Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 30

El peso de las herramientas y el polvo del pasado
Nolan
El servicio comunitario asignado por Mara no fue una broma administrativa ni un castigo simbólico para calmar a las apariencias. Durante las siguientes dos semanas, mis tardes de entrenamiento de fútbol y fiestas en la fraternidad se transformaron radicalmente en jornadas exhaustivas de limpieza, reparaciones en los laboratorios de química y asistencia obligatoria en el taller de mantenimiento del sótano del campus.

Esa tarde me tocaba limpiar los antiguos almacenes de la facultad de artes, un espacio polvoriento lleno de caballetes viejos, lienzos arruinados y cajas apiladas hasta el techo. Llevaba una camiseta vieja de algodón empapada en sudor, los brazos manchados de polvo y pintura seca, y las manos adoloridas de tanto cargar mobiliario pesado.

La puerta del almacén se abrió con un leve crujido. Levanté la vista y vi a Mara parada en el umbral, cruzada de brazos, observándome con una taza de café humeante en la mano. Su impecable vestido blanco contrastaba de forma brutal con la suciedad del lugar.

-Vaya, el flamante capitán del equipo parece más un peón de obra que un estudiante universitario -comentó con su habitual tono cínico, aunque había una ligera chispa de diversión disimulada en su voz.

Me pasé el antebrazo por la frente para limpiarme el sudor, apoyándome en la escoba con una sonrisa cansada pero sincera.

-Si vienes a inspeccionar el trabajo, te informo que el sector norte ya está impecable. Y si vienes a burlarte, te diré que tienes razón, me lo merezco todo -respondí sin pizca de arrogancia, un cambio radical respecto al chico que solía contestar con insultos y desplantes hace unos meses.

Mara caminó lentamente entre las cajas, esquivando el polvo con elegancia milimétrica, hasta detenerse a un par de metros de mí. Se quedó observando mis manos enrojecidas y las marcas de esfuerzo en mi rostro.

-No vine a burlarme, Nolan. Vine a ver si era verdad lo que me dijeron los encargados de mantenimiento: que habías estado cargando cajas pesadas durante cuatro horas sin quejarte ni una sola vez, cuando podías haber pagado a cualquier estudiante para que lo hiciera por ti.
-No quería que nadie más lo hiciera por mí. Este es mi castigo, Mara. Y cada caja que muevo es un recordativo físico de lo estúpido que fui al tratarte como lo hice -dije bajando la vista un instante, sintiendo el peso real de mis palabras.
Mara guardó silencio durante unos segundos largos. Extendió la mano y me ofreció la taza de café que traía.

-Tómalo. Está tibio todavía -dijo en voz baja, perdiendo un poco de esa coraza de hielo que tanto me costaba atravesar-. La tercera prueba será mañana por la mañana. No llegues tarde.
Me quedé con la taza en las manos, viendo cómo se alejaba con pasos firmes entre el polvo del almacén, sintiendo que por primera vez en mucho tiempo, el muro entre nosotros se había agrietado un poquito más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.