Valentina todavía no podía explicar por qué había regresado al parque.
Bueno, técnicamente no había regresado por Adrián.
Eso se había repetido a sí misma durante todo el camino.
Había ido porque necesitaba despejarse.
Porque después de una entrevista, dos llamadas de su representante y una sesión de fotos, necesitaba respirar un poco.
Porque le gustaba aquel lugar.
Y porque, casualmente, sabía que los domingos y algunos días por la tarde había un padre que llevaba a su hijo a jugar.
Pero aquello no significaba que hubiera ido a verlo.
Por supuesto que no.
—Llegaste —dijo Mateo, apareciendo frente a ella.
Valentina sonrió.
—Sí.
—Pensé que no vendrías.
—¿Por qué?
El niño se encogió de hombros.
—Mi papá dijo que quizá no vendrías.
Valentina levantó la mirada hacia Adrián.
Él estaba unos metros atrás, con las manos en los bolsillos y una expresión tranquila.
—¿Eso dijiste?
Adrián se acercó.
—Dije que no sabía si vendrías.
—Ah.
—No quería crear expectativas.
Mateo soltó una carcajada.
—Sí querías.
Adrián lo miró.
—¿Quieres ir a jugar?
—Sí.
—Entonces ve.
Mateo salió corriendo.
Valentina sonrió.
—Es bastante directo.
—Demasiado.
—Me agrada.
—Eso me preocupa.
Ella rio.
—¿Por qué?
—Porque si le agradas demasiado, después no voy a poder deshacerme de ti.
Valentina levantó una ceja.
—¿Deshacerte de mí?
Adrián se dio cuenta de lo que había dicho.
—No quise decir...
—Ya sé.
—Mateo se encariña rápidamente.
—No me molesta.
Adrián la observó.
—¿Te gustan los niños?
—Mucho.
—Eso explica por qué él te adora.
Valentina sonrió mientras observaba a Mateo correr detrás de otros niños.
—Es un encanto.
Adrián guardó silencio.
No sabía por qué, pero escucharla hablar así de su hijo le producía una sensación cálida.
Una sensación que llevaba mucho tiempo sin experimentar.
Pasaron la siguiente hora caminando por el parque.
Mateo jugaba mientras ellos conversaban.
Al principio hablaron de cosas simples.
Libros.
Películas.
Comida.
Música.
Valentina descubrió que Adrián no sabía cocinar absolutamente nada.
—¿Nada? —preguntó incrédula.
—Sé preparar café.
—Eso no cuenta.
—También puedo hacer huevos.
—¿Huevos?
—Sí.
—¿Y son comestibles?
Adrián la miró con dignidad.
—Hasta ahora nadie ha muerto.
Valentina soltó una carcajada.
—Eso no es una garantía.
—¿Y tú sabes cocinar?
—Sí.
—¿Qué sabes preparar?
—De todo un poco.
—Entonces ya sé a quién llamar cuando Mateo quiera comer algo diferente.
Valentina lo miró divertida.
—No tan rápido.
—Era una broma.
—Más te vale.
Mateo apareció corriendo.
—¡Tengo hambre!
Adrián suspiró.
—¿Ves?
—¿Qué?
—Es como un reloj.
Valentina se rio.
—¿Siempre tiene hambre?
—Siempre.
—¿Qué quieres comer?
Mateo pensó durante unos segundos.
—Pizza.
Adrián negó con la cabeza.
—Comiste pizza ayer.
—Pero hoy no.
—Eso no es un argumento.
—Sí lo es.
Valentina levantó una mano.
—Yo apoyo la pizza.
Mateo levantó los brazos.
—¡Sí!
Adrián miró a ambos.
—Perfecto. Ya se aliaron.
—Somos mayoría —dijo Mateo.
—Son dos contra uno.
—Exactamente.
Adrián sacudió la cabeza.
—Está bien. Pizza.
Mateo comenzó a celebrar.
—¡La señorita Vale es la mejor!
Adrián lo señaló.
—No empieces.
—¿Qué?
—A favorecerla.
Mateo sonrió.
—No puedo evitarlo.
La pizzería estaba a unas calles del parque.
Era un lugar pequeño, sencillo y familiar.
Valentina se sintió cómoda inmediatamente.
No había cámaras.
No había personas intentando fotografiarla.
Nadie parecía reconocerla.
O al menos eso creyó.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana.
Mateo quedó entre ambos.
—¿Qué pizza quieres? —preguntó Adrián.
—Pepperoni.
—¿Y tú?
Adrián miró a Valentina.
—¿Qué prefieres?
—La que sea.
—Eso no es una respuesta.
—Entonces la de vegetales.
Mateo hizo una mueca.
—Eso es comida de conejo.
Valentina abrió los ojos.
—¿Perdón?
—Los vegetales son para los conejos.
—Entonces tú eres un pequeño conejo que come pepperoni.
Mateo comenzó a reír.
Adrián también.
—Me parece que acaba de ganar —dijo Adrián.
—Gracias por apoyarme.
—No estoy apoyándote. Estoy protegiendo mi vida.
—Cobarde.
—Exactamente.
La camarera tomó la orden.
Cuando se retiró, Mateo miró a Valentina.
—¿Tienes novio?
Adrián casi se atragantó con el agua.
—¡Mateo!
—¿Qué?
Valentina intentó contener la risa.
—No, no tengo novio.
Mateo sonrió.
—Qué bueno.
Adrián lo miró fijamente.
—¿Por qué dices "qué bueno"?
—Porque así no hay problema.
—¿Problema para qué?
Mateo comenzó a comer una aceituna.
—Para nada.
Adrián entrecerró los ojos.
—Mateo.
—¿Sí?
—Compórtate.
—Estoy sentado.
Valentina soltó una carcajada.
Adrián no pudo evitar sonreír.
Aquel niño era imposible.
La tarde continuó entre bromas.
Valentina comenzó a sentirse extrañamente cómoda con ellos.
No recordaba la última vez que había pasado unas horas sin pensar en su carrera.
Sin responder mensajes.
Sin pensar en entrevistas.
Sin preocuparse por su siguiente presentación.
Con Adrián podía hablar sin sentirse observada.
Y eso era algo que apreciaba.
Mucho.
Después de comer, regresaron al parque.