Valentina salió del café con la cabeza llena de preguntas.
Las palabras de su padre no dejaban de repetirse en su mente.
"Alguien está a punto de destruir todo lo que tienes."
No sabía si creerle.
Después de tantos años de ausencia, Julián había aparecido justo cuando ella comenzaba a ser feliz.
Y eso no podía ser una coincidencia.
Subió a su automóvil y apoyó la cabeza contra el asiento.
—¿Qué quieres de mí? —murmuró.
Su teléfono vibró.
Era Adrián.
"¿Estás bien?"
Valentina sonrió ligeramente.
Había algo reconfortante en saber que él estaba ahí.
"Sí. Solo fue una conversación difícil."
La respuesta llegó inmediatamente.
"¿Quieres que vaya por ti?"
Valentina miró la pantalla durante unos segundos.
"No. Pero gracias."
"Entonces déjame acompañarte aunque sea por teléfono."
Valentina sonrió.
"¿Cómo?"
"Llámame."
Ella lo hizo.
—Hola —dijo Adrián.
—Hola.
—¿Cómo estás realmente?
Valentina cerró los ojos.
—Confundida.
—¿Por tu padre?
—Sí.
—¿Te dijo algo importante?
—Dice que alguien quiere destruir lo que tengo.
Adrián permaneció en silencio.
—¿Te amenazó?
—No exactamente.
—Entonces dime qué pasó.
Valentina le contó la conversación.
Adrián escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, dijo:
—No tienes que resolverlo hoy.
—Tengo miedo de que sea verdad.
—Si alguien intenta hacerte daño, no estarás sola.
Valentina sonrió.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Hacerme sentir segura.
—Porque quiero que lo estés.
Hubo un pequeño silencio.
—Adrián…
—¿Sí?
—Ayer no terminamos algo.
Él sonrió.
—Lo sé.
—Nos interrumpieron.
—También lo sé.
—Quizá deberíamos…
Se quedó callada.
—¿Qué?
—Nada.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Algún día terminaremos esa conversación.
—Eso espero.
—Yo también.
Mientras tanto, en casa de Adrián, Mateo tenía un problema.
Uno enorme.
Había escuchado una conversación de su padre días atrás.
Una conversación que no debía haber escuchado.
Y ahora no sabía qué hacer.
Estaba sentado en el suelo de su habitación, mirando una fotografía de su madre.
—¿Qué hago?
No esperaba respuesta.
Pero aun así habló.
—Papá quiere mucho a Valentina.
Mateo bajó la mirada.
—Y yo también.
Tomó la fotografía.
—Pero no quiero que se vaya como mamá.
Aquello era lo que realmente le preocupaba.
Desde que había conocido a Valentina, una idea se había instalado en su cabeza.
Si ella se convertía en parte de su familia, tal vez algún día también podría perderla.
Y Mateo no quería volver a sentir aquella ausencia.
Al día siguiente, Valentina visitó a Adrián.
Había decidido que necesitaba verlo.
Cuando llegó, Mateo estaba en la sala.
—¡Valentina!
El niño corrió hacia ella.
—Hola.
—Pensé que no ibas a venir.
—¿Por qué?
Mateo se encogió de hombros.
—Porque los adultos a veces se van.
Valentina se quedó seria.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie.
—Mateo…
Él bajó la mirada.
Valentina se agachó frente a él.
—¿Te pasa algo?
—No.
—Puedes contarme.
—No.
—¿Estás seguro?
Mateo asintió.
—Sí.
Valentina le acarició el cabello.
—Cuando quieras hablar, puedes hacerlo conmigo.
Mateo la abrazó.
—¿Te vas a quedar?
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—No sé qué va a pasar mañana.
—¿Y hoy?
—Hoy estoy aquí.
Mateo sonrió.
—Entonces está bien.
Adrián observaba desde el pasillo.
Cuando Valentina se levantó, él se acercó.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por tener paciencia con él.
—Lo quiero.
Adrián se quedó mirándola.
Aquellas dos palabras significaban mucho.
—Él también te quiere.
Valentina sonrió.
—Es imposible no quererlo.
—Tiene sus momentos.
Desde la sala se escuchó:
—¡Te escuché!
Valentina soltó una carcajada.
Adrián sonrió.
—Y tiene buen oído.
Esa tarde, los tres decidieron cocinar.
La idea había sido de Valentina.
—¿Qué vamos a preparar?
Mateo levantó la mano.
—Pizza.
Adrián negó con la cabeza.
—Siempre pizza.
—Porque es rica.
Valentina sonrió.
—Está bien. Pizza.
—¡Sí!
Adrián miró a Valentina.
—Acabas de alimentar su obsesión.
—No me arrepiento.
Comenzaron a preparar la masa.
Mateo intentó ayudar.
Pero después de cinco minutos tenía harina en el cabello, en la cara y hasta en las cejas.
Valentina comenzó a reír.
—Mateo, ¿qué hiciste?
—Estoy cocinando.
—Pareces un fantasma.
—¿Un fantasma guapo?
—Muy guapo.
Adrián intervino:
—Yo diría que parece un desastre.
Mateo tomó harina con ambas manos.
—Papá.
—¿Qué?
—Corre.
Adrián abrió los ojos.
—No.
Mateo lanzó la harina.
Adrián quedó cubierto.
Valentina se quedó en silencio.
Después comenzó a reír.
Adrián miró a su hijo.
—Corre.
Mateo salió disparado.
—¡Valentina, ayúdame!
Ella tomó otro poco de harina.
—Lo siento, Adrián.
—No.
—Sí.
Y lanzó la harina.
Ahora los tres estaban cubiertos.
Durante varios minutos solo hubo risas.
Por primera vez en mucho tiempo, Adrián sintió que aquella casa estaba llena de vida.
Después de limpiar el desastre, Mateo se quedó dormido en el sofá.
Valentina lo cubrió con una manta.
Adrián se sentó junto a ella.