Adrián no pudo dormir aquella noche.
No porque tuviera problemas en la empresa.
No porque alguna negociación hubiera salido mal.
Ni siquiera por las noticias que seguían apareciendo en todos los medios.
La razón estaba mucho más cerca de lo que quería admitir.
Valentina.
Sus palabras seguían repitiéndose en su cabeza.
“Creo que ya estamos empezando a enamorarnos.”
Adrián permanecía sentado en el sillón de su habitación, mirando por la ventana.
Había pasado años construyendo una vida perfectamente controlada.
Sabía cuánto dinero tenía.
Sabía qué empresas comprar.
Qué contratos firmar.
Qué personas podían entrar en su círculo.
Y cuáles debían mantenerse lejos.
Pero no sabía qué hacer con una mujer que había conseguido entrar en su corazón sin pedir permiso.
—Esto es ridículo —murmuró.
Se levantó y caminó hacia la cocina.
Abrió el refrigerador.
Lo cerró.
Lo volvió a abrir.
—¿Qué buscas?
Adrián se giró.
Mateo estaba parado en la entrada, despeinado y medio dormido.
—¿Por qué estás despierto?
—Tengo sed.
—Hay agua.
Mateo tomó un vaso.
—Tú también tienes sed.
—No.
—Entonces tienes hambre.
—Tampoco.
Mateo bebió agua y lo observó.
—Estás pensando en Valentina.
Adrián suspiró.
—Vete a dormir.
—Es que cuando piensas en ella haces cara rara.
—¿Qué cara?
Mateo imitó una expresión exageradamente enamorada.
—Esa.
Adrián lo miró.
—Yo no hago esa cara.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Mateo.
—Papá.
Los dos se quedaron mirándose.
Finalmente, Adrián sonrió.
—¿Qué quieres?
—Que te cases con ella.
Adrián casi se atragantó.
—¡Mateo!
—¿Qué?
—¡No puedes hablar de matrimonio cada vez que conoces a una mujer!
—Pero ella es diferente.
Adrián se quedó callado.
Porque, en el fondo, sabía que su hijo tenía razón.
—Ve a dormir.
Mateo comenzó a caminar hacia su habitación.
Antes de desaparecer, volteó.
—Papá.
—¿Sí?
—No la dejes ir.
Adrián dejó de sonreír.
Mateo cerró la puerta.
Y aquellas cuatro palabras se quedaron con él.
No la dejes ir.
Al día siguiente, Adrián recibió una llamada que no quería contestar.
—Señor Montenegro, necesitamos hablar sobre las fotografías.
—Ya dije que no habrá comunicado.
—No se trata solamente de la relación.
—¿Entonces?
—Hay información sobre Valentina que podría salir a la luz.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué información?
—Su padre.
El empresario se quedó inmóvil.
—¿Qué tiene que ver su padre?
—Estamos investigando.
—Quiero saberlo antes que la prensa.
—Entendido.
La llamada terminó.
Adrián permaneció unos segundos mirando su teléfono.
No le gustaba la sensación.
Algo no estaba bien.
Mientras tanto, Valentina estaba en el estudio.
Tenía una sesión de grabación.
Pero no podía concentrarse.
—Otra vez —dijo el productor.
Valentina cerró los ojos.
Respiró.
Volvió a cantar.
Esta vez la canción salió perfecta.
—Eso fue excelente —dijo el productor.
Valentina se quitó los audífonos.
—Gracias.
—¿Te pasa algo?
—No.
El productor sonrió.
—Esa respuesta siempre significa que sí.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Estoy distraída.
—¿Por un hombre?
Ella levantó una ceja.
—¿Por qué todo el mundo piensa eso?
—Porque estás sonriendo más.
Valentina se quedó callada.
—No estoy sonriendo.
—Lo haces ahora mismo.
Ella se tocó los labios.
—Traicioneros.
El productor rio.
—Ve a verlo.
—No puedo.
—¿Por qué?
Valentina bajó la mirada.
—Porque somos demasiado diferentes.
—Eso no impide que dos personas se quieran.
Ella suspiró.
—El problema es que él tiene un mundo que yo no conozco.
—Y tú tienes un mundo que él tampoco conoce.
Valentina lo miró.
—Exactamente.
Esa tarde, Adrián llegó a la casa de Valentina.
Pero esta vez no llevaba a Mateo.
Valentina salió a recibirlo.
Al verlo, supo inmediatamente que algo no estaba bien.
—¿Qué pasó?
—Necesito hablar contigo.
—Eso nunca suena bien.
Adrián respiró profundamente.
—He estado pensando.
Valentina sintió un pequeño vacío en el estómago.
—¿En qué?
—En nosotros.
Ella bajó la mirada.
—Ah.
—Valentina...
—No necesitas explicarlo.
—Sí necesito.
—No.
Ella intentó sonreír.
—Sé cómo terminan estas historias.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué historias?
—Las de hombres como tú y mujeres como yo.
—¿Mujeres como tú?
—Famosas. Ricas. Expuestas. Con una familia que proteger.
Adrián dio un paso hacia ella.
—No estoy hablando de eso.
—Entonces, ¿de qué?
Él guardó silencio.
Porque decirlo era mucho más difícil de lo que había imaginado.
—Creo que deberíamos alejarnos un poco.
Valentina sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Solo temporalmente.
—¿Por qué?
—Porque todo está sucediendo demasiado rápido.
Ella se quedó mirándolo.
—Ayer me dijiste que querías averiguar hasta dónde podía llegar esto.
—Lo sé.
—Y también dijiste que tenías miedo de enamorarte de mí.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué cambió?
Adrián bajó la mirada.
—Nada.
—¿Nada?
—Precisamente ese es el problema.
Valentina sintió que los ojos comenzaban a arderle.
—No entiendo.
Adrián se acercó.
—Me estoy enamorando de ti.
Ella dejó de respirar.
—Y no sé si puedo permitir que eso termine lastimándote.