La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 6 — La cantante famosa

La mañana siguiente comenzó de una manera que ninguno de los dos había imaginado.

Valentina despertó con el sonido insistente de su teléfono.

Una llamada.

Otra.

Otra más.

Y después, decenas de mensajes.

Todavía medio dormida, estiró la mano y tomó el teléfono de la mesa de noche.

—¿Qué pasa ahora? —murmuró.

La pantalla estaba llena de notificaciones.

Mensajes de su representante.

De su productor.

De su madre.

De su hermano.

Incluso de personas con las que llevaba meses sin hablar.

Valentina frunció el ceño.

Abrió uno de los mensajes de su representante.

“Vale, tenemos que hablar. La noticia ya salió.”

Su corazón dio un vuelco.

Abrió las redes sociales.

Y entonces lo vio.

Su fotografía estaba en todas partes.

Ella caminando junto a Adrián.

Adrián sosteniendo la mano de Mateo.

Los tres riendo.

El titular ocupaba las primeras páginas de varios portales:

“VALENTINA CRUZ Y ADRIÁN MONTENEGRO: ¿EL ROMANCE MÁS PODEROSO DEL PAÍS?”

Valentina abrió los ojos.

—¡No puede ser!

Se incorporó de golpe.

—¡Mamá!

Desde la cocina llegó una voz.

—¿Qué pasó?

—¡Ven!

Su madre apareció rápidamente.

—¿Estás bien?

Valentina le mostró el teléfono.

Su madre leyó el titular.

Después miró la fotografía.

Y luego sonrió.

—Bueno...

Valentina la miró con incredulidad.

—¿Bueno?

—Al menos saliste bonita.

—¡Mamá!

Su hermano apareció detrás de ella.

—¿Qué pasa?

Miró la pantalla.

Tardó apenas dos segundos en entender.

—¡No puede ser!

Valentina suspiró.

—Eso mismo dije yo.

Su hermano amplió la fotografía.

—Oye...

—¿Qué?

—El señor millonario sí está guapo.

Valentina tomó una almohada y se la lanzó.

—¡No empieces!

Él se cubrió.

—¡Solo estaba haciendo una observación científica!

—¡Pues haz observaciones científicas en otro lado!

Su madre soltó una carcajada.

—Hija, tarde o temprano iba a pasar.

Valentina se quedó mirando la fotografía.

Aquella imagen mostraba algo que todavía le costaba aceptar.

Parecían una familia.

Ella, Adrián y Mateo.

Y lo peor era que, por un instante, aquella idea no le había desagradado.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Adrián estaba sentado en su despacho.

Tenía frente a él una tableta con las mismas fotografías.

Su abogado, su asistente y su jefe de seguridad estaban presentes.

—La noticia ya es tendencia —informó su asistente—. Hay medios afuera de la empresa.

Adrián permaneció en silencio.

—¿Y Valentina?

—Su casa también tiene periodistas.

Adrián levantó la mirada.

—¿Su casa?

—Sí.

Aquello cambió inmediatamente su expresión.

—¿Hay seguridad ahí?

—La policía local ya está vigilando la zona, pero...

—No es suficiente.

Se levantó.

—Quiero dos vehículos de seguridad discretos cerca de su domicilio.

Su abogado intervino.

—Adrián, quizá deberías hablar primero con ella.

—Lo sé.

—Y, sobre todo, no tomes decisiones por ella.

Adrián lo miró.

—No estoy intentando decidir por ella.

Su asistente levantó una ceja.

—Estás organizando seguridad para ella sin preguntarle.

Adrián guardó silencio.

—Eso podría considerarse exactamente lo contrario.

El abogado sonrió.

—Tiene razón.

Adrián tomó su teléfono.

—Entonces primero hablaré con ella.

Marcó.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Frunció el ceño.

—Probablemente está ocupada.

En ese momento, una pequeña voz apareció detrás de él.

—O probablemente está enojada contigo.

Adrián se giró.

Mateo estaba parado en la puerta con su mochila.

—¿Por qué estás aquí?

—Porque la abuela dijo que tenía que venir contigo.

Adrián miró a su asistente.

—¿Ya llegó?

—Hace diez minutos.

Mateo entró al despacho.

—Papá...

—¿Sí?

—¿Ahora Valentina es famosa?

—Sí.

Mateo pensó unos segundos.

—¿Más famosa que tú?

Adrián soltó una pequeña sonrisa.

—Sí.

Mateo pareció sorprendido.

—Entonces ahora tenemos dos famosos.

—Parece que sí.

—¿Y eso significa que va a salir en la televisión?

—Probablemente.

Mateo sonrió.

—¡Qué emoción!

Adrián lo miró.

—No parece preocuparte nada.

—¿Por qué tendría que preocuparme?

—Porque los periodistas van a hablar de nosotros.

Mateo se encogió de hombros.

—Que hablen.

—Mateo...

El niño lo miró seriamente.

—Papá, si dicen cosas feas de Valentina, tú la vas a defender, ¿verdad?

Adrián sintió un pequeño nudo en el pecho.

—Sí.

Mateo sonrió.

—Sabía que dirías eso.

Luego añadió:

—Pero no seas mandón.

Adrián arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Valentina no le gusta que la manden.

Su padre lo miró fijamente.

—¿Y cómo sabes eso?

Mateo se encogió de hombros.

—Porque tiene carácter.

—Eso es cierto.

—Y tú también.

—¿Yo?

—Sí.

Mateo puso las manos en la cintura.

—Cuando te enojas haces esta cara.

Frunció el ceño exageradamente.

El asistente tuvo que contener la risa.

Adrián lo señaló.

—No vuelvas a hacer esa cara.

Mateo sonrió.

—Entonces no la hagas tú.

Valentina finalmente recibió la llamada de su representante.

—Necesitamos controlar esto antes de que empeore.

—¿Qué quieres que haga?

—Una declaración.

—No.

—Valentina...

—No voy a salir a confirmar ni negar una relación que ni siquiera sé cómo llamar.

Su representante suspiró.

—Entonces, por lo menos, evita hablar con la prensa.




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