La prueba del fuego en el consejo estudiantil
Nolan
La segunda prueba de Mara no tardó ni veinticuatro horas en manifestarse. Esa misma tarde, recibí una notificación oficial del decanato: se me convocaba de manera obligatoria a una sesión extraordinaria del comité de disciplina y ética estudiantil. El motivo formal era revisar mi expediente académico y las sanciones pendientes por mi comportamiento pasado en el equipo de fútbol.
Cuando entré a la sala de juntas, el ambiente era denso. Alrededor de la larga mesa de roble estaban sentados los profesores más estrictos de la universidad y, presidiendo la cabecera con una postura impecable y una elegancia gélida, se encontraba Mara. No vestía como una estudiante; su traje sastre gris plomo y sus gafas oscuras la hacían parecer una jueza implacable dispuesta a dictar sentencia capital.
-Tome asiento, capitán Vance -dijo Mara, utilizando mi antiguo título con un tono de sarcasmo sutil que hizo que los profesores contuvieran la respiración-. Estamos aquí para evaluar si su conducta en esta institución amerita su expulsión definitiva o si, por el contrario, merece conservar su permanencia bajo un régimen de supervisión estricta de cero tolerancia.
Los miembros del comité comenzaron a lanzar preguntas duras sobre mis faltas anteriores, sobre los incidentes en los vestidores y sobre las burlas dirigidas a los alumnos becados. Cada palabra era un recordatorio vergonzoso de la basura que había sido. Quise defenderme en varias ocasiones, justificarme diciendo que había cambiado, pero recordé la mirada de advertencia de Mara y guardé silencio, tragándome la bilis.
-¿Tiene algo que decir en su defensa antes de que votemos su expulsión, joven Vance? -preguntó el decano principal, mirándome por encima de sus gafas con desprecio.
Miré directamente a Mara. Sus ojos avellana me sostenían con una intensidad fría, retándome a mostrar mi verdadero carácter. ¿Explotaría mi orgullo de ex capitán? ¿Me pondría a la defensiva como solía hacerlo antes?
-No tengo excusas, señor decano -respondí con voz clara, firme y sin vacilaciones, mirando a los ojos a todo el comité-. Fui un cobarde arrogante que creía que el valor de las personas se medía por una cuenta bancaria o por un apellido popular. Hice daño deliberadamente y me avergüenzo de cada segundo de ello. Si el comité decide expulsarme, aceptaré la consecuencia con la frente en alta porque es lo que merezco. Pero si decido quedarme, les juro que voy a dedicar cada día de mi vida a reparar el daño que causé, empezando por esta universidad.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Nadie esperaba una rendición tan absoluta y desprovista de soberbia.
Mara se quedó mirándome durante unos segundos que parecieron eternos. Un destello indescifrable cruzó por su mirada antes de que levantara la mano para detener la votación del decano.
-La expulsión queda suspendida bajo prueba condicional de seis meses -sentenció Mara con voz firme, dictando su propia ley-. El estudiante Vance cumplirá horas de servicio comunitario obligatorio en el área de mantenimiento y tutorías académicas bajo mi supervisión directa. Está despedido de esta sesión.
Salí de la sala con el corazón latiendo a mil por hora, sabiendo que acababa de pasar el segundo filtro, pero que el verdadero infierno personal apenas comenzaba.