La tarde había comenzado tranquila, pero el cielo sobre la ciudad parecía tener otros planes.
Valentina salió del estudio después de una larga jornada de grabación. Llevaba una sudadera sencilla, el cabello recogido y una pequeña mochila sobre el hombro. Había decidido caminar un poco antes de regresar a casa.
Necesitaba pensar.
Desde que Julián había reaparecido, todo parecía haberse complicado.
Su padre.
Los mensajes anónimos.
El misterioso socio que había ayudado a Julián a construir su fortuna.
Y, por encima de todo, Adrián.
Valentina sonrió al pensar en él.
—Definitivamente estoy perdida —murmuró.
Había pasado años protegiendo su corazón.
Y ahora un hombre que conoció por casualidad en un parque había conseguido entrar en él sin pedir permiso.
Sacó el teléfono.
Tenía un mensaje de Adrián.
“¿Ya saliste?”
Valentina sonrió inmediatamente.
“Sí. Voy a caminar un rato.”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“Está por llover.”
Valentina miró el cielo.
—Eso dicen todos los hombres cuando quieren que una mujer regrese a casa —bromeó para sí.
Escribió:
“Puedo sobrevivir a unas gotas.”
Adrián respondió:
“No dudo de ti. Pero yo sí dudo de mi capacidad para no preocuparme.”
Valentina se quedó mirando la pantalla.
Su corazón dio un pequeño salto.
Entonces escribió:
“¿Eso significa que estás preocupado por mí?”
Pasaron unos segundos.
“Mucho más de lo que debería.”
Valentina dejó escapar una pequeña risa.
—Definitivamente estoy perdida.
Adrián estaba en su despacho mirando por la ventana.
La lluvia todavía no comenzaba, pero las nubes habían cubierto completamente el cielo.
Su asistente dejó unos documentos sobre el escritorio.
—¿Los revisas ahora?
Adrián no respondió.
—¿Adrián?
—¿Sí?
—Te pregunté si quieres revisar los contratos.
—Ah.
Ella levantó una ceja.
—Estás pensando en Valentina.
—No.
—Claro.
Adrián la miró.
—¿Por qué todo el mundo cree que estoy pensando en ella?
—Porque llevas cinco minutos mirando la ventana con una sonrisa.
Adrián inmediatamente borró la sonrisa.
—No estaba sonriendo.
—Estabas sonriendo.
—No.
—Sí.
—No.
Ella suspiró.
—Eres el hombre más poderoso del país y estás discutiendo conmigo sobre si sonreíste.
Adrián tomó los documentos.
—Vete.
—Con gusto.
Cuando la puerta se cerró, Adrián miró nuevamente su teléfono.
No podía evitarlo.
Quería verla.
Quería asegurarse de que estuviera bien.
Pero también sabía que debía respetar su espacio.
Después de todo, habían hablado de eso.
No quería convertirse en otro hombre que decidiera por ella.
Así que escribió:
“Si necesitas algo, llámame.”
Valentina respondió:
“Lo haré.”
Adrián dejó el teléfono.
Cinco segundos después lo volvió a tomar.
Escribió:
“¿Dónde estás?”
Se quedó mirando el mensaje.
Lo borró.
—Controlador —se reprochó.
Volvió a dejar el teléfono.
Valentina caminaba por una pequeña plaza cuando una primera gota cayó sobre su nariz.
—No puede ser.
Otra gota.
Y otra.
En menos de un minuto comenzó a llover.
Valentina corrió hacia un pequeño techo que encontró cerca de una cafetería cerrada.
Sacó el teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas.
De Adrián.
Ella sonrió.
Lo llamó.
—¿Estás bien? —preguntó él inmediatamente.
—Sí.
—¿Dónde estás?
Valentina miró alrededor.
—En una plaza cerca del estudio.
Hubo silencio.
—¿Está lloviendo?
—Un poco.
—Valentina...
Ella soltó una carcajada.
—¡No me regañes!
—No te estoy regañando.
—Tu voz dice lo contrario.
—Solo quiero asegurarme de que estés bien.
—Estoy bien.
—Voy por ti.
Valentina se quedó callada.
—No tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo.
—Adrián...
—Dime dónde estás exactamente.
Ella dudó unos segundos.
Finalmente se lo dijo.
—Está bien —respondió él—. Espérame ahí.
—Está bien.
Colgó.
Valentina apoyó la espalda contra la pared.
Su corazón latía demasiado rápido.
No sabía si era por la lluvia.
O por él.
Probablemente por él.
Veinte minutos después, un automóvil negro se detuvo frente a la plaza.
Adrián bajó sin paraguas.
—¡Adrián!
Corrió hacia ella.
—¿Estás bien?
—Sí.
Él la observó de arriba abajo.
Estaba empapada.
—Eso no parece estar bien.
Valentina miró su propia ropa.
—Bueno... quizá un poco mojada.
Adrián se quitó el saco y lo colocó sobre sus hombros.
—Vamos.
—Tú también estás mojado.
—No importa.
—Claro que importa.
—Valentina...
Ella sonrió.
—Está bien.
Caminaron hacia el automóvil.
Pero antes de llegar, un trueno hizo que ambos se detuvieran.
Valentina miró el cielo.
—Parece una película.
Adrián la observó.
—No.
Ella volvió la mirada hacia él.
—¿No?
—Parece nuestra historia.
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—¿Nuestra historia?
Adrián respiró profundamente.
—Dos personas que no tenían intención de enamorarse.
Ella sonrió.
—Y un niño de seis años empeñado en casarlas.
—Ese niño es un problema.
—Ese niño es adorable.
—Ese niño es peligrosamente inteligente.
—Eso también.
Ambos rieron.
La lluvia aumentó.
Adrián extendió una mano.
—Ven.
Valentina tomó su mano.