La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 11. Una canción para él

La mañana siguiente comenzó con una sensación extraña para Valentina.

Había dormido poco.

Muy poco.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la noche anterior: la mirada de Adrián, la forma en que había tomado su mano, la cercanía de sus rostros…

Y después, como si el universo tuviera un pésimo sentido del humor, Mateo había aparecido preguntando por pizza.

Valentina sonrió al recordarlo.

—Definitivamente ese niño tiene un talento especial para arruinar momentos románticos.

—¿Qué momentos románticos?

Valentina dio un pequeño salto.

Su madre estaba en la puerta de la cocina con una taza de café.

—Ninguno —respondió demasiado rápido.

Elena levantó una ceja.

—Claro.

—Mamá…

—No dije nada.

—Pero estás pensando algo.

—Soy tu madre. Siempre estoy pensando algo.

Valentina suspiró y tomó una manzana.

—Ayer fui a ver a Adrián.

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

—Porque regresaste a casa sonriendo como tonta.

Valentina se quedó callada.

—No sonrío como tonta.

Su hermano apareció detrás de Elena.

—Sí sonríes.

—¡Tú no opines!

—Yo solo digo la verdad.

Elena tomó un sorbo de café.

—¿Y pasó algo?

Valentina recordó aquel instante.

—Casi.

Los ojos de ambos se abrieron.

—¿Casi qué? —preguntó su hermano.

—Casi nos besamos.

Hubo un silencio.

Después, su hermano sonrió.

—¡Por fin!

—¡No grites!

—¡Mamá, por fin!

—¡No pasó nada! —protestó Valentina, completamente roja.

Elena sonrió con ternura.

—A veces no hace falta que pase algo para saber que está pasando mucho.

Valentina bajó la mirada.

Aquellas palabras se quedaron con ella durante todo el día.

Horas después, Valentina estaba en el estudio.

Frente a ella había una hoja completamente en blanco.

Normalmente escribir canciones era sencillo.

Podía convertir una tristeza en melodía.

Un recuerdo en una estrofa.

Una decepción en un coro.

Pero aquella vez no podía escribir.

Porque por primera vez quería escribir algo bonito.

Y eso era mucho más difícil.

—¿Qué te pasa? —preguntó Diego, su productor, desde la consola.

—Nada.

—Llevas cuarenta minutos mirando la misma hoja.

—Estoy pensando.

—Llevas treinta y nueve minutos pensando.

Valentina le lanzó una mirada.

—¿Quieres que me vaya?

—No. Quiero que escribas.

Ella volvió a mirar la hoja.

Tomó el lápiz.

Escribió una frase.

La tachó.

Escribió otra.

También la tachó.

—No me gusta.

—¿Qué escribiste?

—Nada.

Diego se levantó y caminó hasta ella.

—Valentina, te conozco desde antes de que llenaras estadios. Cuando estás bloqueada porque estás triste, escribes canciones tristes. Cuando estás enojada, escribes canciones furiosas.

—¿Y?

—Ahora estás sonriendo.

Valentina levantó la vista.

—¿Estoy sonriendo?

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Muchísimo.

Valentina soltó una carcajada.

—Está bien. Tal vez estoy…

Se quedó callada.

—¿Enamorada? —terminó Diego.

Ella bajó la mirada.

—No sé.

—Entonces sí.

—¡No necesariamente!

—Cuando una mujer dice "no sé", normalmente ya sabe.

Valentina tomó el lápiz y lo señaló.

—Te estás ganando que te lo quite.

Diego regresó a la consola.

—Escribe sobre él.

Valentina se quedó inmóvil.

—¿Sobre quién?

—Sobre el hombre que te hace sonreír.

Ella suspiró.

Y entonces empezó.

La primera línea apareció casi sin pensarlo.

"Llegaste sin avisar, cuando ya no esperaba nada…"

Valentina se detuvo.

La leyó nuevamente.

Después escribió:

"Y entre tantas voces, tu silencio me hizo escuchar."

Sonrió.

Aquello sí era lo que sentía.

Adrián había llegado sin grandes promesas.

Sin presumir dinero.

Sin intentar impresionarla.

Simplemente había aparecido con un niño de seis años, una pelota y una sonrisa que ella no podía sacar de su cabeza.

Continuó escribiendo.

"No sé cuándo cambió mi miedo,
ni cuándo te empecé a esperar,
pero si el corazón eligió tu nombre,
¿quién soy yo para hacerlo callar?"

Valentina dejó el lápiz.

Diego la miró desde la consola.

—Ahora sí.

—¿Qué?

—Ya tienes canción.

Valentina sonrió.

—Todavía falta el coro.

—Pues escribe el coro.

Ella volvió a mirar la hoja.

Y esta vez no tuvo que pensar demasiado.

Al terminar la sesión, Valentina escuchó la grabación varias veces.

La canción todavía estaba incompleta, pero tenía algo diferente.

Algo que no había sentido en mucho tiempo.

Esperanza.

Tomó su teléfono.

Abrió la conversación con Adrián.

Escribió:

"¿Estás ocupado?"

La respuesta llegó casi inmediatamente.

"Ahora no. ¿Por qué?"

Valentina sonrió.

"Quiero enseñarte algo."

Pasaron unos segundos.

"¿Es una amenaza?"

Ella soltó una carcajada.

"No."

"Entonces acepto."

Valentina grabó un pequeño fragmento de la canción y se lo envió.

Adrián estaba en su oficina cuando recibió el audio.

Había pasado toda la mañana revisando contratos, informes y reuniones.

Pero en cuanto vio el nombre de Valentina en la pantalla, dejó todo.

Pulsó reproducir.

Y escuchó su voz.

No era una canción cualquiera.

Era una canción sobre alguien que había llegado inesperadamente.

Sobre alguien que había conseguido atravesar una barrera que ella llevaba años construyendo.

Adrián permaneció completamente inmóvil.




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