La tranquilidad duró exactamente una noche.
A la mañana siguiente, Adrián despertó con la sensación de que algo no estaba bien.
No sabía por qué.
No había recibido ninguna amenaza.
No había mensajes extraños.
Nadie había intentado acercarse a Mateo.
Y, sin embargo, una inquietud inexplicable permanecía en su pecho.
Bajó a desayunar.
Mateo ya estaba sentado a la mesa.
Tenía frente a él un plato de cereal y una hoja de papel.
—Buenos días.
—Buenos días, campeón.
Adrián se sentó.
—¿Qué haces?
Mateo levantó la hoja.
—Estoy haciendo una lista.
—¿Otra lista?
—Sí.
—¿De qué?
—De las cosas que necesitamos para que Valentina se quede con nosotros.
Adrián sonrió.
—¿Y qué has puesto?
Mateo empezó a leer con los dedos.
—Pizza.
—Eso no es necesario.
—Sí es.
—Está bien.
—Películas.
—Puede ser.
—Helado.
—También.
—Y...
Mateo hizo una pausa dramática.
—Una casa para Valentina.
Adrián levantó una ceja.
—¿Una casa?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si vive aquí, tenemos que hacerle espacio.
Adrián soltó una carcajada.
—Mateo, no vamos a mudarnos todos.
—Entonces tú te mudas con ella.
—Tampoco.
—Entonces no entiendo el plan.
—Yo tampoco.
Mateo continuó comiendo.
—Los adultos son complicados.
—Eso sí te lo concedo.
Valentina llegó poco después.
Mateo salió corriendo hacia ella.
—¡Valentina!
Ella apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que el niño se lanzara a abrazarla.
—Hola, pequeño.
—¿Ya te quedas?
Valentina miró a Adrián.
—Creo que sí.
Mateo levantó los brazos.
—¡SÍ!
Adrián se acercó.
—Buenos días.
Valentina sonrió.
—Buenos días.
Mateo los miró a ambos.
—¿Se van a besar?
Valentina abrió los ojos.
—Mateo...
—Solo preguntaba.
Adrián negó con la cabeza.
—Déjanos respirar.
Mateo suspiró.
—Está bien.
Se alejó unos pasos.
Luego se volvió.
—Pero si quieren hacerlo, no me molesta.
Valentina comenzó a reír.
—Ve a desayunar.
—Sí, mamá.
Ella se quedó inmóvil.
Mateo sonrió y salió corriendo.
Adrián la miró.
—¿Estás bien?
Valentina tenía los ojos brillantes.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí.
Sonrió.
—Me gusta escucharlo.
Adrián tomó su mano.
—A mí también.
La felicidad duró poco.
Una hora después, Adrián recibió una llamada de su abogado.
—Necesito que vengas.
—¿Qué ocurrió?
—Tenemos una visita.
—¿Quién?
—Esteban Rivas.
Adrián se quedó completamente quieto.
—¿Dónde está?
—En mi oficina.
—Voy para allá.
Colgó.
Valentina había escuchado.
—¿Era él?
Adrián asintió.
—Sí.
Ella sintió un escalofrío.
—Quiero ir contigo.
—Está bien.
Adrián no intentó detenerla.
Esta vez sabía que debía dejar que ella enfrentara su propio pasado.
Cuando llegaron a la oficina, Esteban estaba sentado junto al abogado.
Era un hombre elegante, de aproximadamente sesenta años.
Cabello gris.
Traje impecable.
Mirada tranquila.
Demasiado tranquila.
Valentina lo observó.
Y algo en su rostro le resultó familiar.
Esteban se levantó.
—Valentina.
Ella retrocedió ligeramente.
—¿Me conoces?
—Te conocí cuando eras niña.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿Cómo?
—Trabajé con tu padre.
Adrián se colocó a su lado.
—¿Por qué estás aquí?
Esteban lo miró.
—Porque creo que Valentina merece conocer la verdad.
—¿Qué verdad?
Esteban miró a Valentina.
—La razón por la que Julián abandonó a su familia.
Ella contuvo la respiración.
—¿Tú la sabes?
—Sí.
—Entonces habla.
Esteban permaneció en silencio unos segundos.
—Tu padre no se fue porque quisiera hacerse rico.
Valentina sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Mi madre dijo lo mismo.
—Tu madre conoce una parte.
—¿Y tú conoces el resto?
Esteban asintió.
—Sí.
Adrián intervino.
—Entonces explícalo.
Esteban lo miró.
—Tu padre estaba endeudado.
Valentina frunció el ceño.
—¿Endeudado?
—Había cometido un error empresarial.
—¿Qué error?
—Confió en las personas equivocadas.
Adrián permaneció atento.
—¿Y tú lo ayudaste?
Esteban asintió.
—Sí.
—¿A cambio de qué?
Esteban sonrió ligeramente.
—De una participación en sus negocios.
Valentina recordó el documento.
—La mitad.
—Exactamente.
—Entonces, ¿por qué le cediste tus derechos?
La expresión de Esteban cambió.
—Porque alguien me obligó.
El silencio fue absoluto.
—¿Quién? —preguntó Valentina.
Esteban la miró.
—El mismo hombre que amenazó a tu padre.
Valentina sintió que las piernas le temblaban.
—¿Quién era?
Esteban bajó la voz.
—No puedo decirte todavía.
Adrián dio un paso adelante.
—¿Por qué?
—Porque esa persona sigue teniendo poder.
—¿Sobre quién?
Esteban miró a Valentina.
—Sobre ti.
Valentina se quedó paralizada.
—¿Sobre mí?
—Sí.
—No entiendo.
Esteban respiró profundamente.
—Tu padre recibió instrucciones muy claras.
—¿Qué instrucciones?
—Alejarse de tu familia.
—¿Por qué?
—Porque tú eras importante para ellos.
Adrián endureció la expresión.
—¿Quiénes son ellos?
Esteban negó.
—No puedo decirlo.
—Entonces no has venido a ayudarnos.
Esteban lo miró.
—He venido a advertirles.
—¿De qué?
—De que han empezado a buscarla otra vez.