La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 9 — La familia de Valentina

Valentina no había vuelto a saber nada de Adrián.

Habían pasado tres días.

Tres días en los que había intentado convencerse de que estaba bien.

Tres días en los que había ido al estudio, había grabado canciones, había cumplido compromisos y había sonreído frente a las cámaras.

Tres días en los que había fingido que no le dolía.

Pero por las noches era diferente.

Cuando se quedaba sola en su habitación, ya no podía esconder lo que sentía.

Extrañaba a Adrián.

Extrañaba sus conversaciones.

Sus pequeñas bromas.

La forma en que Mateo aparecía siempre en el momento menos oportuno.

Y, sobre todo, extrañaba aquella sensación de tranquilidad que tenía cuando estaba con ellos.

Aquella noche, Valentina estaba sentada junto a la ventana de su habitación.

Tenía la guitarra sobre las piernas.

Había intentado terminar la canción que había comenzado días atrás.

Pero no podía.

Cada vez que intentaba escribir una nueva frase, terminaba pensando en él.

—Te odio —murmuró.

No estaba claro si se refería a Adrián, a la canción o a su propio corazón.

Su teléfono vibró.

Era su hermano.

“Mamá dice que bajes a cenar.”

Valentina respondió:

“No tengo hambre.”

La respuesta llegó inmediatamente.

“Mamá dice que no le importa.”

Valentina sonrió.

Su madre siempre había tenido esa habilidad.

Podía ser cariñosa y autoritaria al mismo tiempo.

Bajó.

La cena era sencilla.

Como casi todas las cenas familiares.

Su madre había preparado sopa, arroz y pollo.

Su hermano hablaba sin parar sobre algo que había ocurrido durante el día.

Valentina intentaba escucharlo.

Pero su mente estaba en otro lugar.

Hasta que su madre dejó los cubiertos sobre la mesa.

—Hija.

Valentina levantó la mirada.

—¿Sí?

—Quiero preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Has vuelto a hablar con Adrián?

Valentina bajó la mirada.

—No.

Su hermano dejó de comer.

—¿Se pelearon?

—No exactamente.

—¿Terminó contigo?

Valentina lo miró.

—Ni siquiera éramos novios.

Su hermano hizo una pausa.

—Entonces todavía tienes oportunidad.

—¡Por favor!

Su madre sonrió ligeramente.

—Déjala tranquila.

—Solo intento ayudar.

—Tu ayuda consiste en decir cosas que nadie te pidió.

—Eso es ayudar.

Valentina soltó una pequeña risa.

Pero la expresión de su madre cambió.

—¿Qué pasó realmente?

Valentina dejó los cubiertos.

—Él cree que estar conmigo puede hacerme daño.

—¿Y tú qué crees?

—Que ya me está haciendo daño alejándose.

Su madre suspiró.

—Entonces tienes que decidir qué quieres hacer.

Valentina se quedó pensativa.

—No sé.

Su madre extendió la mano y tomó la de ella.

—A veces tenemos tanto miedo de repetir lo que vivimos que terminamos alejando aquello que podría ser diferente.

Valentina levantó la mirada.

—¿Estás hablando de papá?

La habitación quedó en silencio.

Su hermano dejó de sonreír.

Su madre respiró profundamente.

—Sí.

Valentina sabía que tarde o temprano volverían a hablar de él.

Pero nunca era fácil.

Julián Cruz había sido un hombre diferente cuando Valentina era niña.

Eso era lo que más le costaba recordar.

Porque antes de convertirse en el hombre que ella odiaba, había sido un padre cariñoso.

La llevaba a la escuela.

Le compraba helados.

La acompañaba a sus primeras presentaciones.

Y siempre decía que su hija tenía una voz especial.

Valentina recordaba una tarde en particular.

Tenía apenas ocho años.

Había cantado frente a algunos familiares.

Cuando terminó, su padre fue el primero en levantarse para aplaudir.

—Mi niña será una gran cantante algún día.

Valentina había sonreído orgullosa.

—¿De verdad?

—De verdad.

Él la había abrazado.

—Y yo estaré en primera fila.

Durante años, Valentina creyó en aquellas palabras.

Hasta que todo cambió.

Su padre tenía un pequeño negocio.

No era rico.

Pero la familia vivía bien.

Su madre administraba las cuentas.

Julián trabajaba prácticamente todo el día.

Hasta que apareció una oportunidad.

Un nuevo socio.

Una inversión.

Un negocio mucho más grande.

Al principio todo parecía perfecto.

Los ingresos comenzaron a aumentar.

Compraron una casa mejor.

Un automóvil nuevo.

Ropa más costosa.

Vacaciones.

Valentina era demasiado pequeña para entenderlo.

Solo pensaba que su padre estaba feliz.

Pero después comenzaron los cambios.

Julián empezó a llegar tarde.

Luego dejó de llegar a cenar.

Después comenzó a viajar.

Y cuando estaba en casa, ya no parecía el mismo.

Un día, Valentina tenía doce años cuando escuchó una discusión entre sus padres.

—No puedes seguir haciendo esto —decía su madre.

—¿Haciendo qué?

—Humillándonos.

—Yo les estoy dando una vida mejor.

—No necesitamos una vida mejor si para conseguirla tienes que convertirte en otra persona.

Hubo silencio.

Después, la voz de su padre.

—Estoy cansado de vivir como antes.

Valentina escuchaba detrás de una puerta.

No entendía.

Hasta que escuchó algo que nunca olvidaría.

—Ya no quiero esta vida.

Su madre comenzó a llorar.

—¿Y nosotros?

Julián no respondió.

La mañana siguiente, había maletas en la entrada.

Valentina bajó las escaleras.

—¿Papá?

Julián se giró.

Ella corrió hacia él.

—¿Te vas de viaje?

Él se agachó.

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

Julián permaneció en silencio.

—Papá...

Él le acarició el cabello.




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