillo de mi vestido azul noche-. La función se acabó. Y en mi imperio, los bufones como tú ya no tienen espacio.




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