Gane y perdí la apuesta?

Extra 5

El nacimiento de Amelia y el inicio de nuestro paraíso

Las manecillas del reloj en la sala de espera del hospital privado parecían haberse congelado. Llevaba horas caminando de un lado a otro sobre el piso de baldosas blancas, con las manos apretadas en puños y el pecho oprimido por una mezcla de nervios, ansiedad y una ilusión infinita. Cada segundo que pasaba se sentía como una eternidad, hasta que finalmente la puerta del quirófano se abrió y el médico obstetra salió con una sonrisa cansada pero luminosa bajo su mascarilla.

-Todo ha salido perfecto, papá. Las dos están en perfecto estado. Puede pasar a verlas -dijo el doctor.

Sentí que el alma volvía a mi cuerpo de golpe. Entré casi corriendo a la habitación de recuperación. Allí estaba Mara, recostada en la camilla, pálida pero con una sonrisa radiante y celestial en el rostro, sosteniendo contra su pecho un pequeño bultito envuelto en una mantilla rosa pastel.

Me acerqué con pasos lentos, con la garganta completamente cerrada por el nudo de la emoción. Me arrodillé junto a la camilla, mirando con una devoción absoluta el diminuto rostro arrugado, los cabellos oscuros y los pequeños labios de nuestra hija.

-Hola, Amelia... -susurró Mara con voz suave, inclinándose un poco para que pudiera verla mejor-. Conoce a papá.

Estiré los brazos con sumo cuidado, temblando como si sostuviera el objeto más frágil y valioso del universo, y recibí a la pequeña en mis brazos. Amelia abrió lentamente unos ojitos oscuros e inquisitivos, bostezó con total inocencia y apretó uno de mis dedos con su diminuta manita.
Una lágrima silenciosa rodó por mi mejilla, cayendo sobre la mantilla. Levanté la vista para encontrarme con los ojos de Mara, que me miraban con el mismo amor profundo e inquebrantable que nos había salvado de todas las cenizas del pasado.

-Es perfecta, Mara... es exactamente igual a ti -dije con la voz quebrada de felicidad.

Mara se inclinó y apoyó su cabeza contra mi hombro, mientras yo sostenía a nuestra hija con el brazo firme y seguro que ella misma me había enseñado a construir. El juego de las mentiras había quedado enterrado para siempre en los pasillos de aquella lejana universidad; lo que teníamos ahora era un imperio de verdad, construido con pruebas superadas, cicatrices sanadas y un amor tan eterno como nuestra propia historia.




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