Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 22

El peso de la corona y la trampa del perdón
Mara

La gala de presentación continuaba su curso entre risas fingidas, aplausos vacíos y copas de champaña que parecían no agotarse nunca. Mi padre me había arrastrado de un extremo a otro del salón para presentarme ante los directivos de las corporaciones asociadas y los decanos de las facultades más prestigiosas del país. Todos sonreían, todos asentían con reverencia, todos competían por capturar mi atención y ganar el favor de la heredera del imperio financiero Vance.

Y, sin embargo, a pesar de estar rodeada de poder absoluto, me sentía asfixiada.
Cada vez que cruzaba la mirada con el extremo opuesto del salón, ahí estaba él. Nolan seguía plantado cerca de la columna de mármol donde lo había dejado, con la copa de champaña intacta en la mano y los ojos fijos en mí con una mezcla de devoción y sufrimiento que empezaba a resultar insoportable. No se había acercado a nadie más en toda la noche; no había bromeado con Brad ni había buscado la aprobación de Jessica, quien lo miraba desde lejos con una mezcla de furia y desconcierto. Él solo estaba allí, convertido en una estatua de culpa, recordándome que por mucho dinero, poder y títulos nobiliarios académicos que poseyera, mi mente seguía envenenada por el eco de su traición.

Hay dos cosas que me molestan en la vida: la gente que se cree superior y humilla a los demás, y la gente cínica.

Yo me había convertido en la primera. Desde mi pedestal de heredera intocable, estaba disfrutando humillarlo, devolviéndole cada onza de dolor con el látigo de mi desprecio. Y eso, muy en el fondo, me hacía sentir sucia. Me convertía en alguien tan mezquino como él lo había sido el día de la apuesta.

-Te noto distraída, hija -la voz de mi padre irrumpió en mis pensamientos mientras me entregaba una nueva copa de agua con gas-. Has estado mirando hacia la zona de los estudiantes durante toda la noche. ¿Hay algún problema con alguno de los becados? Si alguien te molesta, solo tienes que dar una orden y mañana mismo estarán fuera de la institución.

Miré a mi padre, cuyos ojos reflejaban una protección feroz pero también esa desconexión fría con los sentimientos reales que caracterizaba a los grandes magnates de los negocios. Negué lentamente con la cabeza, esbozando una sonrisa ensayada.

-No hay ningún problema, papá. Solo estoy... pensando en las estrategias para el próximo semestre en la facultad de artes -mentí con soltura, apartando la vista de Nolan.

-Me parece perfecto. Tienes el control absoluto de este lugar, Mara. Nunca lo olvides. No permitas que nadie vuelva a pisotearte -sentenció mi padre antes de perderse de nuevo entre un grupo de inversores extranjeros.
Me dolía verlo así. Me dolía tanto como me alegraba. Esa dualidad era una tortura psicológica de la que no sabía cómo escapar. Verlo destruido confirmaba que mi dolor no había sido en vano, que él también había pagado el precio de su arrogancia. Pero ver que su arrepentimiento parecía tan genuino, tan desprovisto de las máscaras de antaño, hacía que las defensas de hielo que había construido con tanto esmero en Florencia comenzaran a agrietarse por las costuras.

Decidí salir al balcón principal para escapar del calor sofocante del salón y del peso insoportable de tantas miradas interesadas.
Empujué la puerta de vidrio y salí a la terraza exterior. El aire fresco de la noche nocturna me golpeó el rostro de inmediato, sacudiendo mis rizos cortos y aliviando el fuego que sentía en las sienes. Me recosté contra la barandilla de piedra, mirando hacia los jardines oscuros del campus iluminados por la luz tenue de las farolas.

-Sabía que estarías aquí -resonó una voz baja y ronca a mis espaldas, haciéndome dar un respingo involuntario.

Cerré los ojos con fuerza, maldiciendo en silencio mi falta de precaución. Giré lentamente la cabeza para encontrarme a Nolan de pie en el umbral de la puerta del balcón. Se había quitado la pajarita del smoking y tenía los primeros botones de la camisa blanca desabrochados, dándole un aspecto más vulnerable, menos imponente, más humano.

-Este es un sector privado para los organizadores y la junta directiva, Vance -le solté con un tono cortante, intentando recuperar mi coraza de hielo antes de que pudiera acercarse-. Te sugiero que regreses al salón antes de que llame a seguridad para que te escolten fuera de la propiedad.

Nolan no se movió de su sitio. Al contrario, dio dos pasos lentos hacia adelante, manteniendo una distancia respetuosa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y una sonrisa triste dibujada en los labios.

-Puedes llamar a seguridad si quieres, Mara. Puedes despedirme de la universidad, puedes quitarme la beca deportiva, puedes arruinar mi futuro académico por completo... no voy a oponerme a nada de lo que decidas hacer -dijo Nolan con una calma pasmosa, clavando sus ojos avellana en los míos con una intensidad que me cortó la respiración-. Tienes todo el derecho del mundo a destruirme. Soy el idiota que te rompió el corazón por quinientos dólares y por el miedo estúpido a encajar.

Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me secaba.

-¿A qué juegas ahora, Nolan? -le espeté, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento defensivo-. ¿A dar lástima? ¿A ver si con un par de discursos lacrimógenos logro perdonarte y olvidarme de que apostaste con tus amigos el día en que te entregué mi confianza? No soy la misma ingenua que se tropezaba en los adoquines, ¿sabes? Ya no caigo en tus trampas.

-No es ninguna trampa, Mara -respondió él, y por primera vez vi que una lágrima solitaria se deslizaba por su mejilla sin que intentara ocultarla-. No busco tu lástima. Busco tu perdón, aunque sé perfectamente que no lo merezco. Durante estos tres meses en Florencia, cada maldito día he deseado regresar el tiempo, borrar cada estupidez que salió de mi boca, y pararme frente a ti para decirte la única verdad que importa: me enamoré de ti de verdad. La apuesta fue la peor decisión de mi vida; tú fuiste lo único real que me pasó en los pasillos de esta universidad.




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