La amenaza había cambiado las reglas.
Durante años, Valentina había vivido intentando escapar de las decisiones que otros tomaban por ella.
Su padre había decidido marcharse.
Su madre había decidido callar ciertas cosas para protegerla.
Su abuelo había decidido mantenerse lejos.
Esteban había decidido qué verdades revelar.
Y ahora alguien pretendía decidir con quién debía estar.
Pero aquella vez sería diferente.
Valentina estaba cansada de huir.
Y Adrián también.
—Vamos a enfrentarlos —dijo ella.
Adrián la observó.
—Juntos.
—Juntos.
Él tomó su mano.
—Pero primero tenemos que asegurarnos de que Mateo esté protegido.
Valentina asintió.
—Y mi familia.
—También.
—¿Crees que podamos hacerlo sin convertir nuestra vida en una película de espías?
Adrián sonrió.
—Conociendo a nuestras familias, lo dudo.
Valentina soltó una carcajada.
—Tienes razón.
La primera reunión familiar terminó siendo mucho menos seria de lo que Adrián había imaginado.
Estaban Elena, el hermano de Valentina, el abuelo Héctor, la madre de Adrián, el abogado y, por supuesto, Mateo.
Todos estaban alrededor de la mesa.
Adrián explicó la amenaza.
—Quieren que terminemos nuestra relación.
El hermano de Valentina cruzó los brazos.
—Pues llegaron tarde.
—¿Por qué? —preguntó Adrián.
—Porque ella ya está enamorada de ti.
Valentina se puso roja.
—Gracias por anunciarlo.
—De nada.
Mateo levantó la mano.
—Yo también tengo una idea.
Adrián lo miró.
—No.
—Ni siquiera la he dicho.
—Te conozco.
Mateo infló las mejillas.
—Es una buena idea.
—Eso es lo que me preocupa.
El niño sacó una hoja de papel.
—Necesitamos casarnos.
Todos quedaron en silencio.
Valentina abrió los ojos.
—Mateo...
—Escuchen primero.
El niño colocó la hoja sobre la mesa.
Había un dibujo.
Dos figuras tomadas de la mano.
Una más pequeña al centro.
Arriba había escrito, con letras torcidas:
“MI FAMILIA.”
Elena sonrió.
—Es precioso.
Mateo continuó:
—Si ustedes se casan, nadie puede separarlos.
El abogado carraspeó.
—Eso no funciona exactamente así.
Mateo lo miró.
—¿Entonces para qué sirven las bodas?
El abogado se quedó callado.
La madre de Adrián comenzó a reír.
—Creo que acabas de perder una discusión contra un niño de seis años.
—Eso parece.
Mateo volvió a mirar a Adrián.
—Papá.
—¿Sí?
—Tienes que casarte con Valentina.
—Ya entendí.
—¿Cuándo?
Adrián miró a Valentina.
Ella intentó contener la sonrisa.
—No lo sé.
Mateo suspiró.
—Los adultos tardan demasiado.
Aquella noche, Mateo entró en la habitación de su abuela.
Llevaba una mochila.
—Necesito ayuda.
Ella lo miró.
—¿Para qué?
—Para una misión.
—Eso suena peligroso.
—No.
—¿Entonces?
Mateo abrió la mochila.
Había papel, lápices, cinta adhesiva, unas tijeras y varios caramelos.
—Voy a hacer que papá se case con Valentina.
La mujer soltó una carcajada.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
Mateo respondió con absoluta seriedad:
—Con un plan.
El plan comenzó al día siguiente.
Mateo dibujó una lista.
PLAN PARA QUE PAPÁ SE CASE CON VALE
Mateo leyó la lista.
—Perfecto.
Su abuela miró el papel.
—¿Y cómo vas a conseguir todo?
Mateo pensó.
—Tengo dinero.
Sacó tres monedas de su bolsillo.
La mujer lo miró.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—No alcanza para una boda.
Mateo frunció el ceño.
—Entonces usamos el dinero de papá.
—Eso es robar.
Mateo abrió los ojos.
—Entonces usamos su tarjeta.
Su abuela soltó una carcajada.
—Tampoco.
—Los adultos tienen demasiadas reglas.
Mientras Mateo organizaba su pequeña conspiración, Adrián estaba ocupado con algo mucho más serio.
Su abogado había descubierto una conexión entre Esteban y varias empresas que habían desaparecido durante los últimos años.
—Mira esto.
Adrián revisó los documentos.
—¿Qué es?
—Empresas intermediarias.
—¿Para qué?
—Para mover dinero.
Adrián frunció el ceño.
—¿Cuánto?
El abogado le mostró las cifras.
—Muchísimo.
—¿Y dónde termina?
—En una empresa extranjera.
—¿A nombre de quién?
El abogado hizo una pausa.
—No está directamente a nombre de nadie.
—Entonces busca al beneficiario real.
—Ya lo hice.
Adrián levantó la mirada.
—¿Y?
—El beneficiario aparece oculto detrás de varias sociedades.
—¿Nombre?
El abogado deslizó una hoja.
Adrián la tomó.
Y se quedó inmóvil.
—No puede ser.
—Eso pensé.
En la hoja aparecía un nombre.
Héctor Cruz.
Adrián negó.
—Esto no tiene sentido.
—Exactamente.
—Héctor no tiene relación con esas empresas.
—Eso es lo que necesitamos descubrir.
Esa tarde, Adrián se reunió con Héctor.
—Quiero preguntarte algo.
—Adelante.
Adrián puso los documentos sobre la mesa.
Héctor los observó.
Su rostro cambió.
—¿Dónde encontraste esto?
—En registros empresariales.
Héctor se quedó en silencio.
—¿Son tuyas esas empresas?
—No.
—Entonces alguien las está usando con tu nombre.
Héctor cerró los ojos.
—No.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—No están usando mi nombre.