La Canción que Encontró mi Corazón

Capítulo 27 — La elección

Valentina permaneció mirando la fotografía durante varios segundos.

No podía apartar los ojos de aquel rostro.

Un hombre mayor.

Cabello completamente blanco.

Una mirada seria, pero extrañamente familiar.

Debajo de la fotografía aparecía una dirección.

Y una sola frase:

«Está vivo. Y acaba de regresar a la ciudad.»

Valentina levantó lentamente la mirada.

Julián seguía frente a ella.

—Tú sabías que estaba aquí.

No fue una pregunta.

Julián bajó los ojos.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace unas semanas.

Valentina sintió que la rabia le subía por el pecho.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—Quería protegerte.

Ella soltó una risa amarga.

—Otra vez esa palabra.

Julián permaneció callado.

—Todos dicen que quieren protegerme —continuó ella—. Tú, Esteban, incluso algunas personas que trabajan para Adrián. ¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que nadie me pregunta qué quiero.

Julián intentó acercarse.

—Valentina...

—No.

Ella se levantó.

—Ya no soy la niña de doce años a la que podían esconder detrás de una puerta porque llevaba la ropa manchada de pintura.

Julián bajó la mirada.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

Su voz tembló.

—Porque si lo supieras, entenderías que aquella niña pasó catorce años preguntándose por qué su padre decidió que era más fácil desaparecer que quedarse.

Julián cerró los ojos.

Por primera vez, parecía verdaderamente afectado.

—Yo te amaba.

Valentina sintió lágrimas en los ojos.

—Entonces debiste quedarte.

—No podía.

—¡Siempre pudiste!

El restaurante quedó en silencio.

Valentina tomó su bolso.

—No vuelvas a decidir por mí.

Y salió.

Adrián estaba esperándola al otro lado de la calle.

No se acercó inmediatamente.

Había prometido respetar su decisión.

Cuando la vio salir llorando, sin embargo, su corazón se encogió.

Valentina cruzó la calle.

—¿Estabas ahí?

—Sí.

—¿Escuchaste?

—No todo.

Ella respiró profundamente.

—Está vivo.

Adrián asintió.

—Lo sé.

—Mi abuelo está vivo.

—Sí.

—Y nadie me lo dijo.

Adrián tomó su mano.

—Ahora lo sabes.

Valentina lo miró.

—Quiero verlo.

—Lo veremos.

Ella frunció el ceño.

—¿Lo veremos?

—Si quieres que te acompañe.

Valentina permaneció en silencio.

—Sí.

Adrián apretó suavemente sus dedos.

—Entonces iremos juntos.

La dirección conducía a una antigua casa en una zona tranquila de la ciudad.

No parecía pertenecer a un hombre poderoso.

No había vehículos de lujo.

No había seguridad visible.

Solo una casa de dos pisos, un pequeño jardín y una puerta de madera.

Valentina bajó del automóvil.

Su corazón latía con fuerza.

—¿Y si no quiere verme?

Adrián se colocó a su lado.

—Entonces respetaremos su decisión.

—¿Y si me odia?

—No lo sabes.

—¿Y si me culpa por lo que pasó?

—Entonces tendrá que explicártelo.

Valentina lo miró.

—¿Siempre vas a tener una respuesta?

—No.

—¿No?

—A veces solo intento que no tengas que enfrentar las preguntas sola.

Ella sonrió.

—Te amo.

—Yo también.

Valentina respiró profundamente y tocó el timbre.

Pasaron unos segundos.

La puerta se abrió.

Un hombre mayor apareció frente a ellos.

Cabello blanco.

Rostro marcado por los años.

Ojos oscuros.

Valentina dejó de respirar.

El hombre la miró.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Valentina...

Ella sintió que las piernas le fallaban.

—¿Abuelo?

Héctor Cruz cerró los ojos.

Una lágrima recorrió su rostro.

—Mi niña.

Valentina no pudo contenerse.

Se lanzó a sus brazos.

Héctor la abrazó con una fuerza sorprendente.

—Perdóname.

Valentina lloró contra su pecho.

—¿Por qué?

—Porque debí buscarte.

—¿Por qué no lo hiciste?

Héctor se separó lentamente.

—Porque creí que acercarme a ti te pondría en peligro.

Valentina miró a Adrián.

Él permanecía unos pasos atrás.

Héctor lo observó.

—Tú debes ser Adrián Montenegro.

Adrián levantó una ceja.

—¿Me conoce?

Héctor soltó una pequeña sonrisa.

—Todo el mundo conoce al hombre que aparece en las noticias.

—Espero que eso no sea malo.

—Todavía no lo sé.

Valentina soltó una pequeña risa.

Por primera vez desde que había descubierto la verdad, pudo respirar.

Dentro de la casa, Héctor preparó café.

Valentina observó las fotografías antiguas.

Había muchas.

Fotos de su madre.

De Julián.

De ella cuando era pequeña.

Y algunas de las que nunca había visto.

—¿Por qué me dijiste que estabas muerto?

Héctor miró la taza.

—Porque era necesario.

—¿Para protegerme?

—Sí.

Valentina suspiró.

—Empiezo a odiar esa palabra.

Héctor sonrió tristemente.

—Lo entiendo.

—Quiero la verdad.

—La tendrás.

Héctor se sentó.

—Julián no comenzó su negocio solo.

—Lo sé.

—Yo fui uno de los primeros inversionistas.

Valentina abrió los ojos.

—¿Tú?

—Sí.

—Entonces conocías a Esteban.

—Mucho antes que Julián.

—¿Y qué ocurrió?

Héctor permaneció unos segundos en silencio.

—Esteban quería controlar el negocio.

—¿Y tú?

—Yo quería que Julián pudiera crecer.

—¿Por qué?

Héctor la miró.

—Porque era tu padre.

Valentina bajó la mirada.

—Entonces ¿por qué todo terminó así?

—Porque apareció una organización que quería utilizar nuestra empresa para algo mucho más grande.

Adrián intervino.

—¿Qué clase de organización?




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