La mañana siguiente, Valentina descubrió que convertirse en la mujer más comentada del país tenía una desventaja bastante importante.
Ya no podía salir tranquilamente a comprar café.
—¡Valentina!
—¡Valentina, mira hacia acá!
—¿Es cierto que sales con Adrián Montenegro?
—¿Ya conoces a su familia?
—¿Te vas a casar con él?
Valentina se quedó quieta durante unos segundos frente a la entrada de un pequeño café.
Había salido de casa con una gorra, lentes oscuros y una sudadera.
Había pensado que sería suficiente.
No lo fue.
—Definitivamente necesito un disfraz mejor —murmuró.
Su hermano, que estaba a su lado, soltó una carcajada.
—Podrías ponerte una barba.
Valentina lo miró.
—¿Quieres que me convierta en hombre?
—Es una opción.
—Gracias por tu apoyo.
—Siempre.
Ambos comenzaron a caminar rápidamente hacia el automóvil mientras los reporteros intentaban seguirlos.
Cuando finalmente lograron entrar, Valentina dejó caer la cabeza contra el asiento.
—Esto es una locura.
Su hermano sonrió.
—Bienvenida a tu propia fama.
—Llevo años siendo famosa.
—Sí, pero ahora tienes un millonario de acompañante.
Valentina lo miró de reojo.
—No es mi acompañante.
—Todavía.
—¡No digas "todavía"!
Su hermano sonrió.
—Mateo me cae bien.
Valentina negó con la cabeza.
—Ese niño es peligroso.
—¿Por qué?
—Porque tiene seis años y ya sabe más de romance que nosotros.
—Eso es preocupante.
—Muchísimo.
Mientras tanto, Adrián estaba viviendo una mañana completamente distinta.
En su oficina había una reunión de emergencia.
Sobre la mesa había varios periódicos.
Todos tenían fotografías de él y Valentina.
Uno incluso había publicado una fotografía de Mateo abrazando a la cantante.
El director de comunicación habló:
—Tenemos que emitir una postura.
Adrián permaneció serio.
—No.
—¿No?
—No voy a convertir mi vida personal en una estrategia publicitaria.
—Pero si no hablamos, otros hablarán por nosotros.
—Que hablen.
Su abogado intervino.
—Adrián, normalmente eso no sería un problema, pero ahora está involucrado Mateo.
El empresario se quedó en silencio.
Aquello sí era diferente.
—¿Qué han dicho sobre él?
—Algunos medios están especulando que Valentina podría convertirse en una figura materna para Mateo.
Adrián apretó la mandíbula.
—No quiero que involucren a mi hijo en esto.
—Entonces tenemos que hacer algo.
—Sí.
Se levantó.
—Voy a hablar con Valentina.
A cientos de kilómetros de allí, en una pequeña casa mucho más sencilla de lo que cualquiera imaginaría para una cantante con millones de seguidores, Valentina desayunaba con su madre y su hermano.
Había huevos, fruta, café y pan recién tostado.
Nada sofisticado.
Nada que pareciera pertenecer a la vida de una de las artistas más famosas del país.
Su madre la observó.
—¿Ya hablaste con Adrián?
Valentina tomó café.
—Todavía no.
—¿Y piensas hacerlo?
—Sí.
Su hermano sonrió.
—¿Para decirle que estás enamorada?
Valentina casi se atragantó.
—¡No estoy enamorada!
Su madre levantó una ceja.
—Nadie dijo que lo estuvieras.
Valentina se quedó callada.
Su hermano comenzó a reír.
—Te atrapaste sola.
—Los dos son insoportables.
—Somos familia —respondió su madre.
Valentina sonrió.
Pero la sonrisa desapareció poco después.
—Mamá...
—¿Sí?
—¿Crees que estoy cometiendo un error?
Su madre dejó la taza sobre la mesa.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque él es exactamente el tipo de hombre que siempre dije que no quería.
—Es rico.
—Muy rico.
—Eso no es una característica de personalidad.
Valentina suspiró.
—Su mundo es completamente diferente al mío.
Su madre tomó su mano.
—No confundas dinero con forma de ser.
Valentina bajó la mirada.
—Papá hizo eso.
Su madre no respondió.
Ambas sabían perfectamente a qué se refería.
Su padre había cambiado cuando comenzó a tener dinero.
Primero dejó de estar en casa.
Después dejó de preocuparse por ellas.
Finalmente, simplemente desapareció.
Valentina había aprendido desde muy joven que el dinero podía cambiar a las personas.
Y por eso había construido una barrera.
Una barrera que Adrián estaba comenzando a derribar sin siquiera intentarlo.
Esa tarde, Adrián llegó al domicilio de Valentina.
No llegó en su automóvil habitual.
No quería llamar más la atención.
Bajó acompañado únicamente por Mateo.
Valentina salió al jardín al verlo.
—¿Qué haces aquí?
—Necesitaba hablar contigo.
Mateo levantó la mano.
—Y yo vine porque nadie me preguntó.
Valentina sonrió.
—Hola, Mateo.
—Hola.
Adrián miró a su hijo.
—Puedes jugar mientras hablamos.
Mateo observó a ambos.
—¿Van a discutir?
—No —respondió Valentina.
—¿Seguro?
—Seguro.
Mateo se alejó.
Pero solo unos metros.
Luego se escondió detrás de un árbol.
Adrián lo vio.
—Está escuchando.
Valentina suspiró.
—Sí.
—Mateo.
El niño salió de detrás del árbol.
—¿Qué?
—Ve a jugar.
—Está bien.
Se alejó unos pasos.
Luego volteó.
—Pero si se van a besar, avísenme.
Valentina abrió los ojos.
—¡Mateo!
El niño salió corriendo entre risas.
Adrián no pudo evitar sonreír.
—Lo siento.
—No lo sientas. Es adorable.
—También puede ser un dolor de cabeza.
—Eso también.
Adrián volvió a ponerse serio.
—Quería hablar de lo que está pasando.
—Yo también.