El anillo brillaba en la mano de Valentina.
Cada vez que lo miraba, una sonrisa aparecía en su rostro.
No podía creerlo.
Después de todo lo que habían vivido, después de las amenazas, los secretos, las separaciones y el miedo, finalmente había algo que no estaba relacionado con su pasado.
Algo que pertenecía únicamente a ellos.
Su futuro.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta? —preguntó Valentina mientras caminaban por el parque.
Adrián la miró.
—¿El anillo?
—No.
—¿El pastel?
—Tampoco.
—¿Mateo?
—Siempre.
Adrián sonrió.
—Entonces, ¿qué?
Valentina levantó la mano.
—Que no me lo diste en una mansión, ni en un restaurante de lujo, ni frente a cientos de personas.
Miró alrededor.
—Fue aquí.
Adrián tomó su mano.
—Porque aquí te conocí.
—Y porque aquí aprendí que no eras el hombre que imaginaba.
—¿Qué imaginabas?
—Un hombre arrogante, presumido y acostumbrado a conseguir todo lo que quiere.
Adrián levantó una ceja.
—¿Y ahora qué piensas?
Valentina sonrió.
—Que eres arrogante algunas veces.
—Gracias.
—Presumido muy poco.
—Eso mejora.
—Y cuando quieres algo, eres bastante terco.
—Eso ya lo sabías.
—Pero también eres el hombre que me enseñó que el dinero no define a una persona.
Adrián la miró en silencio.
—Te amo.
Valentina se acercó y lo besó.
Esta vez no había miedo.
No había secretos.
Solo ellos.
—¡No se pueden besar tanto!
La voz de Mateo los hizo separarse.
Valentina comenzó a reír.
—¿Desde cuándo estás ahí?
—Desde hace mucho.
Adrián lo miró.
—¿Nos estabas espiando?
—No.
Mateo hizo una pausa.
—Estaba vigilando.
—¿La diferencia?
—Que es por una buena causa.
Adrián suspiró.
—¿Y cuál es esa causa?
—Que no arruinen mi boda.
Valentina soltó una carcajada.
—¿Tu boda?
—Sí.
—Pero quienes se van a casar somos nosotros.
Mateo se encogió de hombros.
—Yo también estoy involucrado.
Adrián lo tomó de la mano.
—Ven acá, pequeño organizador.
Mateo salió corriendo.
—¡No me atrapas!
Adrián fue detrás de él.
Valentina observó la escena sonriendo.
Y pensó que quizá eso era la felicidad.
No la perfección.
No una vida sin problemas.
Sino tener personas con quienes reír después de haber llorado.
Esa noche, sin embargo, la felicidad recibió un golpe.
Valentina estaba en casa con Elena cuando llegó un sobre.
No tenía remitente.
Elena lo vio.
—No lo abras.
Valentina lo sostuvo.
—Tengo que saber qué contiene.
—Puede ser otra amenaza.
—Entonces debemos saberlo.
Abrió el sobre.
Dentro había una fotografía antigua.
Julián.
Esteban.
Héctor.
Y un cuarto hombre.
Valentina lo reconoció.
Era su padrino.
Pero había algo más.
Una fecha.
Y una dirección.
Debajo aparecía una frase:
«Pregúntale a tu madre qué ocurrió esa noche.»
Valentina miró a Elena.
—Mamá.
Elena palideció.
—No.
—¿Qué ocurrió?
—Valentina...
—¿Qué ocurrió esa noche?
Elena comenzó a llorar.
—Tu padre regresó a casa.
—¿Cuándo?
—La noche antes de marcharse.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Y qué pasó?
Elena cerró los ojos.
—Discutimos.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Sobre mí?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Elena tardó en responder.
—Dijo que tenía que desaparecer.
—¿Y tú?
—Le dije que no podía abandonarnos.
—¿Qué respondió?
Elena tomó aire.
—Que si se quedaba, tú morirías.
Valentina sintió que el mundo se detenía.
Mientras tanto, Adrián estaba en su oficina.
Su abogado había encontrado algo más.
—Tenemos una grabación.
Adrián levantó la mirada.
—¿De qué?
—De la noche en que Julián desapareció.
—¿Cómo?
—Estaba guardada en un archivo antiguo.
Adrián reprodujo el audio.
Se escuchó una voz.
La de Julián.
«No voy a permitir que le hagan daño.»
Después apareció otra voz.
Una voz desconocida.
«Entonces desaparecerás.»
Adrián se inclinó hacia el altavoz.
—¿Puedes identificarla?
El abogado negó.
—Todavía no.
La grabación continuó.
«Y si intentas volver...»
La voz hizo una pausa.
«...iremos por la niña.»
Adrián cerró los ojos.
Aquella amenaza había sido real.
Pero todavía faltaba una pieza.
¿Quién la había hecho?
Héctor llegó a la casa de Valentina esa misma noche.
Cuando vio la fotografía, su rostro cambió.
—¿Quién te dio esto?
—No lo sé.
Héctor tomó la fotografía.
—Esta imagen fue tomada esa noche.
—¿Qué noche?
—La noche en que Julián decidió irse.
Valentina lo miró.
—¿Tú estabas ahí?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Héctor bajó la mirada.
—Porque juré protegerte.
Valentina respiró profundamente.
—Quiero saberlo todo.
Héctor asintió.
—Entonces tendrás que saber algo que puede cambiar lo que piensas de tu padre.
—¿Qué?
—Julián no se marchó solo.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padrino lo ayudó.
—Eso ya lo sé.
—No.
Héctor negó.
—No entiendes.
—Explícame.
Héctor miró a Elena.
Ella asintió lentamente.
—Julián salió de casa esa noche para entregar algo.
—¿Qué?
—Un documento.
—¿A quién?
Héctor respondió:
—A Esteban.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Qué documento?