La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 2 — El desconocido del parque

El lunes por la mañana, Adrián Montenegro regresó a la realidad.

A las siete en punto estaba sentado en la parte trasera de su automóvil, revisando documentos mientras su chofer avanzaba por las calles de la ciudad.

—¿Cuántas reuniones tengo hoy? —preguntó sin apartar la mirada de la tableta.

—Seis, señor Montenegro. La primera es a las ocho con el consejo directivo.

Adrián asintió.

—Cancela la última.

El chofer lo miró por el espejo retrovisor.

—¿Tiene algún compromiso?

—Sí.

—¿Importante?

Adrián levantó la mirada.

—Muy.

El chofer no preguntó más.

Después de tantos años trabajando para él, había aprendido que cuando Adrián decía que algo era importante, no convenía hacer preguntas.

Lo que nadie sabía era que aquel compromiso no tenía nada que ver con una empresa, una negociación millonaria o una reunión internacional.

Tenía seis años, cabello despeinado y una enorme capacidad para hacer preguntas incómodas.

Mateo.

Adrián miró la hora.

Aún faltaban varios minutos para llegar a la empresa.

Sin embargo, su mente seguía en el parque.

En aquella joven.

Valentina.

No sabía por qué había pensado en ella toda la noche.

Había conocido a cientos de personas.

Mujeres hermosas.

Mujeres inteligentes.

Mujeres pertenecientes a familias poderosas.

Incluso algunas que habían hecho todo lo posible por llamar su atención.

Pero ninguna había conseguido quedarse en sus pensamientos después de una conversación tan sencilla.

Valentina no sabía quién era.

Eso era lo extraño.

No había cambiado su actitud al descubrir que él era un hombre rico.

Porque no lo sabía.

Y Adrián, por alguna razón, había disfrutado de esa sensación.

Con ella no era "Adrián Montenegro, presidente de Grupo Montenegro".

Era simplemente Adrián.

Un padre que había ido al parque con su hijo.

Una persona normal.

O al menos eso había sentido durante unas horas.

—¿Señor?

La voz del chofer lo sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?

—Hemos llegado.

Adrián miró por la ventana.

El enorme edificio de cristal de Grupo Montenegro se levantaba frente a él.

Su mundo habitual.

Seriedad.

Dinero.

Responsabilidades.

Poder.

Bajó del automóvil y entró al edificio.

En cuanto atravesó las puertas, varios empleados lo saludaron.

—Buenos días, señor Montenegro.

—Buenos días.

—Buenos días, señor.

Adrián caminó hacia el ascensor privado.

Las puertas se cerraron.

Y entonces sonrió ligeramente.

Recordó a Mateo diciéndole que Valentina no importaba.

"Todavía."

—Ese niño ve demasiadas películas —murmuró.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Valentina Cruz estaba sentada frente a un espejo.

Una maquillista intentaba convencerla de que necesitaba más maquillaje.

—Valentina, tienes una entrevista en veinte minutos.

—Lo sé.

—Entonces déjame terminar.

—No necesito tanto.

—Eres una de las cantantes más famosas del país.

Valentina puso los ojos en blanco.

—Eso no significa que tenga que parecer un payaso.

La maquillista soltó una carcajada.

—¿Sabes que cualquier otra mujer estaría encantada con todo esto?

Valentina observó su reflejo.

El vestido elegante.

Las joyas.

El maquillaje.

El peinado perfecto.

Todo aquello era parte de su trabajo.

Pero cuando terminara la entrevista, se quitaría los tacones, se pondría unos tenis y regresaría a casa.

A su casa.

La que compartía con su madre y su hermano.

Un hogar bonito, sí, pero sencillo.

Sin mansiones.

Sin guardaespaldas recorriendo los pasillos.

Sin automóviles de lujo estacionados en la entrada.

Valentina podía permitirse todo eso.

Pero no lo necesitaba.

Había aprendido demasiado pronto que el dinero podía solucionar muchos problemas, pero no podía comprar tranquilidad.

Ni cariño.

Ni una familia.

Y mucho menos podía cambiar el pasado.

—¿En qué estás pensando? —preguntó su representante.

—En nada.

—Estás sonriendo.

Valentina se sorprendió.

—¿Yo?

—Sí.

—Debe ser porque dormí bien.

Su representante soltó una carcajada.

—Dormiste cuatro horas.

Valentina se quedó callada.

No quería admitir que llevaba parte de la noche pensando en el padre del niño del parque.

Adrián.

Recordaba su mirada.

Su voz.

La manera en que hablaba de Mateo.

Y, sobre todo, aquella pequeña sonrisa que había intentado esconder cuando su hijo comenzó a hacer bromas.

No sabía por qué, pero quería volver a verlo.

—¿Valentina?

—¿Qué?

—Te pregunté si estás lista.

—Sí.

—Entonces vamos.

La entrevista comenzó diez minutos después.

La conductora sonrió frente a las cámaras.

—Hoy tenemos con nosotros a una de las artistas más queridas del país. Una mujer que ha logrado conquistar los escenarios con su talento y, sobre todo, con su historia de esfuerzo.

Valentina sonrió.

—Gracias.

—Has hablado muchas veces de tu familia. ¿Qué significa para ti el éxito?

Valentina no dudó.

—Poder darle a mi madre y a mi hermano una vida tranquila.

La conductora asintió.

—¿Y qué haces con todo el dinero que has ganado?

Valentina sonrió.

—Vivir.

—¿Solo eso?

—Sí.

La conductora rio.

—Eres una de las pocas artistas que no presume lujos.

—Porque no los necesito.

—¿Ni mansión?

—No.

—¿Ni autos deportivos?

—Prefiero un automóvil cómodo.

—¿Joyas?

Valentina miró los pendientes que llevaba.

—Estas son del trabajo.

Todos rieron.

—Entonces eres bastante sencilla.

—Me gusta serlo.




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