Las reuniones con los ministros eran sumamente extensas. Me encantaba cuando se trataba de nuevos planos para un hospital o de un nuevo decreto para ayudar a la población. Sin embargo, las reuniones parecían interminables cuando se trataba otros temas que rara vez sacaban algo nuevo para el reino, muchas veces solo eran inconformidades de la población.
—Majestad, se acerca la epifanía y nos preguntamos cómo piensa celebrarla —inquirió a mi lado Derek y sonreí ante su intervención. Al fin algo interesante que discutir.
Apenas había comenzado enero, pero en muy pocos días sería epifanía y como todos los años, quería que se celebrara por todo lo alto.
—Creo que estaría bien si hacemos el desfile de cada año —contesté mirando a los ministros y duques de cada provincia, que me escuchaban expectantes—. Sin embargo, me gustaría agregar algo más este año. Quiero que todos los orfanatos reciban regalos. No que financiemos para que ellos los compren, sino que los compremos nosotros.
Muchos de los presentes hicieron muecas de desagrado, solo Derek parecía fascinado con la idea. Sabía cuánto él y mi esposo amaban a esos niños y aunque William estaba en un viaje diplomático, sabía que me apoyaba con esto. En navidad había tenido aquella visión, pero servicios sociales nos había pedido financiamiento para arreglar las calefacciones de los centros. Quería que esta vez los niños tuvieran buenos regalos, que pudieran disfrutarlos como niños.
—Los duques de cada provincia estarán a cargo y yo seguiré todos los procedimientos —añadí dirigiendo mi mirada hacia los aludidos para dejar en claro que no permitiría errores. Todos asintieron, así que me puse en pie—. Bien, caballeros, terminamos con nuestra reunión —anuncié antes de tomar el camino hacia la salida.
—Majestad, estuvo genial allí adentro —anunció Lionel cuando salí de la sala de reuniones—. Gracias —añadí extendiendo mi mano hacia él, quien enseguida me dió una botella con agua.
Estaba sedienta, había sido demasiado tiempo discutiendo con los ministros y los duques. Lo único bueno del gabinete era Derek, desde que había sido nombrado como primer ministro las comunicaciones habían fluido mucho mejor entre la corona y los distintos ministerios. Habían pasado cinco años desde mi coronación, pero aún seguía encontrándome personas que no me aceptaban, en especial dentro del palacio. William y yo habíamos hablado muchas veces de ello y habíamos decidido que no haríamos caso a las críticas que no nos aportaran.
—¿Qué sigue ahora? —inquirí girandome hacia mi secretario.
Lionel sacó su tableta de su maleta y revisó. Sus ojos se abrieron de par en par y a continuación los levantó hacia mí.
—No tiene nada hasta dentro de una hora —declaro aún consternado.
Comprendía demasiado su asombro, porque yo también estaba sorprendida. No había mucho tiempo libre desde que me había casado con William y no estar en movimiento hacia otra reunión se sentía extraño.
—Si desea que adelante...
—No es necesario, Lionel, gracias —interrumpí su sugerencia levantando mi mano para que callara—. Estaré en mi habitación. Por favor, pasa a buscarme 20 minutos antes de la próxima reunión.
Mi asistente asintió y a continuación seguí caminando para dirigirme a mi habitación. Si podía tener un tiempo de descanso para ayudarme con las náuseas que tenía, lo aprovecharía.
Al entrar en mi cuarto me lancé sobre la mullida cama. La espalda me dolía a mares como si hubiera cargado un gran peso por días. Llevé mi mano hacia mi vientre y sonreí.
—Al fin tenemos un momento para nosotros solos, bebe —susurré mientras acariciaba mi vientre algo abultado.
Cuando semanas antes había descubierto mi embarazo, casi me había vuelto loca. Apenas tenía 26 años, sin embargo, pronto había comenzado a gustarme la idea de un hijo, y ahora lo esperaba con ansias. William, por otro lado, se había emocionado muchísimo, era la primera vez que lo veía nervioso y sin saber qué hacer. Derek le había gastado más de una broma debido a su reacción.
Me quedé dormida y solo me di cuenta cuando oí el sonido de la puerta cerrarse. Era muy extraño porque no recordaba en qué instante había cerrado los ojos, aunque era algo que me pasaba últimamente con el embarazo.
Me reincorporé mientras abría los ojos del todo y por un instante creí estar bien un espejismo.
—¿William? —inquirí poniéndome en pie, no muy segura de que el hombre que tenía en frente fuera la realidad.
—No piensas saludarme, amor —dijo dando algunos pasos hacia mí.
El olor a vainilla me envolvió y supe que no estaba soñando. Así que, enseguida acorté la distancia que nos separaba y me abracé a él. Cerré los ojos mientras aspiraba el aroma de su piel. Lo había extrañado demasiado.
—¿Qué haces aquí? —susurré mientras me separaba un poco de él para poder mirar su rostro, pero no demasiado, pues una de sus manos se encontraba en mi cintura.
William me sonrió, me miró a los ojos con profunda pasión, antes de inclinarse y depositar un beso en mis labios. Un beso que me supo a gloria, un manantial en medio del desierto. Habían sido dos semanas sin vernos y estar junto a él nuevamente era como volver a respirar.
—Te extrañaba —respondió William en un murmullo, antes de dejar otro beso sobre mi boca, este fue más corto—. Adelanté todo mi trabajo para estar aquí. Además mañana es tu consulta con la doctora —agregó pasando una de sus manos por mi vientre.
Yo puse mi mano sobre la suya y sonreí. Aún no podía creer que vida crecía en mi interior.
******
—Buenos días, majestades —saludó la doctora cuando entramos en la consulta haciendo una reverencia— ¿Cómo se encuentra, majestad? —inquirió la doctora dirigiéndose a mí.
Me quité el abrigo para acostarme en la camilla y respondí:
—Bastante bien, fuera de los dolores lumbares y las náuseas.
—Tranquila, majestad, es algo normal como ya le expliqué —Asentí con la cabeza. Ya me lo había dicho varias veces—. Bien, veamos a nuestro futuro príncipe o princesa —agregó con una sonrisa.