El sábado llegó con una tranquilidad que, para Valentina, resultaba sospechosa.
Después de varios días de entrevistas, ensayos, llamadas y mensajes, aquella mañana no tenía compromisos importantes.
O al menos eso creía.
Bajó a la cocina todavía con el cabello desordenado y una taza de café en la mano.
—Buenos días.
Su hermano estaba sentado a la mesa comiendo cereal.
—Buenos días, futura señora Montenegro.
Valentina casi se atragantó.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Te escuché perfectamente.
—Yo solo estaba practicando.
—¿Practicando qué?
—Tu nuevo apellido.
Valentina dejó la taza sobre la mesa.
—¡No voy a cambiarme ningún apellido!
Su hermano sonrió.
—Todavía.
—¿Por qué todos dicen "todavía"?
Elena entró en ese momento.
—Porque aparentemente tienes un niño de seis años como principal promotor de tu relación.
Valentina cerró los ojos.
—Mateo.
—Exactamente.
Su hermano soltó una carcajada.
—Ese niño es increíble.
Valentina intentó mantener la seriedad, pero terminó riéndose.
Había algo extraño en aquella familia que comenzaba a formar parte de su vida.
No era perfecta.
No era tranquila.
Pero era cálida.
Y eso le gustaba.
A media mañana, Valentina recibió un mensaje.
Adrián:
"¿Tienes planes hoy?"
Ella sonrió.
Valentina:
"No. ¿Por?"
La respuesta tardó apenas unos segundos.
Adrián:
"Mateo quiere verte."
Valentina arqueó una ceja.
Valentina:
"¿Mateo o tú?"
Pasaron unos segundos.
Adrián:
"Los dos."
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.
Valentina:
"¿Qué tienen planeado?"
Adrián respondió:
"Una cena."
Valentina sonrió.
Hasta que llegó otro mensaje.
"En mi casa."
Su sonrisa desapareció.
No porque no quisiera ir.
Sino porque aquella invitación significaba algo diferente.
Entrar a la casa de Adrián significaba entrar un poco más en su mundo.
Y eso la asustaba.
—¿Por qué estás mirando el teléfono como si te hubiera declarado la guerra? —preguntó su hermano.
Valentina levantó la mirada.
—Adrián me invitó a cenar.
—¡Perfecto!
—En su casa.
Su hermano dejó la cuchara.
—Eso cambia todo.
—Exactamente.
Elena la observó.
—¿Te preocupa su dinero?
Valentina guardó silencio.
—Me preocupa todo lo que viene con él.
Elena se acercó y se sentó junto a ella.
—Hija, puedes conocer su casa sin convertirte en parte de su mundo.
—¿Y si no puedo?
—Entonces lo descubrirás.
Valentina respiró profundamente.
—Tengo miedo de volver a equivocarme.
Elena tomó su mano.
—No estás con tu padre, Valentina.
Aquellas palabras fueron suficientes.
Valentina miró nuevamente el mensaje.
Finalmente escribió:
"Acepto."
Mientras tanto, en casa de Adrián, Mateo estaba organizando la cena.
Y cuando Mateo organizaba algo, normalmente significaba problemas.
—Necesitamos velas.
—No.
—Flores.
—No.
—Música romántica.
—Definitivamente no.
Mateo cruzó los brazos.
—Entonces la cena será aburrida.
Adrián lo miró.
—Solo vamos a cenar.
—No.
—Sí.
—No.
—Mateo.
—Papá.
Se miraron durante varios segundos.
Finalmente Adrián suspiró.
—Una vela.
Mateo levantó un dedo.
—Dos.
—Una.
—Dos.
—Una.
—Dos.
—Está bien, dos.
Mateo sonrió victorioso.
—Y flores.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no necesitamos convertir la cena en una boda.
Mateo frunció el ceño.
—Todavía.
Adrián se pasó una mano por la cara.
—Voy a arrepentirme de esto.
Por la tarde, Valentina llegó a la residencia Montenegro.
El enorme portón se abrió lentamente.
Ella observó la propiedad desde el automóvil.
Era hermosa.
Elegante.
Imponente.
Pero no era eso lo que la sorprendió.
Cuando bajó del vehículo, Mateo salió corriendo.
—¡Valentina!
Ella apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que el niño se lanzara hacia ella.
—Hola, pequeño.
—Llegaste.
—Te dije que vendría.
Mateo miró detrás de ella.
—¿Trajiste la canción?
Valentina abrió los ojos.
—¿Qué canción?
—La que escribiste para mi papá.
Adrián apareció detrás de él.
—Mateo.
—¿Qué?
—No tienes que decir todo.
—Pero es verdad.
Valentina comenzó a reír.
Adrián negó con la cabeza.
—Perdón.
—No importa.
Mateo tomó la mano de Valentina.
—Ven. Te voy a enseñar algo.
—¿Qué?
—Mi lugar secreto.
—¿Tienes un lugar secreto?
—Sí.
—¿Y por qué me lo quieres enseñar?
Mateo miró a su padre.
—Porque eres importante.
Valentina sintió una emoción inesperada.
Se agachó y lo abrazó.
—Tú también eres importante para mí.
Adrián observó la escena en silencio.
Y en ese momento comprendió algo.
No solamente estaba enamorándose de Valentina.
También estaba viendo cómo ella comenzaba a ocupar un lugar en la vida de su hijo.
Y eso significaba mucho más de lo que podía admitir.
La cena comenzó de manera sencilla.
Nada de grandes banquetes.
Nada de chefs preparando platos extravagantes.
Adrián había insistido en que fuera algo tranquilo.
Mateo, sin embargo, había decidido que debía ser "una cena especial".
Por eso había colocado dos velas torcidas en medio de la mesa.
Y una flor dentro de un vaso.