La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 23 — La pequeña rebelión

La mañana llegó demasiado pronto para Adrián.

No había dormido.

Había pasado toda la noche sentado en el sofá de su despacho, con el teléfono en la mano, esperando un mensaje de Valentina que nunca llegó.

Había intentado llamarla.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Ella no contestó.

Adrián sabía que la amenaza contra Mateo había sido lo que la había obligado a alejarse.

Pero comprenderlo no hacía que doliera menos.

—¿Papá?

Adrián levantó la mirada.

Mateo estaba parado en la puerta.

Tenía el cabello despeinado y llevaba su pijama.

—¿Qué haces despierto?

—Te escuché caminar toda la noche.

Adrián intentó sonreír.

—No pasa nada.

Mateo lo observó con atención.

—Estás triste.

—Estoy cansado.

—No.

El niño se acercó.

—Estás triste.

Adrián suspiró.

—Sí.

Mateo se sentó junto a él.

—¿Por Valentina?

Adrián guardó silencio.

Eso fue suficiente.

—¿Se fue?

—Solo por un tiempo.

—¿Por qué?

Adrián no quería contarle sobre las amenazas.

Pero Mateo tenía derecho a saber que algo estaba pasando.

—Hay personas que quieren hacernos daño.

El niño frunció el ceño.

—¿A ti?

—Y a nosotros.

—¿A Valentina?

—Sí.

Mateo bajó la cabeza.

—Entonces por eso se fue.

Adrián lo miró sorprendido.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando alguien quiere mucho a otra persona, hace cosas tontas para protegerla.

Adrián sonrió tristemente.

—¿Quién te enseñó eso?

—Nadie.

Mateo pensó unos segundos.

—Lo vi en una película.

Adrián soltó una pequeña risa.

—Claro.

El niño se quedó callado.

Después preguntó:

—¿Va a volver?

Adrián no quiso mentir.

—No lo sé.

Mateo se levantó.

—Entonces hay que hacer algo.

—Mateo...

—No podemos quedarnos aquí.

—¿Qué quieres hacer?

El niño lo miró con absoluta seriedad.

—Recuperarla.

Mientras tanto, Valentina estaba en casa.

Había pasado la noche llorando.

Su madre se sentó a su lado.

—Hija.

Valentina no levantó la cabeza.

—Hice lo correcto.

Elena guardó silencio.

—¿Verdad?

—No sé.

Valentina la miró.

—Si me quedo con Adrián, pueden hacerle daño.

—Sí.

—Si me alejo, él estará más seguro.

—Tal vez.

—Entonces hice lo correcto.

Elena tomó sus manos.

—No necesariamente.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que a veces proteger a alguien no significa desaparecer de su vida.

—¿Qué otra opción tengo?

—Enfrentar lo que está pasando.

Valentina negó con la cabeza.

—No puedo arriesgar a Mateo.

—Eso sí lo entiendo.

Elena suspiró.

—Pero tampoco puedes permitir que personas que no conoces decidan por ti.

Valentina miró hacia la ventana.

—Tengo miedo, mamá.

—Lo sé.

—Nunca había tenido tanto miedo.

Elena la abrazó.

—Entonces no tomes decisiones definitivas mientras tengas miedo.

Valentina cerró los ojos.

En la casa de Adrián, Mateo tenía su propio plan.

Esperó a que su padre entrara al despacho.

Luego abrió una pequeña mochila.

Metió dentro:

Dos galletas.

Una botella de agua.

Su dibujo de la familia.

Un dinosaurio de juguete.

Y una fotografía de Valentina que había encontrado en una revista.

Se quedó mirando la mochila.

—Listo.

Abrió la puerta trasera de la casa.

Pero antes de salir, regresó por algo.

Una nota.

La escribió con letra grande y desigual.

“Papá: fui por Valentina. No te preocupes. Regreso pronto. Mateo.”

Dejó la nota sobre su cama.

Y salió.

Mateo caminó hasta la esquina.

Después tomó un autobús.

Bueno...

Intentó tomar un autobús.

El conductor lo miró.

—¿A dónde vas, pequeño?

Mateo respondió con seguridad:

—A buscar a mi futura mamá.

El conductor parpadeó.

—¿A qué?

—A Valentina.

—¿Valentina quién?

Mateo suspiró.

—La cantante.

El conductor abrió mucho los ojos.

—¿Tú eres...?

Mateo levantó un dedo.

—Es secreto.

El conductor miró alrededor.

—¿Dónde están tus padres?

Mateo señaló hacia atrás.

—Mi papá está ocupado.

—¿Y tu mamá?

Mateo suspiró.

—Todavía no tengo una.

El conductor lo miró con preocupación.

—Creo que necesitamos llamar a tu familia.

Mateo retrocedió.

—¡No!

—¿Por qué?

—Porque mi papá me va a encontrar.

—Eso espero.

Mateo salió corriendo.

—¡Señor!

Pero el niño ya había doblado la esquina.

No había avanzado demasiado cuando comprendió un pequeño problema.

No sabía exactamente dónde vivía Valentina.

—Eso no lo pensé.

Sacó su teléfono.

Llamó a su abuela.

Ella contestó.

—¿Mateo?

—Hola, abuela.

—¿Dónde estás?

—En una misión.

Silencio.

—¿Qué misión?

—No puedo decirte.

—Mateo...

—Estoy buscando a Valentina.

La abuela se quedó completamente seria.

—¿Dónde estás?

Mateo miró alrededor.

—No sé.

—¿Qué quieres decir con que no sabes?

—Que estoy perdido.

La abuela cerró los ojos.

—Ay, Dios mío.

—Pero estoy bien.

—No te muevas.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque tengo que encontrarla.

—Mateo, escúchame. Quédate donde estás.

—Pero...

—Ahora.

El niño guardó silencio.

—Está bien.

La abuela llamó inmediatamente a Adrián.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

Adrián se levantó de golpe.

—¿Qué?

—Me llamó. Dice que salió a buscar a Valentina.

Adrián sintió que el corazón se le detenía.

—¿Cuánto tiempo lleva fuera?




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