Valentina permaneció inmóvil frente a la pantalla del teléfono.
El mensaje seguía allí.
"Hay algo que nunca te conté sobre tu padre."
Lo leyó una vez.
Después otra.
Y una tercera.
No sabía quién había enviado aquello.
Tampoco sabía qué era peor: descubrir una nueva mentira sobre su padre o descubrir que todo lo que había creído durante años estaba incompleto.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Contestó:
"¿Quién eres?"
La respuesta llegó casi inmediatamente.
"Alguien que estuvo allí cuando todo comenzó."
Valentina frunció el ceño.
"Dime tu nombre."
Esta vez tardó más.
Finalmente apareció:
"Todavía no. Pero puedo demostrarte que lo que sabes sobre Julián no es toda la verdad."
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Qué demonios significa esto?
Horas después, Adrián llegó a casa de Valentina.
Ella había decidido contarle todo.
Cuando abrió la puerta, él supo inmediatamente que algo no estaba bien.
—¿Qué ocurrió?
Valentina lo hizo pasar.
—Recibí un mensaje.
Le mostró el teléfono.
Adrián lo leyó.
Su expresión cambió.
—¿Sabes quién es?
—No.
—¿Te ha pedido dinero?
—No.
—¿Te ha amenazado?
—Tampoco.
Adrián guardó silencio.
—Entonces no respondas más.
Valentina lo miró.
—¿Por qué?
—Porque podría ser una estrategia para acercarse a ti.
—Eso pensé.
—Voy a investigar el número.
—Adrián…
—No voy a decidir por ti.
Ella lo observó.
—¿Entonces?
—Solo quiero asegurarme de que estés segura.
Valentina sonrió ligeramente.
—Eso sí puedo aceptarlo.
Adrián tomó su mano.
—No tienes que enfrentar esto sola.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Lo sé.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Adrián.
—Sí.
—¿Por qué odias tanto a los hombres ricos?
Valentina bajó la mirada.
La pregunta había llegado.
Y sabía que algún día tendría que responderla.
Se sentaron en el sofá.
Valentina respiró profundamente.
—Cuando era niña, mi familia no tenía mucho dinero.
—Lo sé.
—Pero éramos felices.
Sonrió con tristeza.
—Mi padre trabajaba todo el día. Tenía un pequeño negocio. Mi madre cuidaba de nosotros. Yo cantaba en cualquier lugar donde pudiera.
Adrián la escuchaba atentamente.
—Entonces todo cambió.
—Sí.
—¿Cuando el negocio de tu padre creció?
Valentina asintió.
—Al principio fue maravilloso. Pensamos que nuestra vida iba a mejorar.
—Pero no ocurrió así.
—No.
Sus ojos se humedecieron.
—El dinero empezó a cambiarlo.
Adrián no dijo nada.
—Comenzó a avergonzarse de nuestra casa. De nuestra ropa. De la forma en que vivíamos.
Valentina apretó las manos.
—Recuerdo una vez que unos socios fueron a nuestra casa.
—¿Y?
—Mi padre me pidió que no saliera de mi habitación.
Adrián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque llevaba una camiseta vieja y tenía las manos manchadas de pintura.
Bajó la mirada.
—Tenía doce años.
Adrián sintió un nudo en el pecho.
—Él quería que sus socios creyeran que tenía una familia diferente.
Valentina asintió.
—Esa noche entendí que el dinero podía hacer que alguien dejara de reconocer a las personas que amaba.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Después comenzó a ausentarse.
—Hasta que se fue.
—Sí.
Adrián tomó su mano.
—Por eso no quieres depender de un hombre rico.
—No.
Ella lo miró.
—Por eso cuando descubrí quién eras, tuve miedo.
—¿De mí?
—De lo que el dinero podía hacer contigo.
Adrián negó lentamente.
—Yo no soy tu padre.
—Lo sé.
—Y nunca voy a pedirte que dejes de ser quien eres.
Valentina sonrió.
—Eso es lo que más me gusta de ti.
Adrián acarició su mano.
—No quiero que me ames por mi dinero.
—No podría.
—¿Por qué?
Ella sonrió.
—Porque cuando te conocí no sabía que tenías dinero.
Adrián soltó una pequeña carcajada.
—Es cierto.
—Me enamoré del hombre que se sentaba en un banco con su hijo y no sabía qué hacer cuando una mujer le sonreía.
—Eso suena terrible.
—Era adorable.
—¿Adorable?
—Sí.
—Yo diría que era encantador.
—No exageres.
Ambos comenzaron a reír.
La tensión desapareció.
Pero el tema seguía allí.
El pasado de Valentina seguía siendo una herida abierta.
En ese momento, Mateo apareció corriendo.
—¡Papá!
—¿Qué pasa?
—Tengo hambre.
Adrián miró el reloj.
—Acabamos de comer.
—Eso fue hace mucho.
Valentina abrió los ojos.
—Hace una hora.
—Exactamente.
Adrián negó con la cabeza.
—¿Qué quieres?
Mateo pensó.
—Pizza.
Valentina y Adrián se miraron.
—No —dijeron al mismo tiempo.
Mateo puso cara de tristeza.
—¿Por qué?
—Porque siempre quieres pizza —respondió Adrián.
—Es una comida importante.
Valentina se echó a reír.
—¿Importante?
—Sí. Une a las familias.
Adrián miró a Valentina.
—No le des ideas.
Mateo sonrió.
—Ya es tarde.
Unos minutos después, los tres estaban en la cocina.
Mateo había conseguido su pizza.
Valentina y Adrián preparaban bebidas mientras él comía.
—Papá.
—¿Qué?
—¿Cuándo vas a besar a Valentina?
Adrián casi dejó caer el vaso.
—Mateo.
—Solo pregunté.
Valentina estaba completamente roja.
—No es asunto tuyo.
—Sí es.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber si mi plan está funcionando.
Adrián lo miró.