La mañana de la ecografía comenzó con una discusión.
—Yo voy a entrar primero —declaró Mateo, parado frente a la puerta de la habitación.
Adrián, que estaba intentando ponerse el reloj, lo miró.
—No puedes entrar primero. La cita es de tu mamá.
—Pero yo soy el hermano mayor.
—Eso no te convierte en médico.
—Todavía.
Valentina salió del baño con una sonrisa.
—Mateo, cariño, solo vamos a ver a los bebés.
El niño abrió los ojos.
—¿Verlos de verdad?
—Bueno... veremos sus imágenes en la pantalla.
Mateo frunció el ceño.
—¿Y por qué no podemos verlos directamente?
—Porque todavía están en mi barriga.
—Entonces abre un poquito.
Adrián se atragantó con el aire.
—¡Mateo!
—¿Qué? ¡Solo un poquito! No quiero que se asusten cuando salgan.
Valentina comenzó a reír.
—No funciona así, mi amor.
—Pues deberían inventar una puerta.
Desde la cocina apareció el hermano de Valentina, cargando una bolsa de pan.
—¿Ya están listos?
—Sí —respondió Valentina.
Él miró a Mateo.
—¿Y tú?
—Estoy preocupado.
—¿Por qué?
Mateo bajó la voz.
—Porque son tres bebés y solo tenemos un papá.
El hermano de Valentina se quedó pensativo.
—Eso es cierto.
Adrián lo miró con desconfianza.
—No empieces.
—Yo solo digo que, si los tres lloran al mismo tiempo, tendremos que contratar dos papás más.
—No se pueden contratar papás —dijo Mateo.
—¿Por qué?
—Porque papá es caro.
Adrián cerró los ojos.
—¿De dónde sacaste eso?
—De mamá. Ella dice que tú eres caro cuando compras cosas que nadie pidió.
Valentina se llevó una mano a la boca para no reír.
—Yo nunca dije eso.
—Lo dijiste cuando compró la máquina de hacer jugos.
—¡Era una buena máquina!
—Hace jugo de pepino —dijo Mateo—. Nadie quiere jugo de pepino.
La clínica estaba tranquila.
Demasiado tranquila para la familia Montenegro.
Adrián llevaba una carpeta con documentos, Valentina tenía su bolso y Mateo llevaba una mochila enorme.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Valentina.
—Cosas importantes.
Adrián abrió la mochila.
Dentro había tres juguetes, cuatro galletas, una linterna, un cuaderno, dos dinosaurios, una lupa y un pequeño megáfono.
—¿Para qué necesitas un megáfono? —preguntó Adrián.
—Para hablarles a los bebés.
—Puedes hablarles sin megáfono.
—No sabemos si escuchan bien.
El hermano de Valentina se inclinó hacia Mateo.
—Buena idea. También puedes llevarles un contrato.
—¿Para qué?
—Para que firmen que no van a llorar de noche.
Mateo sacó el cuaderno.
—¡Eso sí lo puedo hacer!
Valentina los miró a ambos.
—No les van a hacer firmar nada.
—Entonces no tendrán derechos —murmuró el hermano.
Adrián señaló la puerta del consultorio.
—Los dos se quedan callados durante la ecografía.
Mateo levantó la mano.
—¿Y si tengo una pregunta?
—La haces en voz baja.
—¿Y si es una pregunta muy importante?
—También.
—¿Y si es una emergencia?
—Mateo, no habrá emergencias.
El niño miró a su tío.
—Papá no entiende que los bebés son impredecibles.
—Eso es verdad —respondió el hermano de Valentina—. Y todavía ni siquiera pueden hablar.
Adrián suspiró.
—Estoy empezando a arrepentirme de haberlos traído.
La doctora los recibió con una sonrisa.
—Buenos días. ¿Listos para conocer a los pequeños?
Mateo se acercó inmediatamente.
—Sí, doctora. Pero necesito saber algo.
—Dime.
—¿Los tres están dentro de mi mamá al mismo tiempo?
Valentina cerró los ojos.
La doctora sonrió.
—Sí.
—¿Y no se pelean?
—Todavía son muy pequeños.
—Eso no responde mi pregunta.
El hermano de Valentina se sentó en una silla.
—Yo también quiero saber si ya tienen personalidad.
—Por supuesto que la tienen —dijo la doctora—. Pero tendremos que esperar para conocerlos mejor.
Mateo miró a Valentina.
—¿Y si uno es malo?
—Ninguno será malo.
—¿Y si uno sale parecido a mi tío?
El hermano de Valentina se llevó una mano al pecho.
—¡Oye!
—Entonces será gracioso —añadió Mateo.
—Eso sí —admitió la doctora, divertida.
Valentina se recostó para comenzar el estudio.
Adrián tomó su mano.
—¿Estás cómoda?
—Sí.
—¿Nerviosa?
—Un poquito.
—Estoy aquí.
Mateo se colocó junto a la pantalla.
El hermano de Valentina se puso detrás de él.
—Muy bien —dijo la doctora—. Vamos a ver qué están haciendo los bebés.
La pantalla se encendió.
Todos se inclinaron hacia adelante.
Mateo abrió la boca.
—¿Eso es uno?
—Sí —respondió la doctora—. Aquí tenemos al bebé número uno.
—Parece una papa.
Adrián lo miró.
—Mateo.
—Una papa muy bonita.
Valentina sonrió.
La doctora movió el aparato y apareció otra imagen.
—Y aquí está el bebé número dos.
El hermano de Valentina se levantó de golpe.
—¡Ese está haciendo algo!
—Todos están haciendo algo —explicó la doctora.
—No, ese parece que está empujando al otro.
Mateo se acercó más a la pantalla.
—¡Se están peleando!
—No se están peleando —dijo Valentina.
—El segundo quiere mi lugar.
—¿Qué lugar?
—El de hermano favorito.
El hermano de Valentina levantó la mano.
—Yo voto por el bebé número dos.
Mateo lo miró horrorizado.
—¡Traidor!
La doctora volvió a mover el aparato.
—Y aquí tenemos al bebé número tres.
En la pantalla apareció otra pequeña figura.
Mateo se quedó en silencio.
Adrián sonrió emocionado.
Valentina apretó suavemente su mano.
—Ahí están —susurró.
Durante unos segundos, todos contemplaron la pantalla.