La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 26 — El pasado de Valentina regresa

Durante varios segundos, nadie fue capaz de decir una sola palabra.

Valentina miraba a Esteban como si acabara de escuchar algo imposible.

Su abuelo estaba muerto.

Eso era lo que había escuchado durante toda su infancia.

Lo que su madre le había contado.

Lo que figuraba en las fotografías familiares.

Lo que ella misma había creído durante años.

—No —susurró finalmente—. Eso no puede ser verdad.

Esteban sostuvo su mirada.

—Sé que es difícil de creer.

—No es difícil de creer. Es imposible.

—Valentina...

—¡Mi abuelo murió!

Elena cerró los ojos.

Aquella frase le dolió.

—Yo también lo creí —dijo con voz temblorosa.

Valentina se volvió hacia ella.

—¿Tú también?

—Tu padre me dijo que había muerto.

—¿Cuándo?

—Poco después de que se marchara.

—¿Y nunca viste un certificado?

Elena negó.

—No.

Valentina se quedó inmóvil.

Adrián permanecía a su lado, sin soltarle la mano.

No intentó responder por ella.

No intentó tranquilizarla con frases vacías.

Simplemente permaneció allí.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Valentina.

Esteban respondió:

—Héctor Cruz.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Y dónde está?

Esteban bajó la mirada.

—No lo sé con certeza.

—¿Entonces cómo sabes que está vivo?

—Porque hace tres meses recibí una comunicación suya.

Adrián intervino.

—¿Hace tres meses?

—Sí.

—¿Y por qué no lo dijiste antes?

Esteban lo miró.

—Porque no estaba seguro de que quisiera regresar.

Valentina apretó los labios.

—¿Y ahora sí?

—Ahora alguien está moviendo las piezas.

—¿Quién?

Esteban no respondió.

Adrián comprendió algo.

—Julián.

Esteban levantó la mirada.

—Julián está involucrado.

Valentina cerró los ojos.

—Claro.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Siempre termina siendo él.

Mateo observaba la escena desde unos metros.

No entendía todo.

Pero entendía algo.

Valentina estaba triste.

Y cuando Valentina estaba triste, él también.

Se acercó lentamente.

—Vale...

Ella se agachó inmediatamente.

Mateo la abrazó.

—No llores.

Valentina cerró los ojos y lo estrechó contra ella.

—Estoy bien.

Mateo negó con la cabeza.

—No estás bien.

—¿Cómo sabes?

—Porque cuando estás bien sonríes.

Valentina soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Tienes razón.

Mateo levantó un dedo.

—Y cuando estás triste necesitas pizza.

Adrián se llevó una mano a la frente.

—¿Pizza?

—Sí.

Mateo miró a todos.

—Además, las cosas importantes se hablan con pizza.

Esteban lo observó confundido.

—¿Siempre hace eso?

Adrián suspiró.

—Sí.

Mateo sonrió.

—Funciona.

Por primera vez en varios minutos, Valentina sonrió de verdad.

—Está bien.

—¿Pizza?

—Pizza.

Mateo levantó los brazos.

—¡Sabía que funcionaba!

Más tarde, cuando Mateo se quedó jugando con su consola, Adrián llevó a Esteban a una habitación privada.

—Ahora vas a hablar.

Esteban permaneció en silencio.

—Quiero saber todo lo que sabes.

—No puedo contarte todo.

—Entonces dime lo suficiente.

Esteban respiró profundamente.

—Héctor Cruz era un hombre muy influyente antes de que tú conocieras a Valentina.

—¿A qué te refieres?

—No era un simple empresario.

—¿Qué era?

—Un inversionista.

Adrián frunció el ceño.

—¿Y qué tiene que ver con Julián?

—Mucho.

Esteban caminó lentamente hacia la ventana.

—Julián comenzó con un negocio pequeño. Yo puse el capital. Pero el dinero original no era completamente mío.

—¿De Héctor?

—Sí.

Adrián permaneció pensativo.

—Entonces el documento que encontraste...

—Forma parte de algo mucho más grande.

—¿Y el padrino de Valentina?

Esteban tardó en responder.

—Él conocía a Héctor.

—¿Quién era exactamente?

—El hombre que se encargó de proteger a la familia mientras Héctor desaparecía.

Adrián endureció la expresión.

—¿Protegerlos de quién?

Esteban lo miró.

—De la misma gente que ahora está buscando a Valentina.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Julián observaba una fotografía.

Era una fotografía antigua.

Valentina tenía aproximadamente doce años.

Estaba sentada junto a Elena.

Sonreía.

Julián pasó los dedos por la imagen.

Frente a él estaba Esteban.

Pero no el Esteban que acababa de hablar con Adrián.

Era un hombre diferente.

Más joven.

Más ambicioso.

—Ella ya sabe demasiado —dijo Julián.

—Todavía no sabe lo suficiente.

—Esteban habló.

—Y eso fue un error.

Julián apretó la fotografía.

—No permitiré que me quite lo único que todavía puedo recuperar.

—¿A Valentina?

Julián negó.

—No.

Miró la fotografía.

—Lo que Valentina representa.

El otro hombre sonrió.

—Su fortuna.

Julián no respondió.

Después de unos segundos, dijo:

—También.

Al día siguiente, Valentina recibió una llamada.

No conocía el número.

Dudó antes de contestar.

—¿Sí?

Una voz masculina respondió.

—Valentina.

Ella se quedó inmóvil.

Reconoció aquella voz.

—¿Papá?

—Necesitamos hablar.

—No quiero hablar contigo.

—Sé lo que Esteban te contó.

—Entonces sabes que ya no te creo.

Hubo silencio.

—Tu madre nunca te contó toda la verdad.

—¿Y tú sí?

—Quiero hacerlo.

Valentina soltó una risa amarga.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Después de catorce años?

—Sé que estás enojada.

—No estoy enojada.

Su voz se quebró.

—Estoy cansada.




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